El objetivo de Adelante Andalucía era "echar a las derechas". Pues vaya exitazo ha tenido el tal José Ignacio García, ahora no solo tenemos al PP, además tenemos a Vox. ¡Estupendo! ¡Enhorabuena! ¡Lo has logrado, campeón!
Pasada la resaca de las elecciones al Parlamento de Andalucía del pasado 17 de mayo, el panorama político ha dejado un tablero de ajedrez donde algunos parecen disfrutar más con el jaque ajeno que con el juego propio. Me pregunto si ante esta situación, Adelante Andalucía, prefiere darle carta de naturaleza a "las derechas", o el mal menor de pactar con una derecha. El Partido Popular de Juanma Moreno se ha quedado con 53 escaños, a tan solo dos de esa cómoda mayoría absoluta que permite gobernar sin mirar a los lados. La aritmética es tozuda, y ahora se observa cómo la gobernabilidad depende de un hilo que conduce, inevitablemente, a las exigencias de Vox.
Lo verdaderamente fascinante de este escenario no es la previsible tensión negociadora, sino la indisimulada euforia que recorre los despachos de la izquierda. Parecen encantados con que en Andalucía se aplique la "prioridad nacional" y todo lo que a la extrema derecha se le ocurra. Se les nota en la mirada esa satisfacción culposa de quien ve al vecino rayar el coche nuevo. Están convencidos de que un pacto, o cualquier tipo de componenda con la formación de ultraderecha, desgastará las siglas populares de forma irreversible. El cálculo es de primero de estrategia: debilitar al rival para que llegue renqueante a las elecciones municipales y, por supuesto, a las elecciones generales. Si en el camino se complica la gestión de las ocho provincias, parece ser un daño colateral perfectamente asumible. La clave del éxito para ellos no es construir una alternativa, sino sentarse a esperar el desgaste del adversario.
Resulta esclarecedor recordar las palabras de José Ignacio García, el líder de Adelante Andalucía, durante la campaña electoral. Presumía con vehemencia de que le bastaban exactamente cinco minutos para ponerse de acuerdo con María Jesús Montero —vicepresidenta primera del Gobierno de España y ministra de Hacienda—, investirla como presidenta de la Junta de Andalucía y desalojar a la derecha de San Telmo. El problema de los planes hiperbólicos es que la realidad suele ser bastante más prosaica. Ni ha podido pactar con la ministra, ni la suma de las izquierdas da para enviar a nadie a la oposición. Ante este panorama, cabe hacerse la pregunta obligada: ¿para qué han votado los ciudadanos a estas formaciones? Si la matemática parlamentaria te impide conformar un ejecutivo alternativo, la lógica de la responsabilidad política dictaría que, al menos, intentaras amortiguar la influencia de los elementos que consideras más extremos.
Si el bienestar en el día a día de los andaluces fueran la prioridad real, antes de empujar al bloque mayoritario a los brazos de Vox, se explorarían otras vías. No se le puede pedir este ejercicio de pragmatismo al PSOE, atrapado en sus propias dinámicas de confrontación, ni a Por Andalucía, coalición que comparte mesa y mantel en el Consejo de Ministros de Madrid y actúan como su réplica exacta. Pero Adelante Andalucía, que presume de un perfil propio y puramente autonómico, bien podría demostrar cierta altura de miras y ser consecuente con sus propios discursos de alerta democrática.
Seamos generosos con los tiempos. Si a José Ignacio García le bastaban cinco minutos para despachar un acuerdo con el socialismo ¡de María Jesús Montero!, asumamos que sentarse a negociar con el Partido Popular requiere un esfuerzo seis veces mayor. Pongamos media hora. Treinta minutos de reloj. Un tiempo más que suficiente para sentarse en una mesa y arrancar compromisos tangibles que justifiquen una abstención técnica: medidas concretas para reducir las listas de espera en el Servicio Andaluz de Salud, mecanismos para frenar la externalización sanitaria reduciendo los conciertos privados, mejoras en la enseñanza pública o el incremento de personal en sectores saturados. Es una certeza analítica que el equipo de Juanma Moreno preferiría pactar una abstención puntual basada en gestión pública antes que hipotecar la legislatura con las exigencias estructurales e ideológicas de la formación de Santiago Abascal. Sería, objetivamente, un escenario mucho más pragmático y menos polarizado para el conjunto de la sociedad.
Sin embargo, la realidad es que el interés por solucionar las urgencias de Andalucía tiende a cero cuando se activa el modo electoral perpetuo. Las formaciones de la izquierda ya no miran a San Telmo; sus ojos están puestos en el Congreso de los Diputados. El objetivo estratégico es obvio: propiciar un escenario donde el Partido Popular no logre una mayoría suficiente a nivel estatal y el partido socialista se vea obligado a gobernar de nuevo en precario, reeditando fórmulas parlamentarias complejas con múltiples fuerzas territoriales. Una fórmula que, como se constata en la actualidad, aboca a una parálisis legislativa notable, donde la incapacidad para sacar adelante unos Presupuestos Generales ha sido la tónica de los últimos ejercicios, llegando al extremo de ni siquiera presentarlos ante las Cortes.
Ese es el horizonte que parece seducir a quienes prefieren el bloqueo estratégico antes que la utilidad parlamentaria. Si tan alarmante resulta la influencia de determinados discursos en las instituciones, lo coherente sería utilizar los escaños obtenidos para ejercer una influencia moderadora y pragmática. Media hora de negociación directa podría evitar cuatro años de frentes de bloques. La pregunta queda en el aire: ¿habrá alguien con la audacia suficiente para romper el guion establecido, o se conformarán con contemplar el espectáculo desde la barrera del cálculo electoral?