Hay pocas verdades tan universales como el hecho de que Madrid deja grandes recuerdos a quien la pisa. Es una gran urbe, cosmopolita, ruidosa y, para qué negarlo, sumamente cómoda si se dispone de un buen sueldo público. El problema no es disfrutar de la capital del Estado; el problema es cuando basas toda tu carrera política en jurar que estás allí de paso, a disgusto, deseando hacer las maletas para volver a tu tierra emancipada, y terminas mimetizándote con el paisaje de la carrera de San Jerónimo como si fueras un león más de las Cortes.
Conviene hacer memoria y revisar las videotecas. Hubo un tiempo en que Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso de los Diputados, aseguraba con total rotundidad que su estancia en Madrid sería corta. Exactamente, prometió que en dieciocho meses dejaría su escaño para regresar a una Cataluña independiente. De aquella profecía han pasado ya casi diez años, y el coche oficial sigue teniendo las mismas coordenadas en el navegador. Se ve que al calor del escaño se le coge un gusto extraordinario.
El idilio de Gabriel Rufián con las bondades madrileñas se confirmó del todo tras su particular baño de realidad en la política local. Le forzarón a presentarse como candidato a las elecciones municipales de mayo de 2023 en su ciudad, Santa Coloma de Gramenet. El resultado no fue precisamente para tirar cohetes: la socialista Nuria Parlon barrió con una holgada mayoría absoluta de 17 concejales, dejando a la candidatura de ERC con apenas 4 representantes. Ante la cruda perspectiva de tener que picar piedra en la oposición municipal, el líder independentista renunció discretamente a su acta de concejal a principios de 2025. Resulta mucho más estimulante, dónde va a parar, la primera línea parlamentaria de un Estado del que reniega, pero que le proporciona una plataforma mediática inigualable para su ego personal.
Ahora, con un giro de guion que roza la genialidad performativa, Gabriel Rufián se dedica a pasear por los salones madrileños su última ocurrencia: liderar o apadrinar una candidatura de "izquierda plurinacional" de cara a las próximas elecciones generales. Pretende vender la moto de un frente amplio que aglutine a soberanistas, nacionalistas, regionalistas y localistas de toda condición. Sin embargo, este repentino amor por la periferia suena a maniobra desesperada de consumo interno. En las filas de su propio partido, Esquerra Republicana, las aguas bajan revueltas y no todos comparten sus ansias de protagonismo estatal. No sería descabellado pensar que esta sobreexposición mediática busca forzar a su organización a mantenerlo en un puesto de salida en las listas al Congreso. El objetivo, al fin y al cabo, es no tener que abandonar la capital.
El problema de este invento de la izquierda plurinacional es que los intereses económicos y las balanzas fiscales de los territorios rara vez se solucionan con retórica de clase obrera. Una cosa son las personas y otra, muy distinta, los privilegios territoriales. Los frutos de los pactos de ERC con el Gobierno de Pedro Sánchez para asegurar su estabilidad en el Estado —con amnistías a medida e indultos exprés para los líderes del procés— son percibidos desde el sur como agravios flagrantes.
La reacción a ese desequilibrio territorial se ha medido hace apenas unos días en las urnas. En las elecciones autonómicas andaluzas celebradas el pasado 17 de mayo de 2026, la formación Adelante Andalucía, liderada por José Ignacio García, ha experimentado un notable ascenso, pasando de 2 a 8 diputados en el Parlamento Andaluz. Gran parte de este castigo al bloque gubernamental se explica por el hartazgo de una ciudadanía andaluz que ve cómo el Gobierno concede prebendas singulares a Cataluña mientras aquí se cronifican las carencias en infraestructuras y financiación. El propio José Ignacio García ya ha dejado claro que rechaza de plano la vía de Gabriel Rufián, asumiendo el mandato del 17 de mayo para llevar una voz andaluza propia al Congreso, lejos de los salones de Madrid.
¿Cuál será el modelo de financiación que defienda esa "izquierda plurinacional" de Rufián? Esa es la clave.
La asimetría jurídica en el Estado penaliza siempre a los mismos. Mientras los líderes independentistas catalanes pasean amnistiados gracias a su peso aritmético en Madrid, los nacionalistas andaluces históricos jamás gozaron de ese "cariño" de los tribunales. Cabe recordar el caso de Pedro Pacheco, emblemático alcalde de Jerez de la Frontera y referente del andalucismo, que cumplió condena íntegra en prisión y salió en tercer grado sin atisbo de indulto ni amnistía, por delitos que, comparados con la malversación de fondos públicos del proceso soberanista, resultan objetivamente menores. Lo mismo ocurre con los sindicalistas del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), cuyos problemas judiciales jamás entraron en la agenda de ninguna mesa de negociación estatal. No formaban parte del club selecto.
Por todo ello, que Gabriel Rufián pretenda erigirse ahora en el aglutinador de las izquierdas periféricas suena a chiste de mal gusto. Las performances parlamentarias y los discursos ingeniosos en las redes sociales ya no ocultan la realidad: los intereses de Cataluña y los de Andalucía, en el reparto de la tarta estatal, son contrapuestos. El modelo de financiación que interesa a ellos, nos perjudica, y la condonación de la deuda que les les beneficia, a nosotros lo hace en mucha menor medida.
A estas alturas, la pregunta que queda en el aire es puramente logística. Gabriel Rufián, ¿a qué esperas para cumplir tu palabra y volver? Con lo bien que se vive en Barcelona, es una lástima que te empeñes en sufrir la dura vida madrileña.