Resulta fascinante observar cómo la credibilidad de un líder mundial puede evaporarse con la misma rapidez con la que el levante despeja las nubes sobre el Cabo de Gata. En esta provincia de Almería, donde el pragmatismo se cultiva bajo plástico y las verdades a medias no sirven para cuadrar los balances de una cooperativa, la verborrea de Donald Trump empieza a sonar a ruido blanco, a una interferencia molesta que ya no asusta ni convence. El actual inquilino de la Casa Blanca ha conseguido lo que parecía imposible: que sus palabras, antaño capaces de hundir divisas o disparar el oro con un simple mensaje en su red social, tengan hoy el mismo impacto que un bando municipal en un pueblo fantasma.
Desde que Donald Trump decidió, en un alarde de unilateralismo que haría palidecer a cualquier estratega de salón, lanzar ataques contra Irán, su narrativa ha entrado en un bucle de contradicciones que ni el mercado más especulativo es capaz de digerir. Al inicio de la escalada bélica, los parqués internacionales reaccionaban como un adolescente hormonal: si el presidente decía que la guerra terminaría pronto, las acciones en Wall Street subían; si sugería que el conflicto se alargaría, el pánico se apoderaba de los monitores. Sin embargo, ese juego de trileros ha caducado porque ya lleva un mes con el mismo cuento.
La reciente intervención de Donald Trump ante las principales cadenas de televisión estadounidenses, con esa puesta en escena de "salvador de la libertad" que tanto le gusta, ha sido recibida por los mercados con un bostezo monumental. O peor aún, con una desconfianza activa. Mientras él aseguraba que la situación estaba bajo control, el barril de petróleo Brent no dejó de escalar, situándose por encima de los 109 euros, una cifra que aquí, en la provincia de Almería, se traduce directamente en un encarecimiento insoportable del transporte para nuestros exportadores. El mercado ya no compra su optimismo impostado porque ha entendido que la verdad de Donald Trump es una entidad gaseosa.
El surrealismo alcanza cotas máximas cuando el presidente afirma, con la misma energía con la que promete muros fronterizos, que la guerra ya ha sido ganada, para acto seguido añadir que "todavía queda unas semanas" de hostilidades. Es una aritmética bélica que se nos escapa a los mortales: si has ganado, ¿para qué sigues bombardeando? Si perseguía un cambio de régimen y según él ya se ha producido ¿qué más esperas lograr? Si la victoria es total, ¿por qué el Estado de Israel o el propio Pentágono mantienen el nivel de alerta máximo? Si ya has ganado ¿por qué sigues mandando tropas? Esa disonancia cognitiva está minando la influencia de los Estados Unidos en el tablero internacional, dejando a la OTAN en una posición comprometida.
Precisamente sobre la Alianza Atlántica, Donald Trump ha vuelto a hacer gala de su particular diplomacia de patio de colegio. Ha tildado de "cobardes" a sus aliados y al Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, por no seguir ciegamente sus impulsos en Oriente Medio, mientras exige simultáneamente que la organización sea la que limpie el desastre que él mismo ha provocado. Es la pataleta de quien se sabe ignorado. En los despachos de la Unión Europea, se observa con preocupación cómo la seguridad jurídica y la estabilidad geopolítica dependen de los cambios de humor de un hombre que miente incluso cuando dice la verdad por error.
Para los almerienses, que sabemos lo que cuesta levantar una hectárea y que dependemos de un mundo interconectado y previsible, el espectáculo de Donald Trump ha pasado de ser una película de acción a una comedia de enredo bastante pesada. Ya nadie sabe cuándo está diciendo la verdad o cuándo está simplemente rellenando tiempo de antena. La consecuencia es que el petróleo sigue subiendo, la incertidumbre se instala en los puertos y la figura del presidente de los Estados Unidos se vuelve cada vez más irrelevante en el plano de la confianza. La bolsa ya marca su ritmo de modo independiente a lo que diga Trump.
En el Estado español, como en el resto de Europa, la lección empieza a estar clara: no se puede gobernar una potencia mundial como si fuera un programa de telerrealidad, porque al final, el público —y sobre todo el mercado— acaba cambiando de canal.