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La matria del tite

Por Rafael M. Martos
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directornoticiasdealmeriacom/8/8/26
miércoles 21 de julio de 2021, 13:06h

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-Échale la pelota al tite…

Oigo la expresión a pie de playa, y observo que el referido tite es un jovenzuelo ya barrigudo y de pectorales tan abundantes que parecen llamar algunas miradas ante el top less que exhibe, pese que también es imberbe y se atavía con un floreado bañador hasta las rodillas, advierto con claridad que su género es masculino.

No me enredaré explicando qué es un tite, pero como obviamente cualquiera puede deducir, no es ni el tito ni la tita, es el tite, y no todo el mundo tiene un tite, ni todo el mundo puede serlo. Para empezar, hay que ser andaluz.

Quienes echan leña al fuego que prende la atrevida ignorancia de la ministra Irene Montero cuando habla de niñes, deberían hacerse mirar lo del tite.

No, no estoy defendiendo ni mucho menos el absurdo gramatical e incluso sexual que perpetra Montero, y con el que nos obliga vía Boletín Oficial del Estado a comulgar a todos. No, el idioma castellano, que ese ni otro es el que la Constitución obliga a conocer y da derecho –pero no causa obligación- a usar en España, ese y no otro es el que se enseña en los colegios, es suficientemente rico como para dar cabida también a la transexualidad.

Hay quien se lleva las manos a la cabeza cuando oye lo de niñes, pero luego habla de su tite, y claro, también me imagino a la iletrada Montero intentando descifrar qué es un tite… ¿quizá un tito transexual? No llega a comprender, quizá, que existen cosas más allá de la clasificación sexual de los seres humanos, que están los lazos familiares y los afectivos, coincidentes una veces, divergentes otras, y consecuentes las más de las ocasiones.

Lo cierto es que tite existe por eso, porque es alguien distinto a la tita y al tito, o que siendo también el tito, no es un tito cualquiera, es un tito con el que existe una relación especial.

El problema no es ya que se quiera hacer del idioma un arma política, que es lo que los Reyes Católicos encargaron a Nebrija, sino que éste sea convertido en corpus legislativo de sentimientos. Es como acabar con las palabras padre y madre y sustituirlas ambas por progenitor, cuando por ejemplo, unos padres de adopción pueden ser padres de un hijo adoptado, y del que no han sido progenitores. De hecho, padres, e hijos adoptados, tienen ante la ley los mismos derechos y deberes que si su relación fuera de sangre. Pero también es como cuando a algunos se llenan la boca hablando de la “madre patria” y luego se burlan del concepto “matria” que con penosa argumentación ha sacado a la palestra la ministra podemita –o lo que sea- Yolanda Díaz.

¿Qué es sino la matria, la madre patria? Es como cuando el Estatuto de Andalucía nos reconoce como una “realidad nacional” ¿y qué otra cosa que una nación es una realidad nacional?

Al igual que el tite es algo distinto al tito y a la tita y nada tiene que ver con la transexualidad, la matria no es sustitutivo de la patria, es diferente.

Lo curioso aquí es que quienes defienden lo femenino frente a lo feminista como si fuesen trincheras en las que tienes que decir ubicarte, quienes defienden esa feminidad fundamentada en la capacidad engendradora de la mujer, niegan el concepto de la matria como la tierra que te ha parido, aquella en la que has visto la luz.

El problema es que la ministra Díaz intenta convertir el concepto matria en una alternativa al de patria, en una batalla más en la guerra de sexos, y se equivoca tanto como quienes asumen ese mismo planteamiento para rechazarlo.

Antes he mencionado la expresión madre patria, pero es que además –y quizá se entienda mejor- es similar a cuando dice “patria chica”, pues esa es la matria. Aunque para algunos, esa “patria chica” se más grande que la “patria grande”, y amen más a esa matria que a la patria.

El tite, que al final se ha sentado a comerse un bollicao bajo la sombrilla, también tiene matria.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia" y de "Más allá del cementerio azul".

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