El panorama político se está deslizando por una pendiente tan pronunciada que ya no sabemos si estamos en un debate institucional o en la barra de un local de dudosa reputación a las tres de la madrugada. Si alguien pensaba que el estilo de Podemos había tocado techo en eso de convertir la esfera pública en un vertedero, Vox ha llegado para demostrar que siempre se puede cavar un poco más hondo. La formación, que presume de representar el orden, se ha revelado como la heredera más aventajada de las formas que antaño criticaba, aunque con un matiz: han sustituido la dialéctica de asamblea por el insulto de taberna mal iluminada.
Basta con asomarse a lo sucedido en el reciente debate de Canal Sur entre los candidatos de la provincia al Parlamento de Andalucía para las elecciones del próximo 17 de mayo. Rodrigo Alonso, cabeza de lista de Vox por Almería, no necesitó ni tres minutos para fijar el nivel del intercambio. En su primera intervención, sin solución de continuidad y con una ligereza pasmosa, tachó de "criminales" a los representantes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de "estafadores" a los del Partido Popular (PP). No sé si llegó a ofrecer alguna propuesta más o menos sensata más allá de la "prioridad nacional" convertida en bálsamo de Fierabrás, porque apagué tras esa intervención. Les reconozco que entre noticiasdealmeria.com y 7TV Almería estoy demasiado ocupado como para perder el tiempo en chorradas.
Este estilo no es un accidente, sino una estrategia de marca del populismo ultraderechista (escuchen a Trump o a Milei, y a Orban cuando era Orban... la única que se escapa un poco, tal vez porque no se la oye mucho, es Meloni). Un día antes, el mitin celebrado en Roquetas de Mar fue un despliegue de descalificaciones y desprecios que confirman que la política ha dimitido de la elegancia. Es casi enternecedor recordar ahora a Alfonso Guerra, aquel vicesecretario general del PSOE y vicepresidente del Gobierno con Felipe González, que elevó el insulto a la categoría de arte menor. Sus ataques, cargados de una ironía afilada y originalidad, obligaban al adversario a pensar. Lo de hoy es mucho más rudimentario. Escuchar epítetos de grueso calibre desde un atril ante miles de personas, sin el más mínimo pudor, solo deja una pregunta en el aire: ¿es que realmente no tienen nada más que ofrecer a los almerienses? Ah... sí, enfrentar a una mitad contra la otra mitad.
Resulta especialmente chirriante que este despliegue de grosería se ampare bajo el eslogan del "sentido común". Fue Albert Einstein quien sentenció que el sentido común no es más que la acumulación de prejuicios adquiridos antes de los dieciocho años. Vox parece haberse tomado la frase de Einstein como un manual de instrucciones: han decidido que su política consista en agitar esos prejuicios, culpando sistemáticamente a colectivos concretos de todos los males posibles, especialmente a quienes vienen de fuera a buscarse la vida en nuestros invernaderos. Y eso, se han quedado en una adolescencia no superada.
El desprecio al diferente y el insulto barriobajero como eje central de la campaña solo consiguen que cualquier persona con un mínimo de templanza se refracte de la vida pública. Convertir Andalucía en un escenario de gritos no va a solucionar los problemas de la provincia, pero parece que, para algunos, es mucho más sencillo insultar al presidente del Gobierno de España o al de Andalucía, que redactar un programa electoral que no parezca escrito en una servilleta tras cuatro copas de más.