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María nos pide paciencia
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(Foto: Cibeles AI)

María nos pide paciencia

Por Juan Torrijos Arribas
sábado 10 de enero de 2026, 06:00h
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La alcaldesa de la ciudad de Almería, María del Mar Vázquez, parece haberse unido al grupo de esos políticos aficionados a la cosa epistolar, a los que les gusta mandar cartas a sus ciudadanos llenas de palabras bonitas, ampulosas, y en las que la esperanza siempre está presente. Son misivas llenas de amor, de compresión y de fidelidad. Cierto que no ha llegado doña María del Mar al extremo del presidente del gobierno, el enamorado Pedro Sánchez, ella no se ha tenido que ir cinco días a reflexionar, esconderse en los infinitos salones de la nueva casa consistorial, para reflexionar sobre lo que nos tenía que contar en las hermosas cuartillas blancas, y que ha llenado de su amor por nosotros.

Hermosa aventura la epistolar. Recuerdo mis primeras cartas de amor, aquellas que iban dedicadas a los amores de juventud, escritas en las noches de luna, unas veces llena ante nuestros ojos, en otras no la mirabas. ¡Cuántos nombres, cuantas ilusiones en aquellas cuartillas, e imagino que alguna falta de ortografía! En la de la alcaldesa ni una, falta de ortografía, se entiende, y alguna petición. Sobre todo, una: Paciencia. En los amores, María, si algo no se tiene es paciencia. El amor es urgencia, prisa, necesidad. Te mueres por dentro, te enfadas si no la tienes, te molesta si está con otro, y la buscas, la persigues y la acosas hasta que la encuentras. Se entendieron los cinco días de Pedro. Estaba tan enamorado el hombre que todos nos pusimos en su pellejo (que mal suena lo de pellejo), y le perdonamos los cinco días de asueto ante aquella demostración de amor ante su siempre amada Begoña.

No es el caso de María, la alcaldesa. No nos habla de amores, correspondidos o no, de sueños oníricos o no, nos habla de obras. No nos solicita paciencia ante el amor, nos cuenta historias de cementos, de losas, de flores y de trabajos que no llegan a ese final que todos andan esperando. Se está perdiendo la poesía, el relato onírico de la vida, las misivas en las que predomina ese sentimiento al que algunos le siguen llamando amor. Hoy todo es follar, sin mirar con quien, cómo y dónde. Y cuando se nos anuncia carta de una dama, y creemos, oh, don Juanes, que del amor de nuestra Ines del alma mía se trata nos llevamos el desengaño de nuestras vidas, aquella doña Inés de nuestros sueños y desvelos lo único que viene a decirnos es que el cemento no fragua con la rapidez que a ella le hubiera gustado, que las losas del Paseo se ensucian demasiado y que los parterres o huertos de vecinos que jalonan la vía principal vienen siendo objetos de pisadas de los ciudadanos, y de cagadas y meadas de los canes.

Qué desilusión. Se ha perdido el amor. Lo epistolar ha quedado para algo tan vulgar como contarte que el cemento no fragua con la suficiente fuerza y rapidez. Hemos perdido la ocasión de saber si la alcaldesa está enamorada del amor. Por lo leído solo le interesa el material de obra que luce en el Paseo. ¿No estás enamorada, María? Con lo bello, grande, y hermoso que es el amor. Pedro si lo estaba tras aquellos cinco días y su hermosa epístola llena de amor eterno.