Para quienes nos criamos en el este de Andalucía, la palabra «Alsina» no era un apellido, ni mucho menos un señor que te despertaba por la mañana con ironía fina desde más arriba de Despeñaperros. No. Para un «granaíno» de nacimiento—como es mi caso—o para cualquier habitante de la provincia de Almería que haya tenido que sufrir las infraestructuras de transporte interprovincial, «la alsina» era, lisa y llanamente, el autobús de línea.
Aquel vehículo de la empresa Alsina Graells que serpenteaba por carreteras imposibles era un concepto absoluto. Lo de «Graells» nos sonaba a misterio catalán, pero «la alsina» era nuestra balsa de metal para salir al mundo. Tuvieron que pasar muchos años para que descubriéramos que ese sustantivo común de la automoción era el equivalente a Autedia, que Autedia no significaba «autobús que va a los pueblos», como Alsina no significaba «autobús que va a otras provincias». Más sorpresa fue descubrir que Alsina era una apellido, y que además tambien el de un periodista que terminaría convirtiéndose en el auténtico compañero de viaje de las mañanas radiofónicas.
Carlos Alsina no necesitó ni la Alsina ni la Autedia para llegar a Onda Cero, pero yo sí me subía en la Alsina para ir a Madrid a estudiar. Mirando la perspectiva del tiempo y los calendarios, es muy probable que este cronista y el madrileño compartiéramos pasillos, apuntes fotocopiados y algún que otro café infame en el inmenso bar de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Nos criamos en el mismo ecosistema de linotipias agonizantes y ambiciones analógicas, aunque luego nuestros caminos laborales tomaran rumbos bien distintos. Él se quedó con los grandes focos del prime time estatal; yo, con la saludable distancia que da observar la realidad mucho más a pie de calle.
La trayectoria de Carlos Alsina siempre ha despertado mi más profunda admiración, un sentimiento que en el gremio periodístico suele cotizar a la baja debido al exceso de egos por metro cuadrado. Cuando dio el salto de la noche de La Brújula a las mañanas de Más de uno, muchos temimos que la trituradora de la actualidad urgente devorara su imaginación. La radio matinal en España es un ejercicio de masoquismo diario: consiste en contar la misma miseria política con distintos adjetivos durante cinco horas. Al principio, aquellos monólogos y entradillas hiperelaboradas que lo caracterizaban cedieron algo de terreno ante la tiranía del directo, pero Carlos Alsina demostró una capacidad analítica descomunal para compensarlo. Consiguió algo casi milagroso en los tiempos que corren: sentar en su tertulia a voces que no pensaban igual y lograr que se escucharan sin necesidad de utilizar el desfibrilador.
Lo verdaderamente revolucionario de su figura no ha sido su pericia como entrevistador implacable—que se lo pregunto a más de un líder político descuidado—, sino su última y más madura decisión: saber dar un paso atrás.
En un ecosistema donde los directores de programa se atornillan al micrófono matinal como si fuera un asunto de seguridad nacional, Carlos Alsina ha decidido que ya ha repetido suficientes veces las mismas noticias. El cansancio de la rutina y el hastío ante el bucle infinito de la política partidista del Estado han pesado más que los cantos de sirena de la influencia. Su empresa matriz, Atresmedia, le pedía continuidad, pero el periodista ha preferido cambiar el oro del estrellato matutino por la plata de una radio más reposada, humana y de compañía.
Al final, ambas partes han ganado. El oyente no pierde su lucidez, pero la radio gana en artesanía. Quienes hemos seguido sus proyectos sabemos de sobra que la información pura y dura era solo el peaje que pagaba para poder hacer lo que de verdad le apasiona: el radioteatro, los documentales sonoros de precisión quirúrgica y los monográficos culturales.
Resulta reconfortante, casi terapéutico, ver que todavía queda alguien en la primera línea mediática que valora más hacer lo que le gusta que acumular llamadas de ministros en su teléfono móvil. En estos tiempos de ruidos estridentes y trincheras mediáticas, preferir la discreción de la cultura al trono de la opinión pública es un gesto de una elegancia extrema. Carlos Alsina ya no tiene nada que demostrar a nadie. Ha decidido bajarse de la urgencia para volver a la esencia de la radio. Curiosamente, al final del trayecto, ha regresado a sus orígenes: ha vuelto a ser esa «alsina» fiable, un transporte seguro que te acompaña el viaje sin darte tumbos ni provocarte mareos políticos. Y eso, hoy en día, es muy de aplaudir.