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Rastros o estelas

Rastros o estelas
Por Angel Rodríguez Fernández
domingo 28 de junio de 2026, 10:41h
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Cuando era alumno de enseñanzas medias, en mi caso el BUP, un amigo me dijo que su profesor de Literatura solía empezar alguna de sus clases con el poema de Machado «Caminante, no hay camino» («Proverbios y cantares», XXIX). A mí, por entonces, me pareció una idea llena de fantasía, buenas intenciones y dotada de un contenido filosófico digno de ser compartido. Pasaron los años y no voy a decir que crucé la tarima, porque, en pro de la confraternización entre alumnado y profesorado, se eliminó. Al mismo tiempo, se perjudicó tanto fonética como visualmente la comunicación entre ambos.

Y, aunque mi especialidad no fue la literaria, sino la matemática, no me importó y durante muchos años he empezado los cursos escribiendo estos versos en la pizarra. De entre ellos me interesan especialmente aquellos que dicen: «Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar». Que los caminos no sean indelebles líneas, marcas inquebrantables, sino todo lo contrario: la leve estela que deja un barco en la mar.

Contaba el señor Máximo Huerta, antes periodista, luego ministro y ahora entrañable librero, que, en el momento de su cese, el presidente miró al infinito a través de una ventana y le espetó:

—¿Qué crees que la historia dirá sobre mí?

Mientras tanto, el pobre Máximo digería un cese que le cayó con solo unos días en el ministerio. Cosas de los próceres de la patria.

Rastros, estelas, marcas que unos más que otros deseamos dejar, si no para la eternidad, al menos durante un ratito. Krahe, ese irónico cantautor, seguidor del francés Georges Brassens, nos dejó en una de sus canciones la idea de que «no espero un cielo o un infierno; lo más, confío en que seré algo eterno gracias al cromosoma», ese rastro genético que, sin pedir permiso, legamos a nuestros hijos. Más allá de eso, poco más confiaba el brillante cantautor sobre la eternidad. Tuvimos la suerte de verlo en el Aula de Cultura de Cajamar, en el edificio de Las Mariposas, hace ya unos años.

En mi quehacer profesional nos marcan, o al menos grabamos sus nombres en lo más profundo de nuestra psique, aquellos alumnos que más trabajo nos han dado. Aún recuerdo los nombres de aquellas primeras generaciones que tuve la suerte de enseñar. En cambio, los alumnos más brillantes, menos complicados en la convivencia y que, a veces, cruzan el agónico trance de la vergüenza cuando nos saludan, les sonreímos, sabemos quiénes son, pero hemos olvidado sus nombres. Así es y así lo confieso, no sin vergüenza.

A menudo buscamos un rastro literario o audiovisual; algo que merezca la pena no olvidar y que no olvidemos. Los hay que dicen que leen mucho o que ven mucho cine. Tal vez deberían cambiar más a menudo de libro o de película y abrirse a nuevas tendencias artísticas.

Describía el gran Luis Carandell, en su libro Celtiberia Show, la inscripción de una lápida, de las muchas que recogió en ese libro, dedicada a una niña que murió prematuramente y en la que sus padres le dedicaban estas palabras: «Qué pronto empezaste a darnos problemas».

Rastros, estelas. Los hay que han pasado por la vida como un barco; otros, sobre el caballo de Atila; y los más, dejando pisadas que el viento, ese gran antólogo del que hablaba León Felipe, en una o dos generaciones se ha llevado.

Las historias que en familia hemos contado de nuestros abuelos tratan, inútilmente, de guardar del viento a aquellos seres que hemos querido o que tanto nos quisieron.