El procedimiento para fijar precios a la vivienda a lo cual propietarios e inmobiliarias en gran parte de Andalucía y del Estado llaman “tasación”, no es un cálculo, es un fraude. El más egoísta, primitivo, brutal y especulativo imaginable, por mucho que lo disfracen con nombres ajenos, imaginarios, y no correspondientes. Las inmobiliarias, en su mayoría, salvo algunas excepciones en según qué ciudades, son especialistas en esta creación de confusionismo con finalidad especulativa; consiste en aplicar el método envidioso de la imitación. De la copia burda. Su supuesto trabajo consiste en observar los precios más altos alcanzado en la zona por ellas mismas en anteriores intentos de venta, para aconsejar al vendedor un poco más del más elevado. Es el equívoco truco de engordar su comisión, emolumento contrario a la competitividad y a la venta al alejarla cada vez más de las familias necesitadas, con lo que, en su intento de encandilar al vendedor para ganar la intermediación, en realidad pierden compradores. Un «truco» equívoco y perjudicial también para los vendedores y los propios intermediarios. Pero la ambición, como mala consejera, hace convencerse que merece la pena mantener vacía la vivienda.
Otra cosa: el misterio es igual de importante: ¿Por qué crece el precio de la vivienda usada —y en proporción tan desproporcionada—. ¿Por qué ese afán de acercarse todo lo posible al precio de la nueva, de convertir la reventa en el negocio más rentable de todos, si todo lo usado baja de precio? —«Esto va a estar aquí siempre».— Gritaba un agente inmobiliario mientras golpeaba la pared con la palma de la mano. Sin embargo no es cierto. La vivienda envejece y pierde atractivo tanto como un coche, una bicicleta o un electrodoméstico. No es eterna, también está sujeta a desgaste, también se debilita con el paso del tiempo. Los ladrillos se desgastan, los bloques con que están hechas muchas, aún más, y la madera. El hierro se oxida y hasta puede cristalizar. El cemento pierde adherencia y la pintura se deteriora. Las cubiertas de ladrillo, como los tejados, más que el resto de la construcción, por algo con el tiempo en no pocos casos, aparecen goteras. Y los edificios, todos, sufre los movimientos continuos de la corteza terrestre, la que igual que provoca baches «aporta» grietas y desajustes en solerías.
El colmo son las reformas: en todos los casos el vendedor las usa como aliciente, sin embargo también pueden ser lo contrario, un inconveniente, porque toda reforma se hace al gusto o la necesidad de quien la habita, que no puede no coincidir con los de quien busca habitarla. Pues las inmobiliarias —otra vez las inmobiliarias— lo mantienen, lo aconsejan y lo defienden. Y hasta ciertas normas públicas lo respetan. El vendedor exige al comprador el costo de la reforma hecha a su gusto y conveniencia. Debería entonces pagarle aquellas reformas precisadas para su habitabilidad. ¿No es lógico? Pues eso no se practica. Ni se sueña, ni se sueñe.
Para todo hay solución si también hay voluntad. El alquiler de una vivienda hasta hace pocos años, era una ayuda para el arrendador. Un aporte a los ingresos habituales. El negocio solamente empezaba a partir de las cinco viviendas alquiladas. La subida meteórica de la vivienda nueva al quedar en manos de grandes grupos especializados en la especulación y el necesario mal de la codicia por parte de propietarios grandes y chicos, han llevado a que ese mismo alquiler ahora sea otro salario. Han ampliado el negocio. Pero no es un negocio productivo, todo lo contrario, sólo es un negocio especulativo. Y lamentable. Porque lamentable es que una familia tenga dos sueldos, uno de ellos sin el esfuerzo de trabajar y sin inversión por materias como una tienda o una fábrica, o para sufragar la compra de una tercera vivienda con la que aumentar el problema, mientras otra necesita dos sueldos para entregar uno a su casero o casera.
La solución, alguna arrendadora ya lo reconoce, es la construcción de vivienda pública. Pero no es ese el deseo de más de la mitad del Congreso. Tres partidos hacen piña para impedirlo y al mismo tiempo que exigen al Gobierno el pago de una parte del alquiler (aunque ya se ha visto que eso sólo beneficia al arrendador y hace subir más aún los precios, con el pretexto de «proteger la propiedad», Suiza, Alemania y Estados Unidos deben ser comunistas, pues han puesto tope a los alquileres y al precio del suelo), reclaman bajada de impuestos. ¿Lo harían ellos si gobernaran? ¿Con qué dinero? Esa reclamación sólo es una forma de ocultar su verdadera intención: bajarlos a las grandes fortunas. Favorecer a sus amigos y a sus deudos, «beneficio» ya en marcha en algunas comunidades a su cargo.