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La nueva mezquita Ishbilia

martes 07 de junio de 2016, 20:45h

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No hace falta ser musulmán para estar de acuerdo. Sólo un integrismo retrógrado puede ser capaz de volver a desfasadas e inexistentes guerras de religión. Porque las guerras, indebidamente así llamadas, sólo han sido y son, como las demás, como la intolerancia que las provoca, de intereses, de dominio. O sea: económicas. La cultura no enfrenta a los pueblos. Y la religión, ninguna religión bien entendida, debe entorpecer la paz. Pese a que grupos de poder, sobre todo en las conocidas como “del Libro”, hayan protagonizado conflictos pues, en realidad, el pretexto religioso sólo ha escondido una motivación mucho menos espiritual.
A estas alturas, hablar de terrorismo “islámico” sería tan injusto como llamar “cristiano” al de ETA, IRA, Baader Meinhoff o Sendero Luminoso. Tan alejado de la verdad como considerar “terroristas reales o potenciales” a todos los habitantes de Oriente y el norte de África. La respuesta a reacciones anti-occidente, por ejemplo, hay que buscarla en la deficiente descolonización. Para conocer las motivaciones del ISIS, en el supuesto de que las tuviera, no hay que mirar a Oriente, hay que preguntarse cómo se mantienen y la respuesta está en Occidente: Estados Unidos, con sus aliados medio orientales y la Unión Europea. Ni la violencia ni sus inductores, pueden justificar la inculpación de los pueblos islámicos; menos aún en casos como los Emiratos, o los de Líbano y Siria, estados laicos, con una población cristiana mayoritaria; pero con gran riqueza económica el primero y grandes bolsas de petróleo y gas, el segundo.
La irracional xenofobia, capaz de confundir moros, beréberes, egipcios, turcos, árabes y sarracenos entre sí, sólo se explica en mentes ancladas en un pasado, tan obsoleto, que se demuestran incapaces, incluso, de evolucionar como ha evolucionado la Iglesia. Mentes capaces de seguir descabezando “moros”, si fueran hábiles para blandir la tizona ó la flamígera de Santiago, pero inhábiles para recordar que esos “moros” a los que odian irracionalmente, eran amigos de Franco. Muchos todavía se revuelcan en una “reconquista” inexistente, una de las grandes mentiras de la Historia, para ignorar inconscientemente las llamadas de la Iglesia católica al Ecumenismo. Partamos de la base de que los musulmanes andaluces, con más motivo quienes siguen la tradición maliquí andalusí, tienen el mismo derecho que católicos, metodistas, evangélicos, testigos de Jehová, cuáqueros o mormones, a practicar su religión y orar en sus propios lugares de culto. Los detractores deberían aprender de aquellos musulmanes andalusíes que, en poblaciones pequeñas, sin iglesias ni sinagogas, sábados y domingos cedían el uso de sus mezquitas a los unos y los otros. Porque tolerancia ha sido siempre el carácter de lo andaluz y nadie debería romper ese entendimiento.
A razones tan poderosas, debemos sumar la gran riqueza ornamental y física que la gran Mezquita Ishbilia traerá a Sevilla y, por extensión, a toda Andalucía, por el subsiguiente flujo turístico de calidad. Y esto, para quien quiera lo mejor para Andalucía, sin ambigüedad, sin excusas, debería ser más que suficiente para apoyar el proyecto.

Rafael Sanmartín

Estudió Filosofía y Marketing y es especialista en Historia. Ha trabajado en prensa, radio y TV. Obtuvo el premio 'Temas' de relato corto por El Puente (1988), así como el '28-F' (2001), por La serie La Andalucía de la Transición, emitida por Canal Sur Televisión. De su producción literaria cabe destacar: El País que Nunca Existió (1977), El Color del Cristal, novela (2001), La Importancia de un Hombre Normal, que narra la biografía de Blas Infante, (2003), Historia de Andalucía Para Jóvenes (2005), Grandes Infamias (2006) y De Aquellos Polvos... La Autonomía y sus orígenes históricos (2011) Para el autor "la Historia es el espejo donde podemos vernos y conocernos, aunque, como está escrita por los vencedores, debe analizarse con espíritu crítico para poder interpretarla".