Desde hace un tiempo vengo encontrando en mi teléfono mensajes anónimos; también en el correo electrónico. Ninguno discutía una idea: todos parecían más interesados en desacreditar a quien la escribía.
Cuando los leí —ya no los leo— pensé que, quizá, el verdadero aprendizaje de un columnista no consiste en aprender a escribir, sino en aprender a convivir con la intemperie.
Fue entonces cuando recordé a los estoicos. Hacerse amigo de uno mismo era uno de sus pilares. Aquella escuela griega del siglo III a. C. defendía una idea tan sencilla como exigente: no podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor; sí podemos gobernar lo que pensamos sobre ello. La serenidad no consistía en negar el conflicto, sino en impedir que el conflicto terminara gobernándonos.
Durante un tiempo seguí llevando aquellos mensajes conmigo mucho después de apagar el teléfono. No estaban ya en la pantalla; estaban en mi cabeza. Entendí entonces que el anonimato solo vence cuando consigue instalarse en nuestro pensamiento. No podía impedir que escribieran aquellos mensajes; sí podía decidir que dejaran de escribirme por dentro. El día que les negué ese privilegio, recuperé una libertad que ningún insulto podía arrebatarme.
Hoy llegan de vez en cuando. La diferencia es que ya no los leo. No porque me haya vuelto indiferente, sino porque aprendí que abrir un mensaje anónimo también puede ser una forma de entregar el gobierno de mi ánimo.
Comprendí entonces que aquello no era una excepción, sino un riesgo inherente al oficio. Raúl del Pozo definió una vez el columnismo como un género peligroso. “Obliga a tomar partido, a poner nombre a las cosas y a caminar sobre una actualidad que siempre quema”. Y es cierto que en este afán los enemigos brotan con facilidad casi botánica.
Epicteto lo resumió mejor que nadie: “No nos afecta lo que sucede, sino lo que pensamos sobre lo que sucede”. Blindar el ánimo frente a la zafiedad y al ruido ya no es un lujo, sino una forma de higiene. Cada vez que se me publica una columna sé que habrá lectores que discrepen, y eso forma parte del pacto. Lo preocupante empieza cuando el argumento desaparece y es sustituido por el anonimato o el insulto. No es solo una experiencia personal; es el síntoma de una conversación pública.
Escribir con intención tampoco consiste en señalar primero las heridas ajenas, sino en revisar las propias. Si a estas alturas de mi vida he conseguido desprenderme del miedo al qué dirán, el resto pierde parte de su poder. Al apagar las luces y cerrar las redes solo queda una pregunta: si he escrito aquello que de verdad creía justo. Eso es lo único que importa.
Mi madre, maestra de escuela formada durante la República, nunca entendió la enseñanza como un ejercicio de autoridad, sino de conciencia. Quizá por eso escribir sigue siendo, para mí, una conversación silenciosa con ella y conmigo mismo.
Al final, habitar la intemperie es también una forma de buscar refugio para otros; al otro lado de este ruido quedan lectores que necesitan saber que la honestidad sigue siendo un puerto posible. Es mejor dormir con un enemigo fuera que con un traidor dentro.