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Madrid, 11 de marzo, ocho de la mañana

miércoles 23 de abril de 2014, 10:55h

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Madrid, ocho de la mañana del once de marzo de 2004, recién levantada, tras ponerle a mi hija de cinco años el uniforme y esperar a que mi madre viniera a recogerla para llevarla al colegio, puse la televisión para ver las noticias. Recuerdo que me quedé impactada en mitad del salón, escayolada como estaba hasta la ingle porque me había roto el peroné esquiando hacía quince días, observé algo que parecía irreal en la pantalla, amasijos de hierro, gente llorando, desconcierto absoluto, decía el locutor que este escenario dantesco se había producido en mi ciudad. Tal vez por eso la niña y yo habíamos escuchado al despertarnos lo que parecía el ruido de una explosión, pero no hicimos caso, en Madrid a veces se escuchan ruidos así y nadie hace caso, podría ser cualquier cosa.

Horrorizada, comienzo a repasar mentalmente qué personas de mi familia deberían hacer el recorrido en transporte público pasando por Atocha, y empiezo a llamar por teléfono a cada uno de ellos. Algunos no lo cogen, otros comunican porque están llamando a su vez a sus seres queridos para confirmar que ni de lejos andaban por allí. Toda mi red familiar tiene la suerte de no haber estado en la estación maldita, pero sí, también todos los de mi familia conocemos a alguien que sí que estaba. Es entonces cuando me llama Diana, la chica rumana que venía un par de veces en semana a casa para ayudarme con la plancha, y me dice entre sollozos que hoy no puede venir, que su prima más joven, y según me cuenta, la más guapa, iba a trabajar en ese tren, y aunque no ha fallecido, tiene quemaduras graves en gran parte de su cuerpo, quemaduras que tal vez no la permitan vivir. Le digo que por supuesto no tiene que venir a casa a trabajar y que me vaya informando de la evolución de su prima. A Diana sólo la volví a ver tres veces más, ella dejó el trabajo para atender a su agonizante prima en el hospital, para darle calor mientras se cicatrizaban sus heridas.

A los madrileños, o a los rumanos y personas de tantas otras nacionalidades que vivían en Madrid en ese momento, nos daba igual la autoría del atentado. Lo mismo nos daba que hubiera sido Al Quaeda que ETA, la cuestión era saber si los nuestros estaban vivos. Fue una mañana de nervios inaguantables para los que al final conseguimos saber que nuestro entorno estaba en perfecto estado, y el inicio de una pesadilla que continua hoy para los que no tuvieron tanta fortuna. Yo lo viví por suerte sólo en imágenes por la tele, como el resto del país, y con la angustia de saber que todos estaban bien, pues uno de mis hermanos podría haber cogido ese tren, pero ese día, por fortuna, no lo hizo.

Después vendrían las conclusiones sobre porqué ganó el PSOE las elecciones; después vendrían también las especulaciones sobre el porqué del atentado, se especilaría sobre una mezquita cercana a mi casa, la Mezquita Abu Bakr, por cuya puerta tantas veces paso, desde la cual en algún momento se habló, se habla aún, sobre la posibilidad de que se hubiera fraguado el atentado. El atentado tuvo muchas consecuencias, un debate político terriblemente feo comentando si podía ser cierto que el atentado hubiera sido punto de inflexión para la consecución de la victoria en las elecciones para el PSOE, tan fea esta suposición como la que conllevaba que la causa de la masacre hubiera sido que el PP hubiera apoyado la guerra de Iraq, cómo si tuviéramos la culpa todos de esa violencia que llevo a la muerte a tanta gente. Al final, y por desgracia, muchas de estas especulaciones políticas fueron tristemente ciertas. Todo este debate impulsó también la intercomunicación de las redes sociales, e incentivó los medios de comunicación electrónicos, que crecieron en aquella época de manera ostensible. Se hicieron monumentos, se alzó el Santuario de Atocha, hubo y hay miles de manifestaciones públicas condenando los atentados, recordando a los muertos. Miles de familias rotas lloraron a sus seres queridos desaparecidos o maltrechos. Lo único que saben esas familias es que los que murieron allí no eran culpables, y no deberían tener por ello condena alguna

Anabel Lobo

Periodista.Licenciada por la Universidad Complutense.Título (Máster) en Identidad Corporativa por ESIC y uno en Gabinetes de Instituciones por Corporación Multimedia.Fue becada por Radio Televisión Española y Telemadrid. Ha colaborado en los suplementos económicos de Cinco Días.Técnico de comunicación para la Dirección General de Empleo de la Consejería de Economía de la Comunidad de Madrid.