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Mamá cuentame la historia de esta plaza

martes 04 de febrero de 2020, 10:19h

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Mamá, cuéntame otra vez ese cuento tan bonito de lo que llaman democracia. Los maestros me explicaron que se basa en la soberanía del pueblo, en el derecho a decidir y a controlar a sus gobernantes. Que bajo esa forma de organizarse todos sus miembros son libres e iguales y que se establecen maneras de participación para legitimar las decisiones colectivas.

Cuéntame como para conseguir que todos seamos libres e iguales ante la ley se consensuó la Constitución donde se recogen los derechos y obligaciones de cada uno de nosotros. La importancia de no hacer nada que vaya contra ella, y la necesidad de protegerla, incluso con la vida, de los interesados ataques de aquellos que quieren recortar libertades, proponiendo leyes y normas que benefician a unos pocos.

Mamá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita de cómo todos en el mundo se unieron para luchar contra el Cambio Climático. Cuando toda la sociedad, nosotros en el colegio, salíamos a plantar árboles, a retirar bastoncillos y toallitas de nuestras playas, donde declarábamos la emergencia climática para trabajar todos unidos, donde nos enseñaban a reciclar.

Háblame de aquellos bonitos consejos que nos daban en las clases de historia sobre importancia de conocerla para no repetirla, de conservar nuestro patrimonio cultural y etnográfico, de honrar a nuestros héroes, de proteger los monumentos que nos recuerdan de dónde venimos y a donde queremos dirigirnos.

Mamá, cuéntame otra vez la historia de esta plaza que en su día no entendí muy bien por todos esos cuentos que nos enseñaban los maestros, a los que a más de uno habría que haberle recordado que a los niños y niñas hay cosas que ellos no deben tratar de explicar, que para eso están los padres, que velan para convertirlos en hombres y mujeres de provecho.

Cuéntame mamá, la inteligencia de aquellos lucidos dirigentes para percatarse de los sucios intereses políticos que escondían aquellas 117 alegaciones con las que pretendían frenar el progreso de la ciudad, la remodelación de la plaza. Me gusta escuchar como supieron reconocer los infundados argumentos con los que justificaban sus gritos. Me hace sentir orgullosa la valentía de como, sabiendo que iban contra los principios básicos de la democracia, ningunearon, ridiculizaron y coartaron su derecho a ser escuchados. Estuvo bien que ni siquiera le contestaran a sus escritos, así aprenderían la lección de que no se puede hacer perder el tiempo a los lideres que trabajan por el bien de todos. Pero eran tan idealistas, siempre pidiendo que se cumpliesen las leyes, que se honrase la Constitución, que seguro no supieron entenderlo. Si hubiesen aprendido que una cosas es lo que se dice y otra es lo que se hace hubiese sido más fácil para todos.

Cuéntame como aquellos sagaces dirigentes supieron explicarles a la sociedad que aunque el cambio climático era una amenaza y el mundo entero estaba trabajando para mitigarlo y adaptarse a él, era importante arrancar todos los viejos árboles que estaban destrozando todo. Fue una gran estrategia de distracción la de declarar la emergencia climática el mismo día que aprobaban la retirada de los ficus, o diseñar la preciosa campaña donde incluían bichos de plástico para reducir su consumo, o publicitar que limpiarían las ramblas de los residuos que no se sabían gestionar e insistir en los medios que estaban construyendo una ciudad más sostenible.

Cuéntame esa parte en la que prometieron que trasladarían el monumento sin dañarlo, y que para ellos era fundamental conservar en la memoria popular el simbolismo de libertad y justicia que representaban los coloraos. Fue quizás el mayor golpe de efecto, porque mientras defendían una cosa, lanzaban el subliminal mensaje de que libres solo son ellos y que la justicia no es igual para todos.

Mamá, cuéntame otra vez, la clarividencia que tuvieron para saber que a los niños no les gustaría jugar en el centro de la plaza y que se refugiarían cerca de los soportales para protegerse del sol, bajo los toldos. Algunos dirán que es por la ausencia de los árboles, pero esos son los que viven anclados en el pasado, los idealistas, los perdedores, pero es que no saben reconocer que la visión de futuro es lo que hace que unos políticos sean recordados para siempre y otros se pierdan en el olvido.

Mamá cuéntame otra vez por qué nadie recuerda tu nombre.

Moises Palmero Aranda

Natural de El Ejido, Almería. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Almería. Desarrolla su trabajo en el mundo de la Educación Ambiental desde la Asociación El árbol de las piruletas, donde ha utilizado la literatura como una herramienta más de sensibilización. Es autor y narrador de cuentos infantiles, entre los que destaca El árbol de las Piruletas y Un delfín entre las estrellas (próxima publicación) Secretos en el Sendero, nueve relatos de misterio donde se mezcla literatura, senderismo y geocaching, es su primera publicación en solitario. 32 motivos para no dormir; Pasos en la oscuridad; Taller de cuentos; 12 caricias; 13 muertes sin piedad; Ángel de nieve; Ulises en la isla de Wight; Crímenes callejeros; El oasis de los miedos; Letras para el camino, El mar, la mar, Relatos Velezanos V son algunas antologías donde aparecen sus relatos. Colabora en Candil Radio con los programas “La mirada del delfín viajero” y “Letras de Esparto”. En radio UAL dirige y presenta el programa de entrevistas Radio Ecocampus. También ha hecho sus pinitos en el mundo del cortometraje con El hombre y la flor. Otra oportunidad y su guión “Residuos” fue el ganador del I Concurso de guiones para cortometrajes “Carboneras Literaria”. Socio fundador de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto.