Dice el señor Ahmed Badawy, embajador de Egipto: «España no es un país racista». Lamine Yamal —cada día te quiero más, no puedo evitar la coletilla estopariana— llama a los del cántico, nada espiritual durante el partido de la selección con la de Egipto, «ignorantes y racistas». Y su padre dice: «¡Viva España, vivan los musulmanes, los cristianos y los judíos!». Olé.
Nuestros vecinos del sur, aprovechando la ocasión, se han marcado un Gila —aquella historia que contaba el humorista de su tía, la solterona, que iba a todas las bodas y, cuando el cura decía la tradicional pregunta: «¿Quiere usted a fulanito de tal como esposo?», gritaba desde su asiento: «¡Y si no, pa mí!»— y han dicho que, visto lo visto, la final del Mundial de fútbol para ellos.
Lo que da la idiotez de sí —y me refiero a los del cántico, no vaya a malinterpretárseme—. Porque es cierto que hubo islamofobia en el grito «Musulmán el que no vote», pero también una dosis de tontofilia. Hubo cánticos entre un sector de los espectadores; otros, con los que me quiero identificar, silbaron a los racistas.
En las excursiones escolares eran clásicos los cánticos nada angelicales. A mí, por la sencillez de la letra, me encantaba aquello de: «La cabra, la cabra, la puta de la cabra; la madre que la parió; yo tenía una cabra y la puta se murió». Lo escribo con alarma y con una inclinación, ya superada, a la autocensura en cada una de las palabras de esa tierna melodía escolar. Luego estaban las más entrañables para nuestros adultos acompañantes: «¡Qué buenos son, qué buenos son los padres franciscanos, que nos llevan de excursión, qué buenos son…!».
La tradición lírica y el refranero popular están llenos de lindezas hoy irrepetibles, como «maricón el último», ahora adaptadas a las miserias más actuales. En algunos estadios catalanes se cantó aquello de «español el que no vote» y otras cosillas contra nosotros, los españoles, tan pertinazmente imperialistas, durante el «procés», esa rebelión que nos tuvo tan entretenidos.
No, como dice el embajador, no somos racistas; pero haberlos, haylos: racistas e idiotas. Hace unos días, en un vídeo, Arturo Pérez-Reverte con Joaquín Sabina explicaban que son más de temer los idiotas que los malos, y llevan razón: capaces de todo por su propia idiosincrasia de idiotas redomados.
España, con una Constitución que encaja jurisprudencialmente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos —en la magnífica película de Jean Renoir, "Está tierra es mía" de 1943, el profesor, encarnado por Charles Laughton, lee está declaración a su alumnado antes de que los nazis entraran para llevarse a uno de sus alumnos por judío, y a él mismo. Cuando entran y se los llevan, Maureen O’Hara sigue entre lágrimas con su lectura—, dice en su artículo 14: «Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».
Tal vez no tan poética como la declaración de independencia de los EEUU, que dice: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que están dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Pero, en nuestro favor, decir que después de esta declaración siguieron con su genocidio indígena y con la esclavitud; España perdió los territorios de ultramar dejando gran porcentaje de población indígena, diezmada posteriormente por las repúblicas independientes que siguieron.
Quisiera que no se viera este escrito como la defensa de los idiotas y racistas que gritaron el otro día en el campo del Espanyol «Musulmán el que no vote». Como opina nuestro seleccionador, Luis de la Fuente, pienso que se deben localizar e impedir su entrada a los campos de fútbol. Lo que he querido manifestar es que, por lo general, no somos racistas, que tradicionalmente nos hemos mezclado y que solemos ser solidarios cuando una desgracia lo exige; no en vano llevamos treinta años siendo los primeros en donación de órganos: 51,9 donantes por millón de habitantes.
Propongo otro cántico, sencillo: «Tontísimo el que no vote… y el que vote también». Y le copio al padre de Lamine sus vivas: «¡Viva España, vivan los musulmanes, los cristianos y los judíos!». Añado un par más: «¡Viva Almería!», «¡Viva Andalucía!» y uno más: «¡Viva Cartagena!», como defensor de causas perdidas.