Hay una Almería que Madrid conoce perfectamente: la de la foto con filtro en Mónsul, la de las cañas en el chiringuito y la del retiro dorado. Antes de que las encuestas y los Falcon ocuparan todo su tiempo, era habitual ver a Pedro Sánchez dejándose querer por las bondades de Mojácar. Por aquel entonces, cuando el hoy presidente buscaba el favor de la militancia, nuestra costa era el escenario ideal para su narrativa de hombre de a pie. Pero el poder, como el levante, a veces nubla la vista y, una vez instalado en la Moncloa, Mojácar parece haber quedado relegada a un recuerdo de juventud, mientras los problemas de la provincia se archivan en el cajón de "asuntos irrelevantes".
No es el único. El ministro Félix Bolaños, en una de sus fugaces visitas para supervisar (es un decir) las obras de un AVE que parece avanzar a paso de tortuga coja, no tuvo reparos en justificar su presencia recordando que él también veraneaba en Mojácar. Como si tener un apartamento o conocer la ruta de las tapas convalidara el abandono presupuestario. Almería, para el Ejecutivo central, ha pasado de ser un lugar de veraneo a ser un cortijo lejano al que se viene a prometer y del que se huye sin cumplir.
Mientras tanto, en la realidad de los que no estamos de vacaciones, el panorama es de emergencia. El consejero de Agricultura, Pesca, Agua y Desarrollo Rural de la Comunidad Autónoma de Andalucía, Ramón Fernández-Pacheco, ha aprovechado su visita a Enix —ese balcón de la Alpujarra almeriense donde el silencio solo lo rompe el viento y donde, a falta de bares, sobra dignidad— para poner los puntos sobre las íes. La situación es crítica: un pulgón implacable está devorando el campo ante la mirada impasible del Ministerio de Luis Planas.
Resulta insultante que agricultores de Francia o Italia o Eslovenia puedan usar fitosanitarios para salvar sus cosechas mientras aquí, en el motor agrícola de Europa, se nos prohíben las mismas herramientas por una burocracia ideologizada que prefiere ver la hortaliza podrida antes que dar el brazo a torcer. No es un capricho; es una cuestión de supervivencia frente a las dos mil hectáreas ya arrasadas.
Y si en la tierra llueve sobre mojado, en el mar el desprecio es ya una marea negra. Hace unos días, la portavoz parlamentaria del PSOE en Andalucía, María Márquez, sacaba pecho hablando de una lluvia de millones —unos siete mil, decía— para paliar los efectos de la última borrasca. Lo que olvidó mencionar Márquez es la letra pequeña: ese dinero no es una bendición para Almería ni para Andalucía, sino un fondo estatal para todas las comunidades afectadas, de los que sí, por razones obvias la mayoría era para nuestra Comunidad. Y lo que es peor, a la hora de repartir el botín, la flota almeriense ha sido borrada del mapa.
Es cierto que el temporal azotó con una fuerza inusitada a Cádiz, pero los barcos de Almería también se quedaron amarrados, las redes se rompieron y las familias dejaron de ingresar. Sin embargo, para el Estado, el sufrimiento de un pescador almeriense computa menos que el de uno de Huelva o Málaga. Se nos ignora porque no gritamos lo suficiente o porque, quizás, dan por hecho que siempre saldremos adelante solos.
Este es solo el último golpe de una serie interminable que busca desmantelar nuestro poder económico. Si Madrid sigue estando cada vez más lejos —no en kilómetros, sino en empatía y gestión—, quizá ha llegado el momento de que los andaluces empecemos a plantearnos que nuestro futuro no puede depender de quien solo nos visita para ponerse crema solar.
Las decisiones que afectan a nuestro pan, a nuestro campo y a nuestras redes deben tomarse desde Andalucía, por andaluces y para Andalucía, desde la gente que conoce de cerca la realidad, y si Almería lo necesita más que Cádiz o al revés. Hay que hacerlo desde el diálogo de cercanía, desde la proximidad, desde la empatía.
Porque cuando el Estado se convierte en un lastre en lugar de en un aliado, la autonomía deja de ser una opción para convertirse en una necesidad de defensa propia. Si el Ministerio prefiere proteger al pulgón antes que al agricultor, y si los fondos de ayuda se reparten con criterios de despacho y no de necesidad real, igual los que tenemos que irnos un poquito más lejos somos nosotros, buscando una gestión que, al menos, sepa dónde está el puerto de Almería sin necesidad de GPS.