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Europa ya no mira para otro lado
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Europa ya no mira para otro lado

jueves 14 de mayo de 2026, 12:51h
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Inmigración sin control, integración fallida y tensiones crecientes


El marino parece algo sombrío y comenta:

—La inmigración es un tema poliédrico que no se resuelve con recetas fáciles, discursos apocalípticos o mirando para otro lado. Necesita ser afrontado en profundidad, anticipación y planificación, porque la inmigración ilegal es una parte del debate, pero ahí no se acaba el problema.

Se impone el pacto de Estado sin demagogias, porque estamos ante una situación en la que lo grave no es solamente cuántos llegan, sino en lo que podrá ocurrir cuando una parte de esa inmigración que llega de sur no asuma leyes, reglas y costumbres del país.

La UE está en el control de fronteras, cuotas y regularizaciones, aunque la raíz profunda del problema es la integración y, en especial, de las sucesivas generaciones de jóvenes musulmanes. Francia es el caso paradigmático, pero esto alcanza a Bélgica, Alemania, Suecia, Dinamarca, Países Bajos o Reino Unido. Jóvenes nacidos en Europa, educados en escuelas europeas que no creen en los principios básicos democráticos y la prevalencia de las leyes sobre la religión.

El Instituto Francés de Opinión Pública (IFOP), en su informe de 2025, señala que un 59 % de los musulmanes franceses quieren que se aplique la sharía, el 67 % creen que el islam debe prevalecer sobre las leyes francesas —de esos, el 57 % menores de 35 años— y advierte del avance del integrismo religioso entre los jóvenes.

Un salto cualitativo que nos debería llevar a la reflexión y preocupación de cara al futuro.

La joven profesora apunta:

—No se puede cuestionar la libertad religiosa, un principio irrenunciable en una democracia y la fe pertenece al ámbito íntimo y personal, pero las leyes y el Estado de derecho son preeminentes. Lo contrario es una quiebra de los principios básicos para la convivencia en democracia.

El Islam radical, es un problema gravísimo —aunque algunos lo consideran controvertible y políticamente incorrecto—, porque no distingue entre religión, derecho y organización social.

El integrismo no afecta a todos los musulmanes, porque hay millones que practican un islam moderado, respetan las leyes, trabajan, educan a sus hijos, progresan y forman parte de comunidad manteniendo sus costumbres.

Minimizar, negar la evidencia es cerrar los ojos ante lo que ocurrirá en España, en la próxima generación, como ha ocurrido en Francia, con barrios convertidos en guetos, problemas en las escuelas —rechazo de contenidos educativos, penetración islamista en las aulas, presión sobre los profesores o de armonización entre las diferentes nacionalidades—, con conflictos en la convivencia, con la policía y la pérdida de la autoridad institucional. Esto acaba produciendo una fractura profunda de difícil solución.

El viejo marino interviene:

—Las aulas son un buen termómetro, porque si la educación no transmite igualdad, libertad de conciencia, libertad de expresión, la separación religión y Estado, siempre bajo el respeto a la ley, la integración es una ficción.

No se trata de entregar documentos de residencia, sino crear ciudadanos, integrados, respetuosos con el país que los acoge y sus leyes. La experiencia, en la UE, nos demuestra lo contrario.

Francia legisla —Séparatisme islamiste, Islam politique, Repli communautaire—, pero el gobierno de coalición socialdemócrata de Dinamarca, desde 2021, limitó la concentración de inmigrantes, no comunitarios, al 14 % por barrios, condicionó ayudas al trabajo y la firma de un compromiso de integración, Países Bajos ha endurecido la integración cívica obligatoria. Suecia debate restringir la financiación exterior vinculada al extremismo religioso. Austria ha aumentado el endurecimiento de fronteras y deportaciones rápidas. Italia legisla contra el «separatismo islámico» y la prohibición del burka en espacios públicos o Alemania, la que antes propiciaba la inmigración, ahora intensifica deportaciones de los considerados peligrosos.

La profesora añade:

España, ingenuamente, cree estar en una fase distinta, con propaganda, tópicos y relatos populistas, pero es imprudente pensar que todo eso no nos va a afectar.

La inmigración irregular, la concentración territorial, el fracaso escolar, el paro juvenil, la falta de integración lingüística o laboral son los ingredientes que cocinan un plato de muy difícil digestión que, mal combinados, se nos indigestarán. Entonces ya no habrá remedio.

No anticiparse, no tomar medidas prácticas, con inteligencia y pensando en los intereses de España, —como ya están tomando otros países de la UE—, nos puede obligar a acabar pagando un alto precio y en un futuro cercano.

España se enfrenta a un tema poliédrico, con muchas caras y aristas, porque el problema no está, solamente en el control en la entrada, sino también en los costes sociales, demográficos, económicos y los correspondientes desajustes en la cohesión social y su integración.

Puede que se necesite inmigración —también son escasos los estudios rigurosos que analicen el fenómeno—, pero la solución no es mirar para otro lado o hagamos como los avestruces. Aunque se meta la cabeza en el suelo no conseguiremos escondernos.

El viejo marino remata:

—Sólo se me ocurre un refrán: «Cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas remojar», mientras miremos el horizonte marino para, como Doménico Modugno, creer que estamos en la lontananza