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Pablo Iglesias no tiene quién le quiera

martes 14 de julio de 2020, 15:52h

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Mucho macho alfa, mucho macho paternalista, mucho macho azotador, pero al final, Pablo Iglesias no tiene quién le quiera.

Podemos nació con 1.250.000 votos en las elecciones europeas de 2014, en las generales de 2015 se quedó cerca de los 5.200.000… pero con truco, porque en realidad eran la suma de muchos grupos y grupúsculos, en 2016 se unieron a Izquierda Unida que con el nombre de Unidad Popular había alcanzado casi un millón de votos en los comicios anteriores, pero en vez superar los seis millones como tenían previsto, se quedaron 150.000 por debajo del dato de Podemos, en 2019 estaban en 3.732.000, y unos meses después, con la repetición electoral, se dejaron más de 600.000 papeletas por el camino.

Entremedias, Iglesias quedándose solo, por las buenas y por las malas, desprendiéndose de todos aquellos y aquellas que le rodeaban en la fundación de la esperanza que quería teñir de morado los cielos al asalto. Pero no solo ha ocurrido entre los de la foto de Vistalegre, es que también se les han ido despegando socios cual cromos de álbum viejuno, aquellos con los que crearon el espejismo de los cinco millones de votos que nunca fueron suyos.

Ahora Podemos, que en Galicia era En Marea, ha desaparecido mientras que el BNGa solo ha sacado 40.000 votos más, y en el País Vasco han pasado de 11 a 6 perdiendo lo mitad de las papeletas, en Andalucía tampoco existen ya en el Parlamento tras el divorcio amistoso con los de Teresa Rodríguez que por si acaso ya tenía registrado Adelante Andalucía, y en Cataluña la fuerza no la tienen ellos sino sus socios En Común de la alcaldesa de Barcelona, y han perdido también fuelle en Valencia a favor de Compromìs que gobierna con el PSOE la Comunidad, y en definitiva ha ido arrastrando en esta debacle también a aquello que un día se llamó Izquierda Unida, que no ha sacado de todo esto nada más que un cargo para el petimetre Alberto Garzón.

El partido se descalabra inmerso en contradicciones constantes que los suyos perdonan, porque están acostumbrados a hacerlo, porque no tardaron ni un mes en olvidar el programa con que se presentaron a las elecciones europeas, y hacer otro nuevo con cambios esenciales, por eso ahora tragan con la dacha en Galapagar de quien nunca se iría de Vallecas, o la colocación de la pareja en un cargo cuando eso mismo era nepotismo en otros casos, o la insistente crispación que provocan en una sociedad que reclama sosiego para afrontar la crisis sanitaria y económica, o el afán por victimizarse continuamente y a la vez intentar meter miedo a todo el mundo.

He buscado información sobre las elecciones vascas y gallegas en el periódico independiente que ha montado la alumna y exasesora de Pablo Iglesias, militante de Podemos desde su fundación, partido que anima oficialmente a su militancia a financiar, y vaya... solo encuentro un artículo de su directora, Dina Bousselham (sí, la de la tarjeta SIM de la polémica) y sin una mínima autocrítica a la formación derrotada sin paliativos en ambos territorios, ni a su líder, ni a su estrategia... porque "es joven" y por tanto "tiene margen" para crecer. Análisis de lo que es, una politóloga que no ha tenido éxito en la política -no como Irene Montero- y se ha metido a periodista... o a algo que se parece al periodismo como un huevo a una castaña.

El caso es que he estado esperando algún tuit de Pablo Echenique -que tiene el dedo rápido siempre- analizando este asunto y no he visto nada... ni una palabra de cariño para su tocayo, que si cumple lo que promete, pondrá su cargo "a disposición de los inscritos y las inscritas" tras los malos resultados. Aunque lo haga, los inscritos e inscritas que para entonces queden en Podemos, le ratificarán... a él, y a Irene... que el chalet no está pagado todavía.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia" y de "Más allá del cementerio azul".