Dicen que la realidad no debería arruinarte un buen titular, y parece que hay quienes se han tomado el aforismo como dogma de fe para pastorear voluntades en esta esquina del mapa. En la provincia de Almería, donde el sol no solo calienta sino que a veces parece derretir el sentido común, estamos asistiendo a una exhibición de equilibrismo estadístico digna de estudio. Se trata de esa capacidad casi mística de transformar la anécdota en categoría y el dato irrelevante en una amenaza existencial para la civilización occidental, o al menos para lo que algunos entienden por ella desde su cómodo escaño en el Estado español.
Hace apenas unos días se ponía sobre la mesa un dato que, en manos de ciertos prestidigitadores de la política como Santiago Abascal o sus delegados territoriales, se convierte en un arma de distracción masiva. Resulta que en Extremadura, la probabilidad de cruzarse con una mujer que vista burka o niqab es del 0,1%. Para los que prefieran las cuentas claras: una de cada mil personas. Teniendo en cuenta que la población de origen extranjero en esa zona apenas roza el 4%, y que de ese porcentaje hay que cribar a quienes proceden de países musulmanes y, más aún, a quienes practican la interpretación más rigorista de sus costumbres —que no necesariamente de su religión, pues el burka tiene más de tradición afgana que de precepto coránico—, el resultado es una presencia casi fantasmal. Sin embargo, se ha logrado vender la idea de una "invasión" inminente, como si las dehesas extremeñas estuvieran a punto de convertirse en el mismísimo Kandahar.
Pero no hace falta irse tan lejos. Aquí, en Andalucía, el terreno de juego preferido para este teatro del absurdo es la educación. Se rasgan las vestiduras algunos ante la enseñanza de la cultura marroquí y la lengua árabe, presentándolo como el primer paso hacia la pérdida de nuestra identidad. Lo que omiten con una elegancia sospechosa es que en esta Comunidad hay 1.800.000 alumnos, de los cuales solo 1.800 han optado por estas clases. Es decir, un escueto 0,1% del total de la población escolar. El pánico parece algo excesivo para una asignatura extracurricular y extraescolar que se imparte gracias a tratados internacionales de reciprocidad.
Resulta curioso que quienes claman contra estos acuerdos ignoren —o prefieran ignorar— que el Estado español mantiene estructuras similares en medio mundo. Es de suponer que, si esos mismos almerienses que hoy miran con recelo el árabe tuvieran que emigrar a Alemania, Inglaterra u Holanda, serían los primeros en acudir al Instituto Cervantes para que sus hijos no olvidaran el español ni la historia de su tierra. Es exactamente el mismo principio que rige para el Instituto Confucio de China, el Institut Français de Francia o el British Council del Reino Unido. La cultura es un camino de ida y vuelta, aunque algunos prefieran viajar siempre por el carril de sentido único.
Por supuesto, la realidad es tozuda y no se vive igual en el Jaén que en el corazón de El Ejido, pero incluso allí, donde la convivencia es el pan de cada día, los números no justifican la histeria. La manipulación consiste precisamente en eso: en coger un 0,1%, agitarlo con fuerza frente a un micrófono y esperar a que el ciudadano medio crea que ese pequeño residuo estadístico es el responsable de todos sus males. Para algunos es más fácil combatir fantasmas con velo que enfrentarse a los problemas reales de una provincia que, entre dato y dato, sigue esperando que se solucionen sus problemas reales, los del 99,9%.