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Medio siglo del “Edificio Azorín”

Medio siglo del “Edificio Azorín”

martes 15 de septiembre de 2020, 08:29h

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Hoy, 15 de septiembre, se cumplen 50 años del hundimiento que mató a quince obreros

Hoy 15 de septiembre se cumple el 50 aniversario de uno de los sucesos más luctuosos que tuvieron lugar en el siglo XX en Almería capital: el hundimiento del “Edificio Azorín”. El desplome de un bloque en construcción de diez plantas, que causó la muerte de quince personas y heridas en otras seis. Aquello quedó marcado en la historia negra de la ciudad y, medio siglo después, aún una cicatriz marca el tejido emocional de los almerienses.

También era martes y el reloj marcaba las dos y cuarto de la tarde. De repente, la placidez de los últimos coletazos del verano se vio truncada por un sonido seco, terrible, indescriptible y por una espesa columna de polvo que subía lenta y densamente hacia el cielo. Era un edificio casi terminado de construir que se había desplomado sobre sí mismo, atrapando a los albañiles que comían o descansaban. Las primeras personas que, alarmadas por el cruel estruendo, salieron a la calle no daban crédito a lo que veían. Aquel mastodonte que sobresalía en la esquina entre las pequeñas casas de sindicatos se había desplomado. “Íbamos a comer y, de repente, la tortilla, la mesa, los cubiertos y los platos quedaron impregnados por un manto de polvo gris. Aquel estruendo ¿qué fue? ¿Un terremoto, una explosión de butano, un atentado…?”

Los ciudadanos más mayores recuerdan aquello con los bellos de punta, con testimonios como los que comienzan este reportaje; lo del Azorín fue un infortunio que provocó una profunda cicatriz en la sociedad almeriense. Era una mole de diez plantas en la calle Hermanos Pinzón con 72 viviendas que se cayeron por sobrepeso, por eliminación de columnas y por una mala calidad del hormigón, según las sentencias de la Audiencia Provincial de Almería y del Tribunal Supremo. La tragedia enlutó a la ciudad durante años porque muchas familias quedaron desamparadas y numerosos barrios vivieron el drama de ver cómo uno de sus vecinos moría de forma traumática, bajo toneladas de escombros. Los funerales, presididos por el obispo, fueron auténticas procesiones de dolor con miles de almerienses en las calles.

La provincia entera se volcó: Puerto, Colegio de Médicos, Obispado, la Compañía Andaluza de Minas, Campsa, Sevillana o Telefónica cedieron sus vehículos, materiales o personal para cooperar en lo posible, al mismo tiempo que Guardia Civil, Policía, Salud, Diputación y Ayuntamiento de Almería establecían las medidas necesarias en investigación, coordinación y atención a las familias. El edificio de la compañía Telefónica se convirtió en el cuartel general del operativo. Durante días, cientos de almerienses se arremolinaron en la esquina de las calles Azorín y Hermanos Pinzón. En ocasiones, una autoridad salía a un balcón con megáfono en mano para dar instrucciones a los reunidos.

A Almería llegaron sofisticados equipos para detectar vida bajo los escombros; aterrizaron aviones con ministros y personalidades; la “Bola Azul” activó un primitivo plan de emergencias nunca visto en la residencia y la prensa nacional se fijó durante mucho tiempo en la desgracia. Los periodistas, que actuaron con responsabilidad y siempre con criterios informativos, llevaron a la sociedad la última hora del desastre tras muchas horas de trabajo en el “punto cero”. Mientras tanto, el juez de guardia, Salvador Domínguez Martín, inició las instrucciones y declaraciones pertinentes decretando el arresto del arquitecto del edificio y su posterior encarcelamiento durante 63 días.

Quedó demostrado después en el juicio que los 48 pilares del proyecto quedaron reducidos a 36. Además, el cemento para fabricar hormigón poseía un porcentaje de arena elevado, por lo que un responsable de la empresa fue condenado por el Tribunal Supremo.

En los primeros instantes pudieron rescatar a cinco personas: Francisco Plaza Zapata; Antonio López Muñoz; José Góngora Rueda; Dionisio Pérez Jiménez y Francisco Nin de Cardona. Los demás, hasta quince, perecieron aplastados. Los bomberos, con Juan Antonio Estrella al frente, fueron auténticos héroes en el rescate. Trabajaron durante 72 horas sin apenas descansar; quienes estaban de vacaciones o de días libres se incorporaron a las tareas de auxilio y algunos pusieron en riesgo su vida. Las quince personas que perdieron la vida bajo los escombros eran padres de familia, chicos solteros y hermanos que se dejaron allí la vida en un suceso evitable. Casi todos fueron enterrados en el cementerio de San José, formando una larga fila de nichos. Allí descansan en paz desde hace medio siglo.

Manuel Márquez Requena, obrero, de 52 años domiciliado en la falda de La Alcazaba, calle Chantre; fue rescatado gravemente herido y falleció cuando era evacuado a la Casa de Socorro. Fue una de las primeras víctimas en ser sacada de entre los escombros, por su proximidad al exterior.

Antonio Zapata Sola, obrero de 19 años, soltero y residente en la calle Escuela, de Los Molinos; fue encontrado a las 12,05 de la mañana del día 16. Hijo de un herido en el hundimiento. Era árbitro provincial de fútbol. Se desplazaba por Almería en una motillo marca Mobylette.

Enrique Martínez Beza, obrero de 46 años, casado con Josefa Ruiz. Nació en Almería en el año 1924 y residía en el Barrio de San Cristóbal, calle Mirasol; su cadáver fue encontrado a las 12.50 horas del día 16.

Juan Fernández Fernández, obrero de 49 años. Nació el 21 de junio de 1921. Residía en la Carretera del Mamí y estaba casado con Rosa Fernández Sánchez. Fue extraído totalmente desmembrado durante la tarde del día 15 e identificado por sus familiares a última hora de la tarde del día 16.

Nicolás Fuentes González, obrero de 38 años. Natural del Felix. Residía en el Barrio Alto, concretamente en la calle León. Fue identificado por sus familiares el día 16 a las 22.20 horas. Su esposa era Dolores Portillo Expósito y tenía tres hijos: Nicolás, Antonia y María Dolores Fuentes Portillo.

Antonio Tortosa Muñoz, obrero de 47 años, nació en Vícar en 1923 y residía en la Carretera de Málaga de la capital. La desgracia se había cebado con él, ya que unos meses antes de la tragedia fue atropellado por un vehículo en el Parque, muy cerca de su domicilio. Fue el 12 de junio de 1969, sufriendo heridas y contusiones en el brazo derecho y pierna derecha, por lo que fue atendido en la Casa de Socorro y estuvo un tiempo de baja sin acudir al tajo. Su cadáver fue encontrado a las 15.00 horas del día 17, poco después de que el ministro de Trabajo visitara aquel lugar. El cuerpo fue extraído con un miembro inferior amputado, pierna que no pudo ser localizada hasta la mañana del martes, 21 de septiembre. Casado con Isabel Arcos Sánchez, tenía cinco hijos: Isabel, Rafael, Antonio, Aurora Teresa y Carmen Tortosa Arcos. De todos los fallecidos, su familia fue la única en insertar en el periódico local una esquela mortuoria informando de que la misa funeral sería en la iglesia de San Roque a las ocho de la tarde del día 24 de septiembre de 1970.

José Murcia Hernández, obrero de 51 años, natural de Abla. Casado, con cuatro hijos. La familia residía en la estrechísima calle Casimiro, en Los Molinos. Fue encontrado muerto a las 17.40 horas del día 17 de septiembre. Antes de que apareciese el cadáver, los equipos de rescate encontraron su cartera, su documento nacional de identidad y su reloj de pulsera, cuyas agujas quedaron paradas a las 6,35 horas.

Ginés Rodríguez Gibaja, obrero; le faltaba una semana para de cumplir los 40 años. Había nacido en Almería el 22 de septiembre de 1930 hijo de Luis y de Julia. Estaba casado con Emilia Ruiz y domiciliado junto a La Alcazaba, en las Cuevas, calle de San Joaquín. Fue encontrado muerto a las 19.00 horas del día 17 de septiembre.

José Fajardo Moreno. Conocido como “Pepillo”, estaba soltero y residía en Sierra del Pino, junto a la calle Sierra Castaño, cerca del cementerio municipal de San José. Obrero de 17 años, su cadáver fue extraído a las 21.05 del día 17 de septiembre. Su hermano Diego también pereció.

Diego Fajardo Moreno, obrero de 19 años. Residía con su esposa, hermano y padres en las viviendas anexas al cementerio. Su cadáver fue rescatado el 18 de septiembre a las 5,30 de la mañana. Su hermano José también pereció.

Juan Andrés Santiago Santiago, yesaire de 19 años, estaba soltero; su cadáver fue extraído a las 10.45 de la noche del día 17 de septiembre. Residía en la Colonia de Araceli, calle Martín Laborda. Era jugador de fútbol del C.D. San José, pero militaba cedido en el Club Deportivo San Antonio.

Francisco Moreno Ventura, obrero de 46 años. Residente en la calle Nueva de Los Molinos. Su cadáver fue extraído a las 11,30 de la noche del día 17 de septiembre y fue enterrado en el cementerio de La Cañada a las 18,30 horas del 18 de septiembre. Ofició la eucaristía el párroco de la barriada, Luis Serrano Alcaina.

José González Pascual, obrero de 20 años, soltero. Durante la madrugada del día 16 fue sometido por el doctor Raimundo Castro Mayor a una delicada operación de amputación de la pierna izquierda, a la altura del tercio superior del muslo, mientras estaba atrapado entre dos vigas derrumbadas. También participaron en la operación los doctores Luis Gómez Angulo y Víctor Martínez Ruiz-Morón. Murió a las siete menos cuarto de la tarde del día 17 en la Bola Azul, según se dijo “por una dolencia de tipo renal”.

Juan Antolínez Martínez, obrero de 18 años que residía en Los Molinos. Su cadáver, rescatado el 18 de septiembre a las 5,30 de la mañana, fue el penúltimo en ser extraído.

Joaquín Pardo Guillén, aprendiz de 16 años, hijo de José Pardo Murcia, el picador de toros apodado “El Cairo”. Residía en la barriada de “Las 500 Viviendas”. Su cadáver fue el último en ser rescatado: el 18 de septiembre a las 12,10 de la mañana. Su padre reconoció el cuerpo allí mismo, ya que permanecía en el lugar del suceso desde las primeras horas del hundimiento. Jugador de fútbol, militaba en el Hispania F.J.

La heroicidad de los almerienses

La tragedia generó en Almería una espectacular operación de ayuda en las tareas de rescate de los cuerpos. Muchos ciudadanos arrancaban piedras con sus manos intentado abrir huecos para sacar a los cuerpos, otros pilotaban ellos mismos sus maquinarias de obras o camiones para liberar escombros. Soldados de la Cruz Roja y del Campamento fueron movilizados y vecinos de la zona aportaron agua, ropa, comida o cafés.

José Garbín Fernández fue uno de los grandes héroes. Era estibador portuario y nada más producirse el derrumbe se desplazó a la calle Hermanos Pinzón con su pala mecánica, considerada la más potente de la provincia. 105 horas estuvo Garbín, conocido como “El Marchales”, extrayendo escombros y cascotes de las ruinas del edificio. Su valor y sacrificio le hicieron merecer la medalla de plata al mérito del Trabajo.

El médico Raimundo Castro Mayor, fue uno de los protagonistas de las operaciones de rescate de las víctimas. Realizó, entre los escombros, una delicadísima operación quirúrgica a José González Pascual, un obrero de 20 años que llevaba semi sepultado doce horas. Castro Mayor entró al interior de la zona derruida mediante una galería y pudo amputarle la pierna izquierda a la altura del tercio superior del muslo. Aquella gesta dio la vuelta a España. De gran ayuda para Castro fue la del obrero de la Colonia de Araceli José Robles Roca, de 44 años, que se había salvado del desplome y quería ayudar a su compañero.

Jesús Durbán Remón, presidente de la Diputación, puso a disposición de la tragedia el personal técnico y toda la maquinaria del ente, dando instrucciones para ello a sus ingenieros y arquitecto, así como al personal de vías y obras. Hasta allí se mandó el nuevo tractor “bulldozger” “Caterpillar modelo D6-C” adquirido en febrero, por casi 3.5 millones de pesetas.

El cura de Las Pocicas de Albox, José Navarro Giménez “Pepe el Cura” era el capellán de la Bola Azul” y nada más conocer el desplome del edificio se trasladó a pie de escombros. Permaneció en el lugar del suceso, casi sin comer ni dormir, durante varios días rezando y administrando los sacramentos y la absolución a las víctimas. Consoló y reconfortó a innumerables almerienses que esperaban noticias de sus familiares durante las tareas de rescate.

Manuel de Oña Iribarne era uno de los procuradores en Cortes por Almería cuando el desastre. Se encargó de trasladar a Madrid las reclamaciones de los familiares de las víctimas para acelerar los pagos de pensiones y ayudas.

Hubo valientes en todas las profesiones, incluida la hostelería. Juan Antonio Pérez Tamayo y su esposa, Dolores Cantalejo Gallego, habían abierto en la antigua Huerta de Azcona un bar al que llamaron “Santa Fe”, centro de operaciones de coordinación de la tragedia.

Toda la tragedia, en un libro solidario

Un libro de carácter solidario, escrito por el periodista almeriense José Manuel Bretones Martínez, evoca con innumerables datos aquella tragedia. Editado por Circulo Rojo y prologado por la periodista que cubrió el suceso Áurea Martínez Navarro, en su presentación en diciembre pasado en Diputación el moderador del acto, Cristóbal Cervantes, evidenció que Almería debe homenajear a héroes y víctimas. El área de Cultura del Ayuntamiento de Almería se está encargando de ese acto, paralizado ahora por la pandemia.

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