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HOY HACE 60 AÑOS

Las bombas de Palomares: Plutonio, voley-playa y lápices con goma

Las bombas de Palomares: Plutonio, voley-playa y lápices con goma
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Francisco Laynez, autor del libro 'Las bombas de Palomares 60 años después' revela en una entrevista detalles inéditos sobre los personajes, mitos y leyendas que rodearon el suceso y advierte de que el poder destructivo de la carga era 300 veces superior a la bomba de Hiroshima

Por Rafael M. Martos
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directornoticiasdealmeriacom/8/8/26
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sábado 17 de enero de 2026, 06:00h
Última actualización: sábado 17 de enero de 2026, 08:59h
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El médico Francisco Laynez ha presentado "Las bombas de Palomares, 60 años después" en el programa El Debate de 7TV Almería, coincidiendo con el aniversario del accidente nuclear que marcó para siempre la historia de la provincia de Almería. En una crónica detallada sobre los hechos acontecidos en la pedanía de Cuevas del Almanzora, Laynez ha querido desmarcarse de los enfoques técnicos habituales para centrar su investigación en el impacto humano. El autor sostiene que el libro, editado por la Universidad de Almería y que está a la venta en cualquier librería de la provincia, aporta una visión renovada sobre los protagonistas del suceso, desde las figuras políticas hasta los vecinos del pueblo llano, bajo un subtítulo que define el espíritu de la obra: personaje, mito y leyenda.

Durante la entrevista, Laynez ha recordado que el accidente se produjo durante un reabastecimiento de combustible en vuelo entre un avión nodriza procedente de la base de Morón y un bombardero estadounidense. El choque, provocado según informes oficiales por una maniobra del piloto del bombardero, liberó 35.000 litros de combustible y cuatro bombas termonucleares sobre la vertical de la desembocadura del río Almanzora. "El poder de las bombas que cayeron en Palomares era 300 veces el poder de la bomba atómica que lanzaron sobre Hiroshima", ha advertido el médico, señalando que se trataba de bombas H, mucho más potentes que las convencionales. Según su análisis, de no haber funcionado los sistemas de seguridad, el 90% de la vida en un radio de 100 kilómetros habría desaparecido y gran parte del sur del Estado español sería hoy una zona inhabitable.

Uno de los capítulos más destacados de esta crónica es la historia de Francisco Orts, conocido mundialmente como Paco el de la bomba. Laynez relata cómo este pescador, que presenció el accidente mientras faenaba, fue la pieza clave para localizar el artefacto que cayó al mar. "Paco el catalán dejó de ser Paco el catalán y se convirtió en Paco el de la bomba tras intentar rescatar lo que él creía que era un cuerpo", ha explicado el autor. El pescador guio a los militares estadounidenses mediante un sistema de triangulación visual basado en las chimeneas mineras y las montañas de la costa. A pesar del escepticismo inicial de los ingenieros norteamericanos, que contaban con un despliegue de 40 buques de guerra, tuvieron que claudicar ante la precisión del almeriense de adopción, quien les llevó exactamente al punto de hallazgo.

Evolución de las afiliaciones a los principales regímenes

El libro también profundiza en el icónico baño de Manuel Fraga, entonces ministro del régimen, para desmentir las leyendas que situaban el evento en Mojácar. Laynez ha confirmado que el baño se produjo efectivamente en Palomares, basándose en testimonios presenciales como el de la periodista almeriense Áurea Martínez. Sin embargo, el autor apunta que el secretismo oficial alimentó la desconfianza: "A la gente de Palomares no se le permitió acercarse al baño y al no permitirse pues han creado una serie de leyendas". Esta falta de transparencia por parte de las instituciones, que priorizaron no molestar a los militares norteamericanos para facilitar el acercamiento diplomático del gobierno de Franco con los Estados Unidos, ha sido una constante en la gestión de la crisis.

La crónica recupera además figuras menos conocidas pero fundamentales, como Eddie Foley, jefe de atrezo de la película Lawrence de Arabia, quien capturó la única fotografía existente del momento exacto de la explosión en el aire. También se destaca la figura de Tito del Amo, periodista que, al igual que Foley, quedó tan cautivado por la provincia que fijó su residencia en Mojácar de forma permanente. Laynez subraya el papel de la Guardia Civil como la primera autoridad en llegar al lugar apenas diez minutos después del estruendo, bajo el mando del capitán Calín, mucho antes de que los efectivos estadounidenses y los militares españoles se hicieran con el control total de la zona acordonada.

El autor ha lamentado que, a pesar del tiempo transcurrido, la sociedad almeriense aún no sea plenamente consciente de la magnitud del riesgo que se corrió. Como médico con experiencia en el Hospital de la Inmaculada, centro de referencia para la zona, Laynez ha constatado que incluso entre el personal sanitario los conocimientos se limitaban a menudo a la anécdota del baño de Fraga. Con esta obra, la Universidad de Almería cubre un vacío bibliográfico en la provincia sobre un suceso que, según el autor, se ha intentado tapar como un secreto durante décadas, dejando una huella de incertidumbre sobre la salud y el territorio que aún hoy genera interés internacional.

A pesar del transcurso de sesenta años desde que las bombas termonucleares cayeran sobre la provincia de Almería, las consecuencias en el suelo y en la salud de los habitantes de Palomares siguen siendo una herida abierta que trasciende lo meramente histórico. En la entrevista concedida a El Debate de 7TV Almería, el doctor Francisco Laynez ha detallado el funcionamiento del Proyecto Indalo, un programa de colaboración entre el Estado español y los Estados Unidos destinado a estudiar los efectos de la radiactividad. Según el facultativo, de las cuatro bombas, dos sufrieron roturas que liberaron plutonio: «No hubo explosión, yo esta situación siempre me gusta compararla con una bombona de butano, si una bombona la dejamos abierta hay una liberación y una situación peligrosa, pero si la bombona explota la situación es mucho más peligrosa. Aquí hubo una liberación de plutonio, ese plutonio se mezcló con el aire, formó un gas tóxico y se quedó en el suelo».

La gestión de la crisis por parte de las autoridades estadounidenses ha sido duramente cuestionada por Laynez, quien califica la actitud de Washington como alejada del altruismo. El autor ha revelado que el ideólogo del plan fue el doctor Lanhan, conocido como «Mr. Plutonio», un científico que años antes había llegado a inyectar esta sustancia en vena a pacientes sin su consentimiento. «Hay quien dice, probablemente con gran parte de verdad, de que con Palomares se hizo una especie de conejillo de Indias, se hizo un estudio prolongado para ver los efectos del plutonio sobre el ser humano», ha afirmado el médico. Según su investigación, lo lógico habría sido evacuar a la población de inmediato, pero «se dejó a la gente, en teoría, para no estigmatizarlo, con lo cual si se hubiera quitado aquello y se hubiera limpiado, no estaría estigmatizado Palomares como desgraciadamente sigue estando porque sigue habiendo plutonio ahí».

Durante décadas, los habitantes fueron sometidos a revisiones anuales en Madrid donde se les realizaban análisis de sangre y orina sin que se les entregaran los resultados detallados ni acceso a su historia clínica. «Iban a Madrid, les hacían su análisis, pero después volvían a casa y no les daban ninguna información, lo máximo que un enfermero les decía era: las cosas están bien, no se preocupe usted, ya está», relata Laynez. En este sentido, ha destacado la lucha de Antonia Flores, antigua alcaldesa pedánea, quien batalló para que los afectados pudieran conocer su verdadero estado de salud. Actualmente, el riesgo persiste si se remueve la tierra o en días de fuerte viento, lo que podría generar aerosoles tóxicos, motivo por el cual existen zonas valladas. «Los Estados Unidos son los que moralmente están obligados a limpiar Palomares, pero se fueron. Han pasado doce presidentes y los doce han hecho lo mismo por limpiar Palomares, que es nada», ha sentenciado el autor.

Para el médico, la limpieza definitiva de la zona se enfrenta a obstáculos logísticos y económicos de difícil solución. «Limpiar Palomares costaría entre dos y tres años, ¿y qué población soporta que durante ese tiempo salgan imágenes de hombres con escafandras, con monos y guantes? ¿Cómo venden después los tomates o las sandías que se han cultivado allí?», se pregunta Laynez, señalando el conflicto de intereses entre la descontaminación y el sustento de la comarca. Además, advierte que España carece de infraestructuras para los residuos: «En España no hay ningún cementerio nuclear que pudiera acoger este tipo de residuos; hay únicamente uno en El Cabril, pero no es capaz de acogerlos por la calidad, porque son sustancias muy peligrosas».

La crónica de aquellos días también dejó anécdotas sobre la «invasión» cultural que supuso la llegada de los militares norteamericanos a una Almería rural. Los habitantes quedaron impactados al ver, por primera vez, a personas de raza negra o inventos desconocidos en la zona. «Me decía uno de mis pacientes: yo nunca había visto un lápiz con una gomita al final, eso en España no existía», explica Laynez. Como curiosidad histórica, el autor sitúa en la playa de Quitapallejo el origen de un deporte ahora muy popular en la provincia: «Allí pusieron una zona de esparcimiento para sus militares y empezaron a jugar al voley playa. Fue el primer sitio de España donde se jugó». No obstante, tras estas curiosidades, Laynez concluye con una advertencia sobre la salud pública: «El plutonio tiene una vida media de 24.200 años. Si no quitamos ese estigma, ahí va a seguir siempre. Se dice que no se ha observado ninguna patología, pero no lo pueden negar categóricamente porque no se ha hecho un estudio epidemiológico serio». Cabría concluir que ojos que no ven, corazón que no siente.

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