Tras noventa minutos de monólogo futbolístico y una prórroga extenuante, la selección española logró imponerse a la de la República Argentina, certificando sobre el césped una superioridad que resultaba evidente incluso para aquellos que contemplan el fútbol con el mismo desconcierto con el que se mira un mapa de carreteras del siglo pasado. Sin embargo, para los espectadores que siguieron el desenlace desde la plaza de toros de Almería, las Almadrabillas, o cualquiera de las pantallas gigantes distribuidas por toda la provincia, el momento cumbre no llegó con el pitido final, sino cuando por los altavoces del estadio tronaron los acordes de Y viva España. Que la banda sonora del mayor triunfo deportivo del año lleve la firma del ejidense Manolo Escobar —fallecido hace ya unos años, pero plenamente vigente en el imaginario popular— no deja de ser una deliciosa paradoja: un almeriense universal terminó poniendo ritmo a la euforia colectiva después de que un almeriense, Baena, estrenara la presencia goleadora de nuestra provincia en un evento de este nivel.
Pero el verdadero interés de esta jornada no se encontraba en las botas de los jugadores, sino en la amargura de los despachos políticos y en las redacciones que ya tenían el veredicto redactado antes de tiempo. El título de estas líneas, Amarga victoria, no califica el desempeño de la selección, sino el indisimulable desencanto de ciertos sectores de la oposición que se han quedado con un arsenal de críticas guardado en el cajón. La coreografía previa al encuentro había sido milimétrica: se especuló hasta la saciedad sobre si el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, acudiría o no al palco de honor. Los portavoces de la derecha política y mediática ya habían diseñado el relato perfecto. Si España perdía, la culpa exclusiva sería de Pedro Sánchez Pérez-Castejón y de su pretendida condición de «gafe» institucional, una categoría científica de primer orden.
El despliegue en el palco de la familia real en pleno, con el rey Felipe VI, la reina Letizia Ortiz Rocasolano, la princesa Leonor de Borbón y Ortiz y la infanta Sofía de Borbón y Ortiz, funcionaba como el reverso de la moneda. Ellos eran el talismán patriótico incontestable. Si el trofeo se escapaba, la responsabilidad jamás habría rozado las coronas de la jefatura del Estado, sino que habría recaído con todo su peso sobre el presidente del Ejecutivo por el simple hecho de ocupar una butaca. La trampa estaba tan bien urdida que la victoria de la selección ha terminado resultando profundamente amarga para quienes ya saboreaban un linchamiento político justificado por los caprichos de un balón de cuero. Qué desilusión comprobar que la presencia del líder del Gobierno no invocó ninguna maldición cósmica.
Las teorías esotéricas sobre la suerte tampoco funcionaron al otro lado del Atlántico. El presidente argentino, Javier Gerardo Milei, decidió seguir el partido recluido en la residencia oficial de la Quinta de Olivos, convencido de que la magia de la reclusión presidencial mantendría el idilio de la albiceleste con el triunfo. Ni el misticismo austral ni los decretos de necesidad y urgencia pudieron frenar el gol en el tiempo extra.
Al final, la cruda realidad desmonta las supersticiones de uno y otro signo: el fútbol sigue perteneciendo a los futbolistas, al criterio del seleccionador y a la capacidad de meter la pelota en la red, elementos que, afortunadamente, escapan al control de los asesores de imagen de Moncloa o de la Casa Rosada.
Para los almerienses, la resaca del campeonato ofrece exactamente el mismo panorama que el día anterior. La victoria deportiva no abaratará el precio del agua para los invernaderos, ni acelerará la llegada de la alta velocidad ferroviaria a este rincón oriental de Andalucía. El Estado cuenta con una nueva copa en sus vitrinas, pero la rutina diaria en Almería y la inflación persistente en las calles de Buenos Aires permanecen dolorosamente idénticas. Disfruten del eco de Manolo Escobar, pero no busquen milagros políticos en el área pequeña.