Te meto 80.000 invasores —a mí qué me importan poco o nada los derechos humanos, su pobreza o los 140 muertos en el mar—, te desestabilizo, te pongo en quiebra el Estado en Ceuta. Tú sabes que he sido yo y puedes deducir feas acusaciones con sus duras respuestas, en efecto, poco apetecibles para Marruecos.
Entonces llega la segunda parte. Ordeno, de los 80.000 que mandé, que vuelvan 70.000. ¿O no parece sospechosa esa vuelta repentina de 70.000 personas en pocas horas? Y que el resto permanezca sí o sí en tierras españolas, bajo la promesa de cooperación en la resolución, como prueban esos 70.000 regresados.
Atacado, secuestrado y chantajeado. Llámeme apocalíptico, bulero, pero este relato, visto lo visto, pudiera no ser de ciencia ficción y sí tener visos de realidad.
El sanchismo nos conmina de forma sutil a acompañarlo en su generosa, con Marruecos, visión de los acontecimientos, porque, sin la colaboración de la Administración alauí, estos invasores se estancarán en suelo patrio sine die.
Y de nuevo, como ese reloj parado, vuelve a decirnos la verdad accidentalmente. No es sencillo rebelarse contra los chantajes por su propia esencia, pero someterse se me antoja aún más doloroso, ya que significa claudicar para siempre ante el chantajeador.
Estos días hemos visto por dos televisiones hermanas, Antena 3 y La Sexta, entrevistas, entrevistados y entrevistadores. En estos tiempos de crisis, el espectador descubre a periodistas, pelotas, políticos de altura y truhanes. En pocos días hemos visto de todo.
Me refiero primero a Cristina Pardo, el pequeño gran Wyoming (jo, lo que se me ha caído el mito), Pablo Motos, Óscar Puente, Pedro Sánchez y Juan Jesús Vivas. Cada cual podrá poner su epíteto, pero la realidad, la historia televisiva, pondrá a unos junto a los grandes y a otros los olvidará en un rincón destinado a los mediocres. No seré yo el que señale a unos y a otros; su dignidad, tanto periodística como política, a unos les brilló y a otros, otra vez, les saltó por los aires, a ojos de todos los que aún sepan ver por sus propios ojos.
Se llama cuarto poder por su independencia; si no fuera así, sería otra rama más del poder político, religioso o económico. Cuando un periodista se somete, entrega su carné de periodista y recoge un bono de pan que sabe a sudor, como el pan bíblico.
Es más fácil y crea menos problemas ver la realidad con los ojos de quien le paga, asimilar sus postulados, mediatizar sus críticas y agrandar sus halagos, pero a eso no le llamen periodismo; tal vez prostitución, activismo, alcahuetismo, disciplina, yo qué sé, pero no mezclen una profesión tan digna con ese lodazal de pelotas y mediocres que solo son capaces de pagarse sus habichuelas doradas con la sumisión y la militancia.