«¡Y el que hoy no canta con nosotros, ese está contra nosotros!» (Mayakovski). Semejante aforismo lo cita Solzhenitsyn en su aterrador libro sobre la barbarie comunista, o en nombre del comunismo, como quieran ustedes; a estas alturas, a uno ya le da lo mismo, Archipiélago Gulag. En él disecciona las continuas riadas de material humano que llegaron al archipiélago Gulag, tan extenso como la monstruosidad humana, donde, en nombre de un gran ideal, fueron torturados, encarcelados o fusilados.
No era necesario ser disidente; bastaba ser el primero en dejar de aplaudir, tras una tumultuosa y obediente ovación al líder, o no delatar en su momento a un vecino. Una locura colectiva que atrapó a un país que no supo detenerla a tiempo. En el mismo libro dice Solzhenitsyn: «¿Qué habría ocurrido de haber existido una valerosa sociedad civil? No habría motivo para escribir este capítulo ni todo este libro».
No deduzcan de mis reseñas literarias que piense que nos encontremos inmersos en esos procesos kafkianos que fueron las purgas leninistas, estalinistas y, de forma generalizada, en mayor o menor intensidad, soviéticas. Aunque sí vienen a cuento para valorar la disidencia, ese ejercicio de entrega, de autoestima y de liberación frente a la mansedumbre. Cuidar de nuestros disidentes es un antídoto ante el pensamiento único, antesala de totalitarismos y sistemas autócratas.
Otros dirán que el disidente es un mal compañero, un individuo que, a la más mínima, deja a sus camaradas solos, cubiertos de lodo, mientras él, limpio de polvo y paja, se pasea por las estafetas públicas haciendo quedar a sus compañeros enlodazados aún peor, por contraste.
Una actitud, una forma de ver la vida de personas que, al tener que decidirse entre el cómodo rebaño o la defensa de sus principios —éticos, políticos o religiosos—, elige la disidencia. Desde luego, no buscan la comodidad, que no les faltaría si asumieran los balidas del rebaño. Un pulso genético o adquirido les lleva a entender las relaciones humanas no como un acto de fe, sino de convencimiento. Briosa en la juventud y matizada con la edad.
Basta, a veces, una palabra, un simple gesto para entender que se está ante un disidente. Durante la caza de brujas en la década de los cincuenta del siglo pasado, en Estados Unidos, afloraron actores, guionistas y directores que sucumbieron a la manada macartista: dieron nombres, rechazaron su pasado e incluso renegaron de algunas de las películas que habían realizado y, como premio, permanecieron en el redil hollywoodense, donde se les permitió seguir haciéndolas.
Otros vieron truncadas sus carreras; algunos fueron a la cárcel; otros no pudieron soportarlo y se quitaron la vida. Fueron muchos los que contemplaron todos aquellos procesos con escepticismo, aunque tampoco mostraron su repulsa a las condenas y persecuciones. John Ford pudo ser uno de ellos.
Resulta que, por entonces, Mankiewicz (el director de Cleopatra) era el presidente de la asociación de directores, emigrante, con ideas sociales, progresista y de origen extranjero. Todos esos apelativos le valieron a Cecil B. DeMille (autor de la superproducción Los diez mandamientos, con Charlton Heston) para reunir a la asociación y pedir la destitución de Mankiewicz. Durante toda la noche, Ford se mantuvo en silencio hasta que tomó la palabra:
«Mi nombre es John Ford y hago westerns...». Después de elogiar la conexión que indudablemente tenía Cecil B. DeMille con el público norteamericano, sentenció: «...Pero no me gustas, C. B., y no me gusta lo que has estado diciendo aquí hoy. Propongo que demos a Joe [Mankiewicz] un voto de confianza y luego nos vayamos a casa a dormir un poco».
Quiero decir que, a veces, basta una apuesta en contra del sentido de la corriente; no es necesario nadar continuamente a contracorriente. Eso no hay salmón que lo aguante.
Los últimos años del sanchismo, más aún desde las elecciones de julio del 23, se ha disparado la veneración al líder dentro de un círculo cada vez más estrecho. El «con nosotros o contra nosotros» ha sido la máxima de estos años. Pues bien, a pesar de eso, los ha habido que, por diversas razones, han mantenido sus convicciones cuando todo a su alrededor se había volteado. Quiero terminar este tímido intento de apología de la disidencia con tres de estos políticos, sin olvidar que ha habido más, no muchos más, y que, sin ser mejores ni peores, han sido claramente, y me da la impresión de que con mucha honra, disidentes.
Empecemos por Madina: disidente a la fuerza, disidente en primera línea frente a la violencia etarra, que le costó una pierna; disidente frente a la atracción del partido hacia los populismos y, siempre, disidente y luchador contra la corrupción, sin apellidos, venga de donde venga.
César Antonio Molina, en su momento conocido por ganar un juicio a Odyssey, la empresa que actuó de forma similar a Drake y sus corsarios, rebuscando en el fondo del mar un tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que ha terminado formando parte del patrimonio nacional. Una parte puede contemplarse en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática (ARQVA), en Cartagena. No fue una anécdota en su gestión. Ya por entonces, defendiendo ese mismo patrimonio, se enfrentó a Rosa Regàs, por entonces directora general de la Biblioteca Nacional de España.
El presidente, al fin, lo destituyó por austero. Con la aparición de las joyas entendemos mejor tal cese, ya que con un ministro como César Antonio Molina, tan triste y austero, pocos alegres regalos y comisiones podrían haberse tramitado.
Por último, el disidente por antonomasia, protegido por sus éxitos electorales y siempre a merced de una espada de Damocles, pendiente, en los últimos años, de los que no aplauden con la suficiente intensidad o no gritan alabanzas con la felicidad exigida: el señor Page. Ha seguido opinando, exigiendo responsabilidades y proclamando la necesidad de una regeneración en el partido. Allá él.
Desde el Mar Menor, con una canícula sofocada por la fresca, frente a una pared blanca donde proyecto antiquísimas películas de Mark Robson.