Tres nombres han copado parte del tiempo informativo esta semana, generando un pandemonio cuyo eco durará mucho tiempo. Tres historias diferentes, pero que tienen el mismo trasfondo: la sensación de poder absoluto de sus protagonistas, que se creen por encima del bien y del mal, de las leyes y el sentido común. A esta tríada le sumo a Ramón, un matón de patio de colegio que viene a demostrarme que el dinero no es lo único determinante para sentirse impune.
Lo que convierte a todo ser humano en un autócrata de manual es la seguridad de que sus actos no tendrán consecuencias o que, si las hay, llegarán tarde o habrá merecido la pena. Por tanto, soy de la idea, que no del convencimiento, de que todos al nacer llevamos en nuestros genes al ángel y al demonio, y que es la educación, los valores de la época, la sociedad y la familia en la que nos toca vivir, las normas y leyes que nos rodean y nuestras propias circunstancias y decisiones las que determinan en qué persona nos terminamos convirtiendo.
Permítanme que les cuente la historia de Ramón, porque a mí es la que más me preocupa, por él y por todos sus compañeros y maestros, que a mi juicio son las víctimas directas e indirectas, el resto de la sociedad. El chaval está en quinto de primaria, así que andará por 10-11 años. Su físico y su fuerza son muy superiores al resto de sus compañeros y su falta de escrúpulos, a veces, mucho más. Es un chaval inteligente, noble y muy capaz de hacer lo que se proponga cuando los temas que se tratan le interesan, pero cuando no es así, que es la mayoría de las veces, desconecta, se cierra en banda y es un auténtico incordio, por decirlo de manera suave.
Mientras fue más pequeño, esa falta de disciplina y la superioridad moral con la que viene de casa se iban controlando porque veía en los maestros, en la dirección y en las normas una autoridad a la que respetar porque podían imponerle castigos que no le gustaban. Pero al crecer, al descubrir que las palabras, herramientas y amenazas del sistema no sirven de nada, que su comportamiento no tiene consecuencias importantes, salvo un parte o una expulsión que en su casa no van a castigar, ni siquiera afear, se siente el gallo del gallinero.
Los compañeros que lo sufren no pueden hacer nada salvo intentar evitarlo, porque cuando se quejan a los maestros de sus abusos, estos, por desgracia, no pueden hacer nada, porque el sistema, las leyes y la sociedad les han quitado los recursos, la autoridad, el respeto, el estatus que siempre tuvieron y los han convertido en cuidadores, mediadores, para que sus padres puedan ir a trabajar. Hasta que ocurre una catástrofe y se pone algún parche.
No crean que el caso de Ramón es único; en cada colegio hay varios como él, y los demás niños saben, y se llenan la boca con sus derechos, pero no con sus deberes y las consecuencias de saltarse las normas sociales de convivencia. La culpa no es de ellos, evidentemente; está en las casas, en los padres que nos hemos convertido, en la sociedad que hemos construido, que nos separa, nos individualiza y nos hace creer que somos únicos y especiales, rompiendo los lazos comunales, vecinales, de la tribu que nos protege y que debemos ayudar a proteger.
Trump, como Ramón, sabe que el resto del mundo no hará nada si decide invadir Groenlandia. Y no lo haremos porque sabemos que una confrontación militar contra EE.UU. conllevaría una nueva guerra mundial, y las personas civilizadas, las que tenemos memoria y respeto por la vida y los derechos de los demás, no queremos ni oír hablar de ello, porque sabemos que perdemos todos.
Al final se negociará con él y conseguirá los beneficios que quiere para su país, como ha hecho en Venezuela. Ante un matón envalentonado, sin escrúpulos, que te amenaza con la fuerza y las armas, poco se puede hacer, porque las consecuencias son catastróficas, como estamos viendo en Ucrania y Palestina, y hemos leído cientos de veces en los libros de historia.
Florentino le quitó la autoridad a Xabi delante de niñatos a los que hemos encumbrado por darle patadas a un balón, al igual que a Julio Iglesias, que lo convertimos en un semidiós solo por cantar bien. Dos ejemplos más de que cuando crees que los que pueden hacer algo contra ti no lo harán, te sientes intocable y se desata lo peor que llevamos dentro, saltándote leyes y principios básicos de convivencia y respeto.
El mundo está lleno de matones; la pregunta es qué hacer con ellos.