Lo que vivimos el jueves en el debate organizado por la Mesa del Ferrocarril con la vista puesta en las urnas del próximo 17 de mayo no fue una contienda política al uso, sino más bien un ejercicio de hipnosis colectiva. Me sorprendó observar cómo, en esta provincia olvidada sistemáticamente por el Estado, hemos pasado del "AVE o nada" al "bueno, al menos estamos viendo las obras". El gran titular que dejó el encuentro no fue una promesa rutilante, sino un silencio atronador: la Alta Velocidad ha dejado de ser un arma arrojadiza. Se ha normalizado tanto el retraso que ya ni siquiera cotiza en la bolsa del reproche electoral.
Es digno de estudio que ninguna formación, ni siquiera las que hacen de la confrontación su bandera, sacara a relucir la hemeroteca del Partido Socialista. Hubiera sido sencillo recordar que nos prometieron el tren para 2026 (la penúltima), luego para 2027 y que ahora, con las licitaciones actuales de Adif en la mano —esas que se estiran en el calendario—, cualquier mente mínimamente analítica sabe que no brindaremos con cava de Laujar en la estación hasta 2029 o 2030. Es por eso que Juan Francisco Colomina, representante del PSOE, salió del debate con la ropa impecable. Nadie quiso recordarle que la puntualidad ferroviaria de su Gobierno se parece demasiado a la de un reloj de arena en medio de un vendaval.
Lo verdaderamente disruptivo llegó de la mano de Pablo Venzal. El parlamentario del Partido Popular decidió que era buena idea llevar la realidad a un debate electoral, una maniobra de riesgo extremo que suele penalizar en votos tanto como gratifica a la lógica. Venzal actuó como el invitado que recuerda que la fiesta hay que pagarla mientras los demás están pidiendo otra ronda de canapés. Puso sobre la mesa la salud financiera de Renfe Operadora y Adif Alta Velocidad, entes que arrastran deudas que harían palidecer a cualquier consejo de administración mínimamente serio. Su "baño de realidad" fue especialmente hiriente para los amantes de la ciencia ficción infraestructural: ante la ocurrencia de algunos de plantar vías en las medianas de las autovías, Venzal tiró de normativa de seguridad y de servidumbres legales para explicar que un tren no es un Scalextric que se monta donde a uno le sobra un metro de asfalto. Queda por ver si el votante de esta provincia prefiere la crudeza de los datos técnicos o el dulce aroma de los proyectos imposibles que nunca salen del papel.
En el otro extremo del tablero, la izquierda buscó el cuerpo a cuerpo con el Gobierno andaluz del PP. María Jesús Amate, por parte de Por Andalucía, y Diego Crespo, representando a Adelante Andalucía, recordaron un detalle que a veces parece borrarse de la memoria de San Telmo: el Estatuto de Autonomía de Andalucía otorga competencias exclusivas a la Junta en materia de ferrocarriles que discurran íntegramente por territorio andaluz. Es decir, que los Cercanías que tanto anhelamos para vertebrar la provincia no son solo una carta a los Reyes Magos dirigida a Madrid, sino una obligación estatutaria que el Gobierno andaluz prefiere ignorar mientras mira de reojo al Estado. Si el Partido Popular sostiene, como dice Venzal, que los Cercanías están bien, pero que su implementación en Almería es complicada, debería asumir que la Junta de Andalucía no quiera acometerlos, o poner sobre la mesa el proyecto y buscar financiación como los catalanes.
El debate nos dejó un escenario paradójico. Por un lado, el PP que se refugia en la contabilidad para justificar no impulsar ciertas inversiones como las relativas a los Cercanías; por otro, una izquierda que apela a un Estatuto que nadie parece tener prisa por cumplir; y en medio, un PSOE que sobrevive gracias a que los demás han aceptado que, si hay excavadoras en el tramo de Lorca, ya no hace falta pedir explicaciones por los años de mentiras.
Pero para paradoja, lo del Puerto-Ciudad. Después de décadas pidiendo su realización, ahora la izquierda dice que no, que mejor barcos cargados de graneles, que cruceros con turistas; mejor vallas y alambradas, que espacios abiertos al ocio ciudadano.
En Almería hemos alcanzado ese grado de madurez —o de cansancio— en el que ya no pedimos la luna, nos conformamos con que los políticos no se rían demasiado fuerte mientras nos explican por qué el tren sigue siendo ese objeto lejano que solo vemos en los anuncios de televisión.