Septiembre ha llegado. He vuelto cansado después del verano y, sin embargo, siento que algo empieza. No es alegría. No es nostalgia. Tampoco descanso. Es otra cosa. Como si el año hubiera decidido comenzar precisamente cuando todos dicen que termina.
Septiembre trae hasta esta orilla formas de llegar. De madrugada encontraron en la costa de Garrucha a Rayane, un adolescente de 15 años, después de una travesía desde Ras El Aïn, al suroeste de Orán. Llegó huyendo de la inseguridad a este mismo mar donde Almería se baña en agosto, buscando una vida posible. Algunos de sus compañeros se quedaron en el camino.
Mi amigo Alberto volverá a vestir un traje después de tantos años. Me lo contó como quien cuenta un secreto: lo guardaba al fondo del armario, con olor a naftalina, a bodas antiguas y oficina. Se lo probó delante del espejo y le seguía sirviendo. Se lo pondrá para la boda de su nieto Iván, que llegará al altar con el máster en telecomunicación bajo el brazo. Hace apenas once años, cuando enfermó, el futuro apenas si cabía en unas pocas palabras. Entre una fecha y otra hubo hospitales, miedo, noches en vela entre Torrecárdenas y el Carlos Haya, exámenes que aprobaba con el gotero puesto y un abuelo, mi amigo, que hizo del verbo acompañar una forma de amor. No faltó un solo día ni dejó que la enfermedad caminara sola.
Es el mismo mar, pero dos orillas. Hay quien llega sin que nadie le espere. Otro llega porque un abuelo nunca se fue de su lado. Rayane e Iván. Dos vidas distintas, dos maneras de llegar a septiembre.
El levante empieza a retirarse. Lo noto en el mar, que abandona el azul duro del verano. Lo descubro en las terrazas, que vuelven a pertenecer a los vecinos. Y en los niños, que se preparan para el colegio con el verano todavía escondido en las rodillas. Almería vuelve a ser la ciudad a la que cada uno regresa con lo que trae: un amor, un trabajo, una enfermedad vencida, una ausencia, una esperanza.
Mientras unos hacen las maletas para marcharse, otros las deshacen para empezar. Almería cambia de piel y mi amigo volverá a ponerse aquel traje para celebrar con su nieto la esperanza de un futuro que, entonces, parecía imposible. Es la misma ciudad, el mismo mar.
Pero no todos llegan a septiembre desde la misma orilla.