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Esclavos de la tecnología

Anabel Lobo, periodista

miércoles 23 de abril de 2014, 10:55h

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Introduzco la tarjeta en la puerta de la habitación del último hotel al que me he tenido que desplazar por cuestiones de trabajo. Entro en el cuarto de baño, y coloco mis manos bajo el grifo. Espero una fracción de segundo a que el agua fría recorra mis manos, antes de ponerlas sobre mi rostro. Salgo a la habitación, donde la televisión relata que ya hay una nueva Steve Jobs y que tiene doce años. Es una niña superdotada y pobre, y por lo tanto obligada agudizar su increíble ingenio en una escuela en que un profesor muy acertado decidió hacer de todo su alumnado una especie de Masters del Universo.

Me siento en el sillón y le doy al modo relax mientras enciendo mi smartphone para mirar la última foto que me ha enviado mi marido de mi hijo pequeño por whatsapp. Me cuenta también que mi hijo mayor le está pidiendo permiso para hacerse tuenti y él me escribe que quizá necesitaría el nuevo i-phone para que nos comuniquemos mejor cuando me desplazo al extranjero. El caso es consumir. En mi familia somos consumistas por naturaleza. Yo la que más. Sobre todo ahora que las buenas ofertas las conseguimos por Internet.

Saco mi tablet para resumir los datos que me ha aportado esta última reunión en Bruselas, pero primero me meto un momento en Facebook, donde preveo estar unos diez minutos contestando amigos, felicitando cumpleaños y viendo las últimas fotos de mi viaje a Japón. Recuerdo que antes tengo que completar mi agenda de trabajo en Outlook y ponerme avisos para todas las reuniones de la semana que viene, para el cumpleaños de mi jefe, para una tutoría en el colegio, y para una cita médica.

Termino de hacer todo esto y me pongo un whisky con hielo, mientras abro mi e-book y leo unas páginas del último libro que he alquilado en la mediateca. Tengo los ojos cansados, hace dos años que tengo que llevar gafas, y pienso que debo ir a graduarme la vista de nuevo porque a veces me lloran y me duele mucho la cabeza. Recibo un nuevo mensaje de whatsapp de mi marido diciéndome que por favor mire el estado de nuestras cuentas, porque hay un recibo que no cuadra. Me meto un momento en banca virtual, y dejo un mensaje tranquilizador. Todo es correcto.

Me da por pensar… a estas horas…que las redes de datos nos sacan del anonimato y ponen en la palestra a todos los conocidos de nuestros verdaderos conocidos, ampliando nuestra red de círculo visible a unos niveles casi imponderables. ¿Es esto beneficioso?. ¿Es lícito?. ¿Está suficientemente regulado?. ¿Confundimos a veces la verdadera vida con la vida entre pantallas, o realmente la vida entre pantallas es ahora la verdadera vida???. ¿No nos controlan demasiado al tener un acceso demasiado libre a los datos que utilizamos?. ¿Es tan fácil como dicen convertirse en hacker?....lo que me hacen pensar el cansancio y la soledad…

Caigo rendido de sueño y las letras se perfilan dispersas por la pantalla al modo de Matrix. Empiezo a pensar que la era tecnológica, nuestra era, va mucho más allá de lo que vemos e intuimos. Pero es entonces cuando mi madre me llama al fijo del hotel para recordarme que mañana es el cumpleaños de mi hermana y que cuando regrese debería llevarla algún regalo y telefonearle, una caja de bombones de esos que le gustan a él, algo así, me dice.- “Así lo haré mamá. Muchas gracias por recordármelo y por devolverme a la realidad. Me alegra mucho escuchar tu voz”. Y entonces mi madre sonríe, con esa sonrisa sonora y atolondrada de anciana feliz que tiene, y se despide con un beso como si no hubiera hecho nada especial. Y siento que ya no estoy entre pantallas. Gracias madre.

Anabel Lobo

Periodista.Licenciada por la Universidad Complutense.Título (Máster) en Identidad Corporativa por ESIC y uno en Gabinetes de Instituciones por Corporación Multimedia.Fue becada por Radio Televisión Española y Telemadrid. Ha colaborado en los suplementos económicos de Cinco Días.Técnico de comunicación para la Dirección General de Empleo de la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid.