El fondo «España Crece», ya olvidado, otra promesa que se disuelve como azucarillo en agua.
El viejo marino remueve el café y comenta:
—La anunciada creación de un fondo soberano: «España Crece», como otras muchas promesas, parece haberse convertido en otro relato y anuncio publicitario.
El ministro Carlos Cuerpo aseguró que estaría operativo antes de julio. Después que durante julio se transferirían los recursos y se adaptarían los estatutos del ICO. El verano está ya avanzado sin noticias, sin operaciones conocidas, pero la propaganda cumplió su función: crear titulares, promesas, fotografías y 120.000 millones lanzados al aire.
Milimétricamente se vuelve a cumplir el modus operandi del gobierno de Sánchez. Se presentan iniciativa con nombres solemnes, se multiplican su importancia, se crean expectativas y se abandona la noticia cuando comienza el trabajo incómodo de convertir ese relato en resultados.
La joven profesora añade:
—En este caso lo discutible no sería el retraso, sino su formulación, porque un «fondo soberano» nace del ahorro, superávit y riqueza acumulada, mientras que «España Crece» prácticamente se forma con préstamos del Plan de Recuperación. Casi 4/5 partes del capital inicial son deuda.
Cuando se habla de «fondos soberanos» pensamos en Noruega, Kuwait o Singapur: países que administran excedentes petroleros, reservas exteriores o superávits acumulados, mientras que España no dispone de nada parecido y su último presupuesto con superávit fue en 2007 y desde entonces su deuda pública no ha dejado de crecer hasta los 1,72 billones —cercana al tamaño de nuestra economía— y unos intereses que superan los 40.000 millones/año.
Es difícil crear riqueza cuando esos 120.000 millones, al interés medio que paga el Estado suponen unos 3.276 millones/año. A esto hay que añadir los gastos de administración, impagos o posibles errores en la selección de los proyectos
La diferencia del anuncio fantasioso del «pulmón financiero» de Sánchez es que un fondo construido con excedentes genera rentabilidad, pero uno financiado con deuda soporta más costes y mayores riesgos.
El viejo marino prosigue:
—El dinero prestado puede invertirse, lo difícil es decidir dónde, cómo y a quién se le presta; y si esto está en manos de políticos, es más difícil que, al final, haya superávit, deducidos los costes. España, precisamente, no tiene un historial brillante para confiar alegremente en su capacidad para crear beneficios en sus inversiones, proyectos o infraestructuras.
Hay participaciones públicas rentables, pero especialmente en monopolios y empresas reguladas, lo que no certifica la capacidad de los gobiernos para seleccionar inversiones competitivas y rendimientos superiores a la inflación, los costes financieros y riesgos asumidos.
El diseño del fondo lo confirma. Será gestionado por el ICO para conceder préstamos, avales y financiar sectores definidos como estratégicos: vivienda, transición energética, digitalización, inteligencia artificial, infraestructuras o economía circular. El Gobierno reconoce que podrá ofrecer riesgos que la banca privada no acepta, con condiciones más ventajosas en plazos y costes.
Además, muchos de los sectores señalados están en transición, por ende, con riesgo alto y lejos de una cartera internacional diversificada que preserve ahorro intergeneracional.
Estamos ante un instrumento político, de intervención estatal y muy lejos de esos fondos construidos con reservas. Si «España Crece» se crea, no funcionará como el de Noruega, gestionado por su banco central que invierte en renta variable internacional diversificada (70 %), renta fija (27 %) y bienes raíces (2,5 %), con una rentabilidad neta media del 4,3 %, lo que preserva el capital para generaciones futuras.
«España Crece», partirá con un costo en intereses del 2,73 % anuales y asumirá operaciones con menor rentabilidad y/o mayor riesgo que las de mercado, más la discrecionalidad del poder político para determinar sectores, empresas o territorios que merecen esa financiación preferente.
En esta ecuación, además de la viabilidad, hay que sumar otras variables, como cuotas autonómicas, prioridades ideológicas, tacticismo electoral o proximidad al Gobierno y, en la que los beneficios serán éxitos gubernamentales y las pérdidas, discretamente, aumentarán la deuda pública.
La joven profesora interviene:
—Un país no crea riqueza multiplicando ayudas, sino favoreciendo el ahorro, la inversión productiva, la seguridad jurídica y acumular capital. Para aspirar a un verdadero fondo soberano, España tendría que equilibrar sus presupuestos, reducir el déficit estructural para generar excedentes.
El orden es importante, primero crear riqueza, después ahorro y finalmente inversión. Endeudarse, gastar y llamar patrimonio a ese resultado, es ir en la dirección contraria.
El Gobierno no entiende —o no quiere entender— que la prosperidad no sale del consejo de Ministros. Requiere empresas que produzcan, ciudadanos que ahorren, impuestos que no castiguen la inversión y unas cuentas públicas que no consuman permanentemente más recursos de los que ingresan.
«España Crece» podrá aprobar operaciones y movilizará financiación, pero no borrará los principios básicos, los incumplimientos, ni le convertirá en soberano. Seguirá siendo un instrumento de intervención, capitalizado con deuda europea y sometido a la arbitrariedad política de las inversiones.
El viejo marino remata:
—Un fondo soberano guarda la riqueza de un país, éste quiere guardar deuda y otro incumplimiento de Sánchez.