Hay que reconocerle al nacionalismo catalán una coherencia estética envidiable: solo se despeinan cuando el espejo les devuelve una imagen que no les gusta. El resto del paisaje, especialmente si es el paisaje seco y "lejano" de una provincia como la nuestra, les importa lo que a un tren de Rodalies la puntualidad: absolutamente nada.Estos días hemos asistido a un espectáculo de funambulismo político que daría para una tesis sobre la asimetría moral. En Cataluña, un caos ferroviario trufado de retrasos, falta de inversión y el trágico accidente en Gelida —donde falleció un joven maquinista sevillano de 28 años en prácticas y hubo decenas de heridos— ha provocado un terremoto de despachos.
Esquerra Republicana (ERC), con el dedo acusador, y el Govern de la Generalitat del PSC, han tardado lo que tarda un suspiro en cobrar piezas. Ya han caído el director operativo de Rodalies, Josep Enric García Alemany, y el responsable de mantenimiento de Adif. No contentos con eso, exigen la cabeza del ministro de Transportes, Óscar Puente, y de la consellera de Territori, Sílvia Paneque. Porque allí, si el tren no llega o se sale de la vía, el sistema "ha colapsado" y alguien tiene que pagar el pato.
Sin embargo, el silencio se vuelve granítico cuando miramos hacia el sur. Hace apenas una semana, el 18 de enero, la tragedia golpeó Adamuz, en la provincia de Córdoba. Un choque brutal entre un Iryo y un Alvia se cobró la vida de 45 personas y dejó más de un centenar de heridos. Cuarenta y cinco vidas segadas en territorio andaluz por una soldadura rota en la vía, según las primeras investigaciones. ¿Han visto ustedes a ERC, a Junts o al PSC pedir dimisiones en cascada por los muertos de Adamuz? ¿Han escuchado a Salvador Vergés (Junts) hablar de "dependencia de España" o de "desinversión endémica" para solidarizarse con las familias de los fallecidos en el norte de Córdoba?
La respuesta es un "no" tan grande como el desierto de Tabernas. Al parecer, la responsabilidad política es una competencia exclusiva que solo se activa si el código postal empieza por 08. Si los muertos caen en Andalucía, parece que forman parte del mobiliario o de la estadística de un Estado que, para ellos, solo sirve para financiar sus aspiraciones.Esta forma de entender la política como un ejercicio de "lo mío primero y lo de los demás es paisaje" tiene un aroma familiar y rancio. Nos devuelve inevitablemente a aquel 2004, cuando Josep-Lluís Carod-Rovira, entonces líder de ERC, se fue a Perpiñán a charlar con la cúpula de ETA. El resultado de aquel conciliábulo fue una tregua selectiva: que no mataran en Cataluña. El resto de ciudadanos de este Estado podíamos seguir mirando debajo del coche cada mañana, que eso a la estrategia nacionalista no le quitaba el sueño.
Hoy, la macabra visión es la misma, aunque cambien las siglas. Se piden ceses por el caos en Sants, pero se guarda un silencio sepulcral ante una tragedia de 45 muertos en una vía que conecta Andalucía con el resto del Estado. Es la diferencia entre un nacionalismo excluyente y el carácter andaluz. Aquí, en esta esquina del mapa, entendemos la solidaridad de otra forma. No pedimos que el tren funcione solo para nosotros, sino que funcione para todos, porque una vida en Adamuz vale exactamente lo mismo que una en Barcelona. Aunque a algunos, sentados en sus despachos de la Generalitat o en el Congreso, todavía les cueste procesar una verdad tan básica.