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Almería, a golpe de pádel
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Almería, a golpe de pádel

martes 22 de septiembre de 2026, 17:39h
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A las diez y media de la noche, en Almería, todavía quedan rectángulos de luz blanca encendidos. Desde lejos parecen ventanas que alguien hubiera dejado iluminadas, pero son pistas de pádel: veinte metros de largo por diez de ancho, cuatro jugadores y una pelota de color amarillo fosforito que va y viene como si tuviera un asunto pendiente. Almería se ha inventado otra noche. No la de los edificios iluminados ni la de los coches cruzando las avenidas, sino la de esos rectángulos blancos que siguen encendidos cuando la ciudad ya empieza casi a recogerse y bajar la persiana. Hace unos años apenas reparaba en ellas. Ahora las encuentro casi sin querer.

Al principio pensé que era una moda más, de esas que llegan con la fuerza de una conversación nueva y desaparecen cuando aparece la siguiente. Me equivocaba. El pádel ha ido ocupando gimnasios, urbanizaciones e instalaciones públicas hasta convertirse en una escena habitual de la ciudad. Hay pistas que se reservan con días de antelación y jugadores que organizan una partida desde el teléfono en pocos minutos. No es solo que el pádel esté de moda, es que mirando sus pistas se entiende cómo hemos cambiado la forma de gastarnos las tardes aquí, en Almería.

Adela es mediadora y ayuda a resolver conflictos entre partes. Antes entrenaba en el gimnasio con sus amigas. “Una tarde, mientras tomábamos una cerveza en el quiosco de las Almadrabillas, decidimos probar el pádel”, me cuenta. Mientras habla, se recoge el pelo, ajusta los cordones y escribe en WhatsApp: “¿Salimos?”. Tres compañeras la esperan en una pista cercana. Coge la mochila y sale. Durante ese rato, el trabajo y las obligaciones domésticas quedan fuera.

Hace dos décadas, el pádel era casi marginal en la ciudad. En las pistas se ve hoy a un público mucho más diverso: mujeres, jóvenes, niños y jubilados.

Hace diez años todo era al aire libre, aguantando levante y calor. Ahora casi todo se ha metido bajo techo, a la sombra. Ya no hay que llamar: desde el móvil coges pista y hora en dos minutos. Si falta uno, la app te busca un desconocido para completar. La pantalla no ha roto el quedarnos; nos ha cambiado el modo de citarnos. Antes insistías al teléfono; hoy deslizas el dedo y ya tienes sitio para esta noche en la pista.

El pádel se escapó de los clubes cerrados y se abrió a la calle. Los pabellones municipales lo han abaratado y entra más gente, pero no es igual en todos lados. Según el barrio, si tienes un privado cerca o no, y según la hora libre que te quede, jugar en Almería sigue siendo distinto para unos que para otros. El precio, la lista de espera y dónde te cae la pista terminan partiendo la ciudad en dos.

Cuanto más miro esas pistas, más curioso me resulta el asunto. Tenemos el ocio metido en el teléfono y, sin embargo, para jugar al pádel hay que hacer lo de siempre: quedar, llegar y pasar hora y media con otras tres personas. Al final, para desconectar del móvil, el móvil también sirve para quedar.

Pero esa manera de llenar la tarde también ocupa sitio. En la Vega de Acá, La Goleta o Nueva Almería, donde algunas pistas quedan junto a las viviendas, el golpe de la pelota contra la pala y el cristal puede convertirse en una presencia diaria. “A partir de las diez, el ruido llega hasta las viviendas”, explica Alfredo, un vecino de la avenida Adolfo Suárez. No ocurre igual en los grandes complejos, alejados de las viviendas y con medidas de aislamiento acústico. Cuando el pádel sale del club y entra en la zona residencial, deja de ser solamente una actividad privada: se convierte también en una cuestión de convivencia.

Adela termina, se seca la frente y comprueba el móvil. Durante el partido aparecen los gestos habituales: una compañera que anima, un reproche después de un fallo y una bola que se da por buena sin discutir. El trabajo y las tareas de casa han quedado fuera durante un rato. Adela es una jugadora más.

Dentro, cuatro jugadores siguen alargando la tarde. Fuera, alguien mira el reloj. Para unos, la pista es un lugar de encuentro; para otros, una fuente de ruido que llega hasta sus viviendas. Y mientras unos golpean, otros cuentan los minutos.

Y yo, que observo desde fuera, sigo sin entender por qué esas bolas son de amarillo fosforito.