Sí, ya sé lo del informe PISA y que soy docente, o al menos así firmo mis diatribas. Pero eso habrá que dejarlo para otro día; la infamia apremia.
¿Acaso mis artículos no son de la suficiente enjundia? ¿No soy lo suficientemente claro en mis escritos? ¿Mis redacciones duras, sarcásticas, hirientes pueden pasarse por alto?
¿Acaso el periódico digital «Noticias de Almería» no merece la atención de nuestro Ministerio del Interior, habiéndosela ganado a pulso entre tanto opositor faccioso y rebelde redactor?
¿O es que Almería es de nuevo una provincia olvidada y nuestros llantos y alegrías se la traen al pairo a la capital de España?
Me llevan los demonios desde ayer, que vi cómo entre las tarjetas identificativas de periodistas clasificados por pelotas, medio pelotas y tocapelotas, yo... no estaba.
Otra indignidad del sanchismo, y animo a que todo el periodismo almeriense, díscolo o conformista, no la pase por alto.
¿Qué más se espera de nosotros? ¿Somos invisibles para el Ministerio del Interior? Tanto el columnista pelota como el tocapelotas a algún despistado lector confundirán con sus escritos desde aquí, en el olvidado sureste patrio.
Pero nada, el maldito centralismo solo se proyecta en estas ocasiones, dejándonos a todos fuera de esa lista tarjetil.
Apremio a colegas, pseudocolegas, periodistas, aprendices de periodismo, calumnistas y columnistas a manifestarnos frente a la sede de la Subdelegación del Gobierno. Las pancartas bien pueden ser gigantescas tarjetas amarillas con nuestros nombres y nuestros sesgos, con gritos tales como: «¡Marlaska, desde aquí también lanzamos bulos!», «¡Malditos, os habéis cargado el periodismo de provincias!» y cosas similares. Dejemos también a la improvisación cualquier pareado o simbólica manifestación poética.
Que los poderes públicos elaboren listas y clasifiquen a periodistas es una infamia propia de gobiernos autoritarios para los que están incluidos, pero, sobre todo, para los que no hemos sido incluidos.
Y sí, la mayor parte de los docentes sabíamos lo que hay. Podemos engañarnos al solitario, pero cuando las cartas las reparte Europa se ven las costuras de un sistema educativo producto de los poderes públicos, no de sus trabajadores, que trabaja activamente en aparentar y que olvidó el fin fundamental de la enseñanza, que es aprender algo de alguien.