Calando la parpusa y muy ajustada la mañosa, el Titi sube al bus en la parada de Chamberí. Ya en marcha, no ocupa asiento, se yergue juncal y nunca busca apoyo ni agarra asidero alguno. Antón, veterano conductor de raíces gallegas, frena de golpe ante la incuria de un ciclista. El Titi se proyecta hasta culminar un aparatoso jardazo a los pies de Antón, quien le espeta: “Vi que parecías el botafumeiro… y por fin caíste”. El chulapo, eludiendo los efectos del talegazo, responde entre trémulo y enfático: “El titi no se cae, el Titi se tira”.
Óscar Puente no ha sido destituido. Óscar Puente ha renunciado. Nótese la diferencia entre una destitución y una renuncia. La destitución viene de alguien que te despoja de las atribuciones concedidas. La renuncia es una decisión personal en la que nadie intervino; sólo el interesado decide por sí mismo si le conviene o no continuar. Al primate de Transportes nadie lo ha derribado. Él –dice-, contra las órdenes del puto amo, se ha inmolado por dignidad, fidelidad, honorabilidad, amor y santidad. Venga, otro santo laico para el martirologio sociata.
El chulángano no puede soportar que nadie cuestione sus extraordinarias cualidades para mantenerse en pie en el cargo sorteando todo tipo de influencias negativas, incluida la fuerza inercial y la gravitación universal. Siquiera Pedro Sánchez (“galán de tranvía”, Álvarez de Toledo dixit) barajó la posibilidad de destituirle, cesarle o dimitirle. El presunto y más que sobreactuado intercambio de mensajes entre ambos indicaba una inopinada decisión irrevocable contraria a los deseos del puto amo que, según el escueto whatsapp, le ordenaba: “Ni se te ocurra, no lo hagas”. Esta respuesta del presidente del Gobierno es más que concluyente para entenderla como una orden a su ministro para que continúe en el cargo, al no aceptarle su dimisión o renuncia. Cuando el presidente del Gobierno no acepta tu dimisión has de continuar, salvo condicionantes psicosomáticos más que evidentes y justificados.
Una vez más, vemos cómo se ha administrado la remoción del ministerio con intención puramente electoralista. El interés de Sánchez es siempre el mismo: pasar de la villanía a la heroicidad utilizando las más rastreras artimañas. Les importa muy poco la tragedia padecida, de la que son indiscutibles culpables y criminales protagonistas. Escenifican y filtran (uno de los dos ha sido) un me voy por dignidad y el no te vayas todavía, no te vayas por favor, y desembocar en el slogan “No todos somos iguales”. Efectivamente, no todos son/somos iguales: extraordinario claim que, indefectiblemente, conduce a una inmediata respuesta que desarma e inutiliza, por lógica reversión, la intencionalidad del desastroso lema de campaña.
El eximio ahora es exsimio. Ha sorteado todo tipo de equilibrios para mantenerse en el ámbito que más le ha favorecido: rampar por todas las ramas de las redes sociales con bestial estridencia. El primate ha dejado de ser acreedor de su primacía ministerial, pero hace justicia a otra acepción del vocablo por su identidad antropomórfica.
El menda continuará retrechero. Se creerá chipén y fetén, pero aguarda la siguiente parada: 29-N. Ahí les quiero ver. Ya no será como el Titi. En este caso, faltarán asientos y asideros para aferrarse hasta a un clavo ardiendo.