Veo sobre las mesas de las casetas de feria y de los puestos de comida botellas de cerveza, copas de vino, y al final de la noche, copas largas, el clásico cubata. Y a la salida del recinto nos encontramos con la policía que nos para si conducimos el coche y nos pide con formalidad, educación y seriedad que soplemos. Y nosotros, buenos y majos ciudadanos, que lo único que hemos hecho es ir al lejano recinto ferial de la vega de acá, de allá o del quinto c.ño, adonde nos manda la señora alcaldesa a pasar una noche de feria con los amigos, soplamos, como no podía ser de otra manera. Claro que, si eres concejal, te has tomado unas copas con los colegas y has tenido la mala suerte de que te ha tocado lo de soplar, la dimisión se impone, como le ha ocurrido ese año al de cultura diego Cruz.
¿Mala suerte? Sí. Porque son cientos, miles de ciudadanos los que beben en la feria y a ellos no les ha parado la policía local o nacional para que soplen. La enseñanza que nos ofrece el trance pasado por el señor Cruz nos debe llevar a los afectados, y por ende a nuestros políticos a buscar una solución. ¡Si hace falta a lo Salomón! Lo de no beber sería lo más lógico, pero, ¿quién es el guapo o la guapa que aguanta una noche a palo seco, con la garganta envidiosa de la de los colegas, y solo a base de vasos de agua con gas?
¿Y si María prohibiera el consumo de bebidas alcohólicas en el recinto? Así, por decreto. Solución salomónica sería, pero lo mismo resultaba.
Cerveza sin alcohol, vino en la misma proporción y cubatas en esas condiciones. Y como la alegría se lleva por dentro, y no hace falta darle alas a lo red, todos felices, y la policía deja de hacernos la puñeta con el soplido de marras.
Esta cuestión sería para estudiar. Si no bebe nadie, todos felices, algo tontos y contentos. Pero no me vayan a cambiar el alcohol con el porro o el polvo, que conozco el percal, nos podría decir la alcaldesa.
Otra cuestión sería la de romper todos los aparatos sopladores que tiene la policía durante los días de feria. Esta medida seguro que cuenta con el apoyo de muchos almerienses, esta nos gusta más, sobre todo a aquellos que no ven una fiesta sin una copichuela en las manos. Seguro que hay más alternativas, son doscientos mil habitantes los que tiene la ciudad, y seguro que cada uno tiene una particular. Pero sigamos. A uno se le ocurre la siguiente:
Y si cambiamos el recinto de ubicación. Durante los años en los que la feria se celebraba en el centro y sus aledaños, cierto que entonces no existía el dichoso medidor, eran pocos los ciudadanos que tenían que coger el coche para ir a la feria. Estaría bien, si, pero eso choca con esa Almería que se ha ido extendiendo camino de Cabo de Gata, que es donde puede acabar con los años el futuro recinto ferial con esas ganas de viajar al este que presenta.
Vale, pues den ustedes otras alternativas. “Se prohíbe la bebida con alcohol en el recito de la feria a los políticos, así, al soplar, estarán limpios y no tendrán que presentar la dimisión de su cargo”. No está mal, tienen prohibido por ley robar, y ya ven lo que hacen con el dinero de los ciudadanos, no creo que esa les guste, sigan buscando. Vamos, valientes, otra solución.
Por una feria sin alcohol.