El comodín del guerracivilismo ha vuelto a saltar a la escena pública antes de lo previsto. Estaba escrito que en época electoral, siempre acaba apareciendo, faltaría más, pero la celeridad del despliegue revela que el nerviosismo en la fontanería de La Moncloa debe de cotizar al alza. Cuando el calendario aprieta y las encuestas no devuelven el reflejo deseado, nada como desempolvar la nostalgia trágica para poner prietas las filas.
El presidente del Gobierno y candiato socialista, Pedro Sánchez, arrancó su particular peregrinaje tirando del santoral cultural andaluz, porque en realidad, a España, más allá de España, se la conoce por Andalucía (sí, Ayuso, sí, que el flamenco es andaluz, y sí la tauromaquía también, aunque a muchos no nos guste). En Granada, en el Auditorio Manuel de Falla (andaluz, claro) no dudó en tirar de versos de Federico García Lorca para sazonar un discurso de precampaña. Lorca, claro, es un bocado apetecible para la maquinaria de propaganda: un talento indiscutible, de trágico final a manos de las milicias falangistas que camparon a sus anchas imponiendo el terror, homosexual y de sensibilidad progresista, pero libre de adscripción partidista previa que enturbie el titular. Resulta ideal para la apropiación sobrevenida. Habrá que ver si en su próxima parada en la provincia de Cádiz hace lo propio con Rafael Alberti, aunque ahí la pirueta requerirá más contorsionismo, no vaya a ser que el carnet del Partido Comunista del poeta portuense descoloque el guion socialista.
Apenas cuarenta y ocho horas después de la estampida poética en tierras granadinas, la escenografía dio un salto hacia el plató institucional. Sánchez se plantó en el Museo Reina Sofía para solemnizar un mensaje amte el cuadro del Guernica, de Pablo Picasso. Con la obra maestra del malagueño de fondo, el líder del Ejecutivo hiló un alegato antibélico de consumo electoralista qu casa poco con su inversión en armas, combinando el eslogan fácil con el efectismo visual que tanto gusta en su equipo de comunicación. De nuevo, la cultura de Andalucía instrumentalizada para recordar que enfrente habita el fantasma de la involución.
Ante semejante despliegue de atrezzo histórico, la mirada se dirige de forma natural a la provincia. Habrá que preguntar a nuestro paisano Fernando Martínez López, actual secretario de Estado de Memoria Democrática, exalcalde de la capital almeriense y catedrático de Historia Contemporánea. Buen conocedor de la materia y con hilo directo con Ferraz, no extrañaría que Martínez López tenga ya sobre la mesa una agenda temática a medida para que el presidente del Gobierno pueda dejarse ver por estos lares. Motivos y escenarios no le van a faltar en el catálogo de la represión para seguir alimentando el relato de campaña. La duda no es si volverán a recurrir al pasado, sino con qué frecuencia lo harán antes de que pongan las urnas.