Hay personajes que, sin quererlo, se convierten en una fuente inagotable de material para el periodismo de opinión. Y no, no hablo de los que hacen las cosas bien, sino de aquellos que, en su afán por aparentar lo que no son, nos regalan titulares y reflexiones tan absurdas como necesarias. Y en esa galería de la impostura, el venezolano Nicolás Maduro se está labrando un lugar de honor, casi a la altura de las figuras de cera del Museo de Madame Tussaud, pero con menos gracia y más peligro.
La última joya que nos ha llegado a través de los informativos es su aparición con una chaqueta de camuflaje, una especie de casaca militar con insignias en el cuello. Una indumentaria que, para cualquier persona con dos dedos de frente, resultaría ridícula, especialmente si, como es su caso, la historia demuestra que la milicia nunca fue su campo de juego. Este nuevo atuendo se suma a la colección de disfraces que el líder bolivariano ha ido coleccionando a lo largo de los años, demostrando que la coherencia es un concepto que no figura en su diccionario.
No es la primera vez que se pone un uniforme militar. Ya lo hizo en otra ocasión, provocando una ola de críticas incluso en su propio país, donde le recordaron que, para ser un supuesto "soldado de la patria", se necesita algo más que un traje. Es la típica manía del que presume de lo que carece. Él, que no es militar, se viste de militar. Él, que no es deportista, se pone el chándal de la selección venezolana, aunque sus formas y su físico demuestren que la única competición que conoce es la de la mesa de un banquete. Es la vieja máxima del "dime de qué presumes y te diré de lo que careces".
Y aquí es donde el chiste se convierte en drama. Porque la misma lógica se aplica a las palabras grandilocuentes que pronuncia. Si presume de demócrata, es porque no lo es. Si se autoproclama líder, es porque en el fondo sabe que es un vulgar dictador. Un dictador que, como algún día se demostrará, es una marioneta en manos de otros mucho más listos que él.
En el fondo, la vestimenta de Maduro es una metáfora perfecta de su régimen: un intento desesperado de disfrazar la tiranía con ropajes de democracia, de esconder la debilidad con la fuerza, y de suplir la falta de liderazgo con la impostura. Un espectáculo tragicómico que nos debería recordar, a todos, que la autenticidad es un valor que no se puede comprar en una sastrería. Y que, por mucho que se vista de héroe, un dictador siempre será un dictador.