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Una bandera grande, hermosa y libre
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Una bandera grande, hermosa y libre

sábado 25 de abril de 2026, 11:14h
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Almería vive una fase de gigantismo textil. La última entrega de esta competición por medir el orgullo nacional en metros cuadrados se alza a la entrada del puerto: una enseña de 96 metros cuadrados sobre un mástil que roza los 25 metros de altura. Empuja el horizonte hacia afuera, como si la identidad necesitara ser recordada a golpe de escala.

Lo curioso no es ya el viejo choque entre bloques, sino la guerra de banderas desatada en el seno de la propia derecha. Impera una aritmética perversa: cuanto más enorme es el paño, más puro el patriotismo. Como si el afecto a la tierra pudiera medirse en superficie y ruido, en tela tensada contra el levante.

Vaya por delante que uno ama la bandera de su país; precisamente por eso duele verla convertida en objeto de fiebre urbanística. Ahí está la del puerto, la de la Estación, la de la autovía del aeropuerto y la entrada del Cabo de Gata. Cuatro banderas grandes, hermosas y libres. Con una bastaba. La repetición no refuerza la identidad: la desgasta. Cuando necesita ser invocada en cada acceso, quizá es que ya no se sostiene sola. Y entonces llega la liturgia: bandera en alto y aplauso obligado.

Frente a esa identidad de cartón piedra, conviene rescatar el sano patriotismo, el de Pío Baroja, aquel que se definía como “patriota a su modo”. Un modo discreto, casi silencioso, más cercano a la mirada que al mástil. En Almería lo encarnaron quienes entendieron la tierra sin necesidad de subrayarla: desde la dignidad cromática de Carlos Pérez Siquier hasta la palabra de Agustín Gómez Arcos. Una estirpe de creadores —como Cecilio Paniagua, Carmen de Burgos, José Ángel Valente o Manuel Falces— que hicieron de esta tierra una forma de mirada, no un emblema. No la explicaron: la dejaron aparecer.

Todos fueron patriotas del escalofrío: ese que brota al ver la línea de la costa tras un largo viaje, la emoción desnuda que no requiere himnos ni telas que ocupen el paisaje.

En la era de internet y la globalidad, Baroja ya advertía: “¿cómo se puede ser nacionalista en un lugar que un aeroplano cruza en cinco minutos?”. El verdadero patriotismo es un tejido invisible de afectos, cultura y memoria. No necesita exhibición, sino continuidad. No es una bandera que golpea el aire para marcar territorio, sino algo que se lleva sin necesidad de mostrarse porque esta ciudad necesita más de quienes callan, crean y sienten, y menos de quienes creen que subir una bandera a 25 metros de altura es lo mismo que sostener un país.