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A costa de lo que sea, siempre ganar

lunes 13 de enero de 2020, 13:01h

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La noche del domingo, mientras se jugaba la Supercopa de futbol de España, yo veía la película “Cien años de perdón”. Una producción española-argentina de 2016 donde un grupo de ladrones entra en un banco. El objetivo del robo, algo que solo sabe el cabecilla, es un disco duro cargado de archivos que pueden destrozar un país entero, porque demostraría todas las corruptelas del partido político que lo gobierna. El argumento por desgracia no nos parece nada sorprendente, la realidad siempre supera a la ficción.

Con esta presentación pueden pensar que voy a relacionar la victoria del Real Madrid con algún error arbitral interesado, algo que tampoco nos sorprendería mucho, pero no es el caso. No voy a valorar si el triunfo de los merengues es merecido o no. Además eso da igual, lo único que importa es el resultado final, no como se consiga. Lo que me dio que pensar, además de la coincidencia de que los protagonistas eran uruguayos, es el sistema de valores en el que hemos construido esta hipócrita sociedad, donde por un lado nos intenta dar lecciones de moralidad invitándonos a compartir lo que tenemos, a ser respetuosos, a valorar el trabajo de los demás, a ser honrados, justos y comprometidos ciudadanos, y por otro solo se valora al que gana, sea a costa de lo que sea, haga lo que haga.

Me refiero al aplauso generalizado, algo difícil en el mundo del futbol, por la acción de Fede Valverde en el minuto 115 de partido. A punto de terminar la prorroga, Morata había ganado la partida a los defensores y se iba solo a portería. No se sabe lo que podría haber pasado, pero ante la posibilidad de que marcase, poca siendo el delantero que era, había que hacerle falta, sabiendo que lo iban a expulsar. Ante la evidencia no solo acepta la tarjeta roja, sino que pide perdón a los jugadores del atlético, algo que ante el mundo lo convierte en un ser ejemplar, digno de reconocimiento.

Para todos Valverde hizo lo que tenía que hacer, que era cometer una ilegalidad, no aceptar que alguien había sido más astuto, rápido, hábil que él para ganarle la posición, y ante las posibles consecuencias de la derrota, había que conseguir que no se produjese. Todos, y me incluyo, hubiésemos hecho lo mismo, pensar en mi equipo y hacerle falta, porque eso nos han enseñado y grabado a fuego en nuestro ADN, solo vale ganar. Nada de lo que hagas tiene valor, aunque tu trabajo haya sido brillante, aunque tu esfuerzo haya sido descomunal para los recursos que tienes, aunque merezcas la victoria por talento, creatividad y energía, aunque tus ideas se merezcan una oportunidad. Solo importa la victoria, aunque se meta el gol con la mano, aunque haya que comprar voluntades, aunque tengas que cometer ilegalidades financieras para pagar las fichas desorbitadas de las estrellas. Ya lo dijo el Sabio de Hortaleza: hay que ganar,ganar,ganar y volver a ganar.

Sí, soy consciente de que el futbol es un juego, pero un juego seguido por millones de personas, que inconscientemente asimilan los valores que transmite. Los niños, y no tan niños, aprendieron ayer, que con la excusa de satisfacer tu bolsillo, tu ego, a tus amigos, se puede cometer un delito y que luego si pides perdón encima te alaban. Que para defender tus intereses se pueden hacer trampas, eso sí, aceptando las consecuencias del castigo que te impondrán, que nunca va a ser mayor que los beneficios obtenidos, y pidiendo disculpas. Eso ante todo, porque en el momento que pides disculpas, si el agraviado, el perjudicado, el afectado, no las acepta, el que recibe las criticas, al que se señala como intolerante, inhumano, es a él.

Por esa idea que nos han inculcado de relacionar la victoria con éxito, el estar en el número uno con ser el mejor, de valorar solo al que está arriba, nuestros políticos nos mienten continuamente, nos roban impunemente, se ríen de nosotros en nuestras caras. Por eso a las empresas les da igual si sus residuos contaminan mares, ríos o destruyen ecosistemas enteros. Por eso nosotros no pensamos en el vecino, solo en nosotros mismos, en nuestro triunfo personal, porque solo se valora al ganador, al que llega primero, al que aparece en las portadas de las revistas, al que tiene el mejor coche.

Así que hagas lo que hagas siempre pide disculpas, reconoce tu error, asume públicamente que la vida te puso en una difícil encrucijada, porque pasarás de ser un vulgar delincuente, a un humilde ciudadano que hizo lo que tenía que hacer para sobrevivir.

Moises Palmero Aranda

Natural de El Ejido, Almería. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Almería. Desarrolla su trabajo en el mundo de la Educación Ambiental desde la Asociación El árbol de las piruletas, donde ha utilizado la literatura como una herramienta más de sensibilización. Es autor y narrador de cuentos infantiles, entre los que destaca El árbol de las Piruletas y Un delfín entre las estrellas (próxima publicación) Secretos en el Sendero, nueve relatos de misterio donde se mezcla literatura, senderismo y geocaching, es su primera publicación en solitario. 32 motivos para no dormir; Pasos en la oscuridad; Taller de cuentos; 12 caricias; 13 muertes sin piedad; Ángel de nieve; Ulises en la isla de Wight; Crímenes callejeros; El oasis de los miedos; Letras para el camino, El mar, la mar, Relatos Velezanos V son algunas antologías donde aparecen sus relatos. Colabora en Candil Radio con los programas “La mirada del delfín viajero” y “Letras de Esparto”. En radio UAL dirige y presenta el programa de entrevistas Radio Ecocampus. También ha hecho sus pinitos en el mundo del cortometraje con El hombre y la flor. Otra oportunidad y su guión “Residuos” fue el ganador del I Concurso de guiones para cortometrajes “Carboneras Literaria”. Socio fundador de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto.