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El lío era ésto

El lío era ésto
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Por Rafael M. Martos
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miércoles 13 de mayo de 2026, 06:00h
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Canal Sur tuvo la feliz ocurrencia de bautizar el segundo debate electoral andaluz como “el debate definitivo”. En España existe una extraña tendencia a poner nombres grandilocuentes a cosas que luego terminan pareciendo una reunión de vecinos con demasiados micrófonos y demasiado poco orden. Y, efectivamente, el debate fue definitivo. Definitivamente útil para entender qué quería decir Juanma Moreno cuando repite aquello de “o yo o el lío”.

Porque el lío estaba allí sentado.

A un lado, el presidente de la Junta y candidato del Partido Popular intentando responder a cuatro frentes simultáneos. Al otro, María Jesús Montero, candidata del PSOE andaluz y vicepresidenta del Gobierno de Pedro Sánchez, alternando reproches con promesas que su propio Ejecutivo estatal no ha sido capaz de materializar. Más allá, Antonio Maíllo, tratando de reconstruir un espacio político a la izquierda del PSOE que lleva años en modo arqueología electoral. Y junto a él, José Ignacio García, candidato de Adelante Andalucía, empeñado en demostrar que todavía existe vida política después de la fragmentación perpetua de la izquierda andaluza. Finalmente, Manuel Gavira, portavoz de Vox en Andalucía, reduciendo problemas complejos a consignas de barra de bar patriótica con la profundidad intelectual de un comentario de madrugada en redes sociales.

Y así transcurrió el supuesto debate definitivo: cuatro candidatos atacando y uno intentando sobrevivir al tiroteo dialéctico. Poco debate y mucho turno de réplica acelerada. Más parecido a un combate de frontón que a una confrontación seria de modelos de gestión para Andalucía.

La escena más reveladora llegó prácticamente al inicio. María Jesús Montero calificó como “accidente laboral” la muerte de dos guardias civiles y las heridas sufridas por otros dos agentes en Huelva durante una actuación contra narcotraficantes vinculados a narcolanchas. Conviene detenerse ahí. Porque uno puede discutir la tipificación jurídica, debatir sobre términos penales o entrar en matices técnicos. Pero utilizar de entrada la expresión “accidente laboral” para describir la muerte de agentes embestidos por criminales transmite una frialdad burocrática difícil de ignorar.

Sí, un electricista puede sufrir un accidente laboral. Un albañil también. Pero cuando hay violencia criminal de por medio, quizá la ciudadanía espera algo más que terminología administrativa de mutua aseguradora. Hablar simplemente de las muertes habría bastado. Pero eligió precisamente esa expresión. Y las palabras, especialmente en política, nunca son inocentes.

Claro que el péndulo tampoco tardó en irse al extremo contrario. Porque apareció Manuel Gavira defendiendo el “plomo” contra los narcotraficantes y deslizando soluciones propias de una sobremesa especialmente exaltada. Ese momento en el que parte de la política española parece convencida de que gobernar consiste en hablar como el protagonista secundario de una película de acción de los años noventa.

Hay quien mira con fascinación el modelo de Nayib Bukele en El Salvador. De hecho, Santiago Abascal lo puso como ejemplo recientemente durante una visita a la provincia de Almería. Pero convendría recordar que el Estado de derecho no funciona a golpe de testosterona verbal ni de fantasías punitivas. O no debería. Aunque a veces uno escucha ciertos discursos y parece que algunos añoran resolver la complejidad social con frases cortas y muchos decibelios.

Entre ambos extremos quedó Juanma Moreno, encerrado en un formato donde apenas tenía tiempo para explicar gestión alguna antes de recibir la siguiente acusación desde otro atril. Y ahí apareció otro de los momentos más incómodos de la noche: los cribados de cáncer de colon.

Fue María Jesús Montero quien decidió utilizar los retrasos en los cribados para atacar al presidente andaluz. Pero el argumento terminó convirtiéndose en un bumerán político bastante contundente. Porque Moreno recordó algo objetivamente cierto: los cribados fueron prometidos por gobiernos socialistas andaluces en los que la propia Montero tenía responsabilidades, pero no se implantaron realmente hasta la llegada del PP a la Junta en 2019.

Y entonces llegó la frase más humana de toda la noche. Moreno mencionó que quizá, si aquellos cribados se hubieran aplicado cuando fueron anunciados años antes, su padre habría vivido más tiempo. Pero es a él, recordó, a quien le llaman asesino desde las redes sociales de la izquierda por el retraso en la notificación de casos de cribado de cáncer de mama, por los que también recordó, ha habido destituciones y cambios de protocolos.

No fue una apelación teatral especialmente buscada. De hecho, el asunto lo había introducido previamente Montero. Y ahí quedó expuesta una de las grandes debilidades del actual discurso socialista andaluz: resulta complicado presentarse como gran regenerador de unos servicios públicos cuya gestión durante décadas también les pertenece.

Especialmente cuando la candidata socialista forma parte de un Gobierno estatal incapaz de aprobar Presupuestos Generales y que promete vivienda mientras la construcción pública efectiva sigue siendo mínima. La política española vive instalada en esa paradoja fascinante donde los mismos que no ejecutan anuncian continuamente nuevas ejecuciones futuras. Una especie de urbanismo cuántico: las viviendas existen en el discurso hasta que alguien intenta encontrarlas.

Mientras tanto, las dos izquierdas a la izquierda del PSOE competían entre sí por demostrar quién era más ideológicamente puro. Antonio Maíllo y José Ignacio García criticaron incluso la financiación singular pactada con Cataluña entre el Gobierno central y ERC. Y ahí se produjo otro detalle demoledor: María Jesús Montero fue la única de los cinco candidatos que defendió claramente ese modelo.

Insisto, fue la única que vio las bondades del pacto con los nacionalistas catalanes.

Ni siquiera sus potenciales socios parlamentarios estaban cómodos con ello. Pero eso tampoco parece importar demasiado. Porque la realidad política es bastante transparente: tanto Por Andalucía como Adelante Andalucía acabarían facilitando un Gobierno socialista llegado el caso. Aunque discrepen. Aunque se reprochen cosas. Aunque compitan entre ellos. Aunque lleven años cultivando rencillas mutuas casi artesanales. Aunque ese problema de financiación esté detrás de gran parte de los problemas en los servicios públicos andaluces.

Y ahí aparece precisamente “el lío”.

No el lío como eslogan. El lío como posibilidad bastante tangible de una Andalucía pendiente durante meses de negociaciones interminables, vetos cruzados, cesiones absurdas y discusiones ideológicas que suelen terminar afectando muy poco a la vida real de los ciudadanos. Extremadura todavía sigue siendo un ejemplo reciente de lo que ocurre cuando las matemáticas parlamentarias sustituyen a la claridad política.

Mientras tanto, Vox continúa instalado en su simplificación permanente: Agenda 2030, prioridad nacional, Bruselas y poco más. Hace unos años era el pin parental. Hoy son los acuerdos multilaterales europeos. Mañana probablemente será cualquier otra consigna reducida a tres palabras contundentes y una bandera detrás. Cambia el decorado, no el mecanismo.

Y quizá lo más significativo de todo es que nadie pareció especialmente brillante. No hubo un vencedor incontestable. No dio la impresión de que el debate vaya a mover demasiados votos. Pero sí dejó una sensación bastante clara: cuando Juanma Moreno habla del “lío”, no parece referirse ya a una abstracción propagandística.

Anoche el lío tuvo rostro, atril y turno de palabra.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería y Coordinador de la Delegación en Almeria de 7TV Andalucía

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"