Para quienes habitamos en esta periferia llamada Almería, acostumbrados a que el viento de Poniente nos despeje las ideas, resulta fascinante observar el fenómeno clínico que ocurre en el centro geográfico peninsular. Parece existir un patógeno desconocido en los pasillos del Palacio de la Moncloa que afecta exclusivamente al nervio óptico y a la memoria episódica de sus inquilinos. No es ceguera, ni es alzheimer; es una suerte de "amnesia institucional selectiva" que se activa en cuanto un subordinado decide que los fondos públicos son, en realidad, un buffet libre.
El último episodio de este drama médico lo ha protagonizado Mariano Rajoy en el marco del juicio por la denominada Operación Kitchen. Según el expresidente del Gobierno del Estado, él no sabía nada. Nada de nada. Resulta que alguien capaz de coordinar los designios de un país ignore que su tesorero, un tal Luis Bárcenas —que no pasaba por allí a por tabaco, sino que fue gerente, senador y guardián de las esencias contables del Partido Popular—, tenía acumulados 48 millones de euros en cuentas suizas. Al parecer, en el universo de Mariano Rajoy, descubrir que tu hombre de confianza tiene una fortuna oculta es un evento tan sorpresivo como que llueva en el desierto de Tabernas.
Pero la ironía alcanza su cénit cuando se aborda la Operación Kitchen. Sostiene el expresidente que aquel despliegue de agentes y recursos para, presuntamente, sustraer información comprometedora a Luis Bárcenas, fue una iniciativa espontánea de unos cuantos policías con exceso de celo. Ni su ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ni su secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, le comentaron el asunto entre café y café. Es admirable la autonomía de gestión que tenían estos cargos: montaban operativos de espionaje a gran escala mientras el jefe del Gobierno, probablemente, estaba muy ocupado leyendo el 'Marca' o decidiendo si el sentido común era un concepto metafísico. Y ojo, resulta que lo hacían en el "suyo beneficio".
Sin embargo, no seamos injustos con el registrador de la propiedad; esta discapacidad sensorial es un requisito sine qua non para ostentar la presidencia en el España. Si echamos la vista atrás, nos encontramos con el histórico Felipe González, quien tampoco se enteró de que bajo su mando se gestaban los GAL. Es curioso que el presidente no percibiera el olor a pólvora cuando su propio ministro de Interior —el virgitano y, por tanto, paisano nuestro, José Barrionuevo— y el secretario de Estado, Rafael Vera, terminaron condenados por el secuestro de Segundo Marey. En la provincia de Almería sabemos que si alguien de Berja se mete en un lío, se entera hasta el último vecino de la Alpujarra, pero en Madrid las paredes de los ministerios deben de ser de un plomo aislante prodigioso.
La tradición continuó con José María Aznar, un hombre de mirada firme pero, por lo visto, de visión periférica nula. No detectó que su vicepresidente económico y "milagro" personificado, Rodrigo Rato, estaba ocupado en menesteres que acabarían con sus huesos en prisión por el caso de las tarjetas 'black'. Y si buscamos en la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero, aunque su talante le impidiera ver nubarrones económicos, también tuvo que lidiar con la sombra de casos como el de los ERE en la Comunidad Autónoma de Andalucía, donde figuras como Manuel Chaves, presidente del PSOE y de la Junta de Andalucía, estaba metido hasta arriba en el fraude de los ERE..
Y así llegamos a la actualidad, donde Pedro Sánchez eleva esta tradición a la categoría de arte contemporáneo. Resulta asombroso que el actual presidente del Gobierno del Estado no tuviera ni la más remota sospecha de las andanzas de su otrora todopoderoso secretario de organización y ministro, José Luis Ábalos, o de que el asistente de este, un tal Koldo García, estuviera presuntamente haciendo el agosto en mitad de una pandemia. Tampoco parece que Santos Cerdán, el actual número tres y hombre fuerte del partido, notara nada extraño en el comportamiento de sus colaboradores más cercanos. No, tampoco sabía lo de su mujer, ni lo de su hermano. Sin lugar a dudas es muy preocupante su estado de salud.
La conclusión es evidente: el sillón presidencial no es un puesto de mando, es una campana de vacío. Ser presidente exige desarrollar la capacidad de no ver al que tienes sentado a tu derecha y de olvidar el nombre de quien te financia las campañas. Quizá sea el aire de la meseta o el exceso de moqueta, pero es un alivio saber que, mientras en la provincia de Almería nos desvelamos por si llega o no el AVE, nuestros líderes disfrutan de esa paz espiritual que solo otorga la ignorancia absoluta de lo que ocurre en su propio despacho. No es que nos mientan; es que padecen un trastorno de la percepción que les impide ver lo evidente. Y ante una patología tan severa, lo único que cabe es la compasión... o una buena carcajada.