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lunes 28 de septiembre de 2026, 13:27h
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No llueve en Almería. No llueve a pesar del otoño, a pesar del mar que se abre frente a nosotros y que cada mañana se evapora bajo el sol. Como si nos faltara toda el agua de ese mar para beber, para regar, para hacer un charco.

En Almería hemos aprendido a vivir con poca agua. Es cara, viene de la desaladora y, aun así, mi vecina encuentra un poco para regar de noche las macetas que resisten en el balcón. Pero no hemos aprendido a vivir sin lluvia.

Los niños no la quieren para regar, ni para llenar embalses, ni para arreglar ninguna política hidráulica. Crecen con una sed de lluvia heredada, de abuelos a nietos, jugando en tierra polvorienta, con las rodillas arañadas en los parques secos. Aprenden a mirar al cielo antes de aprender a esperar.

La quieren para una cosa sola: para saltar sobre los charcos. Para mojarse los zapatos, llegar a casa con los calcetines empapados y escuchar el reproche de una madre que sabe que mañana no lloverá.

Hubo un tiempo en que la gente crecía con historias de ramblas embravecidas y luego secas. Las contaban los mayores, a la fresca, en la puerta de las casas. Historias de fuentes, caños y acequias que el Archivo ha rescatado este junio como si fueran ficción: cómo podía correr el agua por donde hoy solo hay tierra dura; cómo podían crecer árboles allí donde hoy solo resiste el sol.

Los mayores hablaban del agua con la precisión de quien habla de alguien que estuvo allí y ya no está. Nosotros la miramos en un plano. La vemos dibujada, prometida, sobre el papel. Pero ya no recordamos cómo olía la tierra mojada.

Aquí la ausencia de lluvia es una herida que hace ruido. Tal vez la potente luz de Almería la disuelve en el cielo antes de que llegue a tocarnos. Miramos el horizonte y la vemos pasar de largo hacia otras ciudades. Solo deja una humedad fina al amanecer. Basta pisarla para encontrar debajo la piel seca de la ciudad.

Conocemos otra lluvia que tampoco cae. Son las promesas que se quedan arriba, suspendidas sobre la ciudad. El Ayuntamiento mira al futuro desde esa nube. Que si el puerto, que si Pavía, que si el centro. Arriba, las promesas. Abajo, nosotros, con el polvo de la calle en la garganta.

Porque la lluvia, cuando cae, deja charcos. Y eso es lo que pedimos los almerienses. Algo que podamos tocar, aunque sea un charco donde saltar.