El nombre de al Andalus nunca, jamás definió a toda la península. Ni al Emirato. Ni al Califato. Ni a «la zona dominada por los “moros”». La sola utilización de este término denuncia la insana intención del invento. Porque la adjudicación del vocablo a alguna de las zonas mencionadas, por sí sólo define a quienes gratuitamente inventaron ese uso. Define, en definitiva, el interés de algunos historiadores por minimizar el carácter, la historia y la cultura de Andalucía, como forma de diluirla en una unidad teóricamente superior, de la que Andalucía por fuerza tendría que ser dependiente. Aunque existan quienes de buena fe lo hayan creído y aceptado «como un descubrimiento».
Es hora de dejar las cosas claras y desenmascarar a cuantos continúan dispuestos a menospreciar Andalucía y lo andaluz, amalgamando y falseando la realidad histórica.
Para entenderlo debemos retroceder en la Historia, porque sin conocer el pasado es imposible comprender ningún tiempo posterior. El Emirato dividió Hispania en cuatro provincias: al Garb (el oeste), al Musata (la parte norte y central), al Xarq (el Levante) y al Ándalus. El monosílabo «al» es el artículo. El nombre es la palabra definitoria. Se da la «casualidad» que los griegos definieron el sur de la península ibérica como «lugar del agua», y situaron en él, el Jardín de las Hespérides. La raíz fonética de lugar del agua es ATL, sufijo que a su vez, dio lugar al nombre de Atlántida. Por eso Platón en sus diálogos Critias y Timeo se basó en la pérdida de Tartessos y la idealizaron como el hundimiento de un Continente en el Oceáno. Se ha llegado a creer que la Atlántida lleva ese nombre por haberse situado en el Océano Atlántico, pero la realidad dice lo contrario. En cuanto a la cultura siria, reino helénico a la que con demasiada ligereza se califica como «árabe», Ándalus es la traducción literal de Atlántida, que ya hemos visto definió a una zona algo mayor que la posterior provincia Bética, zona muy próxima a la máxima extensión de Tartessos y a la línea de la «h» aspirada.
Otra prueba de la imposibilidad de que «al Ándalus» pudiera referirse a la mayor o menor parte de la península, es que según se ha podido comprobar en monedas de la época, los califas se definieron a sí mismos como «Rex Hispaniæ», término que los godos jamás utilizaron. Por el contrario, desde Atanagildo hasta Rodrigo, todos se auto titularon «rey del reino godo de Toledo», —como antes se habían titulado «del reino godo de Tolosa»—reconociendo así su carácter de invasores. Pese a ello, oficialmente siguen siendo considerados primeros reyes de España, y todos tienen su estatua en la Plaza de Oriente, incluido Ataúlfo, quien no llegó a cruzar los Pirineos.
Llamar Alándalus, error gramatical incluido, a toda la zona emiral o califal, podría ser un error, si no fuera simplemente como ha quedado probado, un burdo intento, uno más, de arrinconar Andalucía. De orillarla, de negar su importancia histórica y social, porque de esta forma ni siquiera tendría nombre propio, ya que se lo debería a España. Una entidad jurídica y política inexistente hasta el siglo XVIII. Hay quienes argumentan que Murcia no es Andalucía pero sí es Alándalus, precisamente ahí hay otra clave de montaje tan burdo: Murcia es provincia desde la distribución administrativa de 1834, igual que las otras cuarenta y nueve. Pero durante la época andalusí, claro que fue al Ándalus. Siempre estuvo dentro de la línea de la «h» aspirada que, alcanzaba desde Olissipo (Lisboa) hasta Orihuela (hoy incluida en la provincia de Alicante). El reino de Murcia formó parte del sevillano de al Mutamid, por herencia; también Badajoz está dentro de esa línea, por eso en ambos lugares se habla prácticamente igual que en Andalucía y se canta flamenco. Esa hermandad se ha mantenido en el tiempo pese al intento disgregador de la reina gobernadora y el ministro Javier de Burgos.
Es conveniente ir conociendo y asumiendo, que el término al Ándalus corresponde expresamente a Andalucía, aunque también pueden considerarse parte de la definición y del territorio definido, los territorios de los reinos de Badajoz y Murcia con Orihuela y los perdidos por el de Jaén en el nuevo reparto de 1834, adjudicados por decreto a la provincia administrativa de Ciudad Real.