La política internacional siempre ha tenido ese aire de partida de ajedrez en el que los grandes maestros mueven piezas con guantes de seda. Sin embargo, en pleno marzo de 2026, el tablero parece más bien la barra de un bar del Zapillo a las tres de la mañana, donde la diplomacia ha sido sustituida por el "cuñadismo" de alto nivel y la peligrosa doctrina del "sujétame el cubata".
No paerce que estemos ante mentes privilegiadas trazando el destino de la humanidad, sino ante una competición de a ver quién la tiene más larga —la ojiva nuclear, se entiende— mientras el resto del mundo asiste al espectáculo con la misma cara de póker que se le queda a un agricultor del Poniente cuando le hablan de la Agenda 2030.
El gran animador de este cotillón geopolítico es, cómo no, Donald Trump. El hombre que prometió encerrarse en casa para arreglar los goteras de Estados Unidos ha decidido que el aislacionismo era demasiado aburrido. Tras el episodio de Nicolás Maduro en Venezuela, donde la estrategia de "secuestro exprés" parece haber sentado un precedente, Donald Trump ha mirado hacia Oriente Medio y ha soltado un nuevor "sujétame el cubata". Y es que nos lo imaginamos... "¿Que no soy capaz de echar a todos los inmigrantes a tiros?... Sujétame el cubata, que voy...", y eso antes de escucharle algo similar con capturar al venezolano, o incluso humillar a María Corina Machado y a Edmundo González.
Alguien debió de decirle que no era capaz de meterse con Ali Khamenei, y el resultado lo vimos el pasado 1 de marzo con el inicio de ataques masivos. Lo más fascinante es el argumento: ahora resulta que el programa nuclear de Irán es una amenaza inminente, a pesar de que el propio Donald Trump presumió de haberlo pulverizado en los bombardeos de junio de 2025. O nos están tomando el pelo o la memoria del inquilino de la Casa Blanca tiene menos recorrido que una balsa en el Puerto de Almería.
Puede que detrás de todo eso haya un elaborado plan geopolítico, pero de momento Trump ha sido incapaz de verbalizaro, y mira que verbalizar, verbaliza a diario. Pero de los motivos por los que actúa contra Venezuela y no contra Cuba, ni idea, o de por qué contra Irán y no contra Arabai Saudí que también es otra dictadura islámica, nada. De por qué no apoya a Ucrania, que es una democracia, y sí a Rusia, que no lo es, pues tampoco.
Pero no se crean que el espectáculo es solo estadounidense. En Europa, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, también ha querido entrar en el juego de los valientes. En un alarde de "mírame y no me toques", ha anunciado que duplicará el gasto militar para 2030, con una inversión adicional de 36.000 millones de euros, bajo la premisa de que "para ser libres hay que ser temidos".
Mientras tanto, en el Estado español, el presidente Pedro Sánchez ha decidido que su particular "sujétame el cubata" consiste en plantarle cara al rubio de Washington. "¿Que no le digo yo que no a Trump...? Sujétame el cubata que voy".
¿Ha pensado Sánchez en las consecuencias de su actitud? Conste que creo que es una postura correcta, pero incluso en esos casos, y ante el cuñadismo internacional, hay que medir mucho mejor la posición propia para evitar lamentos posteriores.
La situación es, cuanto menos, delicada. Donald Trump ya se puso serio tras acusar a Pedro Sánchez de no cumplir con el compromiso de gasto en defensa, que en esta nueva era parece haber mutado hacia un 5% del PIB inalcanzable. Ahora volvemos a las andadas, y es que ni Pedro Sánchez ha asumido la realidad de que la respuesta debe darse desde la Unión Europea en conjunto, y Trump tampoco ha entendido que la UE funciona unida en cuestiones comerciales.
Insisto, la pregunta que surge desde la perspectiva de esta provincia, que vive de exportar lo que crece bajo el plástico, es si alguien ha medido de verdad las consecuencias de esta actitud beligerante. Porque está muy bien eso de no amedrentarse ante el matón del instituto, pero conviene tener un plan B que no consista simplemente en esperar a que la tormenta amaine mientras nuestras exportaciones se quedan varadas, o los insumos suban tanto de precio que nos quedemos sin nada que exportar.
Lo de Irán es el ejemplo perfecto de esta falta de profundidad. El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, y el propio primer ministro de Israel aseguran que estos ataques son para "liberar al pueblo iraní". Hay que tener un cuajo de dimensiones bíblicas para vender un bombardeo como un acto de caridad cristiana. Es el cuñadismo elevado a la enésima potencia: entrar en una casa ajena, romperlo todo y luego preguntar dónde está el mando de la tele porque ahora mandamos nosotros. No hay un plan para el "día después", solo la satisfacción momentánea de haber ganado la apuesta en la barra del bar internacional.
Vivimos en la era de la geopolítica del "no hay huevos". Un mundo donde las decisiones se toman por impulsos, por egos heridos y por la necesidad de demostrar una fuerza que, a menudo, solo sirve para ocultar una preocupante falta de ideas. Todo se resume en esa frase que retumba en los despachos de Washington, París y Madrid antes de cada desastre: "Sujétame el cubata, que vas a ver cómo se arregla esto".