Querida Norma Jeane,
Te escribo desde una provincia, Almería, en medio de un inusual frío, porque lo habitual es que aquí el sol castigue con la misma indiferencia con la que los focos de Hollywood te deslumbraban a ti. En este 2026, si la biología no fuera ese guionista cruel que decide los finales antes de tiempo, estarías soplando cien velas. Cien. Cuesta imaginarte con arrugas cuando te quedaste congelada en el celuloide (eso que ya no existe) con esa juventud eterna que solo otorga la tragedia o el pacto con el diablo.
A estas alturas de siglo, en este Estado que llamamos España, las cosas han cambiado mucho, y a la vez nada. Te sorprendería saber que aquel adolescente que fui, te tenía como un eje de coordenadas que iba de Níagara a la ventilación del metro de Nueva York. Entre las tachuelas y el cuero de los pósteres de AC/DC, Iron Maiden, Motörhead o Accept, y el ruido patrio de Barón Rojo, Leño y Obús, ahí estabas tú. En medio de la testosterona del heavy metal y el punk de los Plasmatics, el póster más grande era el tuyo. No era una cuestión de hormonas desatadas —que también —, sino de una extraña sintonía entre tu fragilidad y nuestra rebeldía de extrarradio.
Eras la joya de la corona en mi colección de postales. Te miraba y veía a la mujer que, mucho antes de que el empoderamiento fuera un hashtag de diseño, ya sabía lo que era reinventarse para no morir. Pasaste de ser una pelirroja huérfana y maltratada por la vida en hogares de acogida, a la rubia platino que puso de rodillas a una industria que te trataba como un trozo de carne con curvas.
Hay que reconocer que tuviste un gusto ecléctico, casi contradictorio, para los hombres. Fuiste capaz de enamorar al tipo que mejor golpeaba la bola en el Estado de las barras y estrellas, Joe DiMaggio, para luego saltar sin red al cerebro de un intelectual como Arthur Miller. Aquello debió de volver locos a los analistas de la época: la "rubia tonta" —qué etiqueta tan estúpida y rigurosa en su falsedad— casada con el autor de Muerte de un viajante.
Pero lo que pocos recordarán hoy, entre tanto filtro de Instagram, es que fuiste una pionera. Te hartaste de que la 20th Century Fox te ninguneara y, con un par de tacones bien puestos, fundaste la Marilyn Monroe Productions en 1955 junto a Milton Greene. Querías elegir tus papeles, querías ser algo más que el alivio cómico de una película de serie B. Lograste rodar El príncipe y la corista bajo tus propias condiciones, aunque te costara la salud mental lidiar con el ego de Laurence Olivier.
Esa vida de "chica normal" que intentaste rescatar siempre terminaba devorada por la ansiedad, el alcohol y esa "patria" de barbitúricos que te servía de refugio. La depresión no entiende de nominaciones al Globo de Oro ni de diamantes que son los mejores amigos de una mujer. Al final, como tantos otros grandes que se fueron pronto, dejaste un rastro de incógnitas que todavía hoy, en este 2026, alimentan teorías de conspiración que no caben en un artículo que quiere recordarte solo a ti, en tu cumpleaños, y no al Kennedy al que se lo susurraste ante miles de personas.
Te fuiste dejando un hueco que nadie ha sabido rellenar, porque para ser Marilyn no bastaba con teñirse el pelo; había que tener esa tristeza luminosa que solo tú dominabas. Aquí en Andalucía, donde sabemos un poco de luces y sombras, seguimos recordándote como esa lucha constante contra un destino que te quería sumisa y que tú preferiste incendiar.
Feliz siglo, Norma Jeane. Sigues siendo el póster que mejor aguanta el paso del tiempo.