A veces me pregunto qué pensaría el niño que fui de alguien como yo que va a su colegio a contarle cuentos del mar de Alborán y lo lleva de excursión por los cuatro bosques de Murgi o por la orilla de la playa. Tengo una ligera idea por mis propios recuerdos, pero me temo que están adulterados por los de algunos amigos, los de mis padres y por el borrado selectivo que habrá hecho mi cabeza.
Me encantaría ver por un agujerito cómo me comportaba, si era el graciosillo que interrumpe con bromas sin gracia; el silencioso que escucha concentrado y se asusta cuando Martana sorprende a los cangrejos; el que cree saberlo todo y responde sin escuchar la pregunta; el que levanta la mano reconociendo que cree en los duendes aunque el resto no lo haga; el líder o el que mira al líder para saber si quiere hacer el juego de manos o es ya muy mayor para eso; el que orgulloso se resiste a cantar aun viendo a todos divirtiéndose porque al principio, sin saber que pasaría, dijo que no lo haría; el que se inventa que escucha a la sirena en la caracola; el invisible que sorprende a todos con sus aciertos; o el que se deja llevar, confía y disfruta del momento.
Una de las cosas más decepcionantes que he aprendido al trabajar con grupos (esta semana he estado con 20 diferentes, unos 950 participantes) es lo homogéneos que somos todos. Esto lo había estudiado en alguna asignatura de libre configuración de sociología, en la formación de formadores o en el CAP, donde te enseñan los diferentes roles que te puedes encontrar en un aula, pero no terminaba de creérmelo, supongo que imbuido por esa visión personal de que esas generalidades se equivocan, no van contigo y se escribieron antes de conocerte.
Uno siempre piensa que es especial, pero a medida que vas cumpliendo años y acumulando experiencias, lecturas y observaciones, te das cuenta de que todos estamos hechos con el mismo patrón, nos comportamos de la misma manera, somos tan vulgares como los demás y tan predecibles que nos convertimos en un número más para las estadísticas.
La persona en la que me he convertido tiene muy poco de aquel niño que fui, y mucho, según lo explicaba Ortega y Gasset, de mis circunstancias. Somos como decía Aristóteles, animales sociales, políticos, diseñados para vivir en comunidad y nos adaptamos, nos mimetizamos, buscando la felicidad, la justicia y la ética. Por eso, aunque en todos los grupos encuentres los mismos roles de personalidades, los niños y las niñas son muy diferentes, además de por su género, dependiendo del barrio en el que vivan, si son de pueblo o de ciudad, si el colegio es público o privado e incluso según el maestro y los compañeros que les hayan tocado por suerte. Su humildad, disciplina y respeto, entre otras muchas actitudes, valores y aptitudes, los adquieren de relaciones que se escapan a tu alcance como padre.
Nada más verlos entrar a un aula, por sus gestos, por su forma de hablar, de tratar a sus maestros, a sus compañeros, a ti, ya sabes lo que te espera, si será divertido o un día más en la oficina, o si pasarás la hora buscando en tu chistera herramientas para limpiar los orines de su ego o para marcar las líneas rojas que van a intentar saltarse una y otra vez.
Si les cuento esto es porque ahora que se acercan a las elecciones, reconozco todos esos roles a mi alrededor, y los que más rabia me dan, y me sacan de mis casillas, son los tontos de capirote, aquellos que su incapacidad y torpeza, en la que se regodean e inciden una y otra vez, les impide ver, escuchar y palpar la realidad en la que viven, encerrándose en su necedad, aunque les demuestres, y todos se lo digan, que están equivocados. No obstante, los más peligrosos, a los que tenemos que tener miedo, son aquellos que tienen de referencia la punta del capirote, son capaces de actuar según interpreten el movimiento del mismo y deciden, sin saber lo que significa, colocarse uno igual.
Pensándolo bien, y más teniendo en cuenta que hablo de niños ( y no tan niños), no seré yo el que se encargue de poner y quitar capirotes. Una práctica instaurada por la atroz, arbitraria, injusta, torturadora y nada santa Inquisición como escarnio público de los que no pensaban y se comportaban según las Sagradas Escrituras. Además tampoco tengo muy claro si alguien no me lo habrá colocado a mí junto al sambenito o camino desnudo como el emperador del cuento de Andersen.