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Somos la locura enloquecida

domingo 18 de agosto de 2019, 19:13h

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Las motos de agua se han convertido en un grave problema de seguridad y tranquilidad en nuestras playas y a mí solo me viene a la cabeza Moby Dick. Ya sé que mezclar churras y merinas no conlleva ningún beneficio, pero ha coincidido en el tiempo que estuviese releyendo la novela de Herman Melville y presenciase un suceso que favoreciese la relación de ideas.

La semana pasada, frente a la piscifactoría de Aguadulce, tres motos de agua y dos pequeñas embarcaciones con grandes y ruidosos motores persiguieron, acosaron y pusieron en peligro la vida de un grupo de delfines mulares. Evidentemente no pretendían darles caza para obtener el “esperma” tan codiciado en los balleneros del siglo XIX, pero la escena me recordó, salvando las distancias, a la que había leído la noche anterior y que hemos visto en diferentes películas. Por unos segundos vi al Capitán Ahab, a Queequeg y Starbuck, remando en sus balleneras para dar caza a los cachalotes que nadaban libre y pacíficamente. En ambas escenas los participantes debían intuir, adelantarse a los movimientos de los cetáceos para ponerse lo más cerca posible. Unos para lanzar su arpón de manera certera, otros para lograr la foto con la que presumir en sus redes sociales. Ambos grupos poniendo su vida en peligro, unos por dinero, otros por notoriedad.

Si Herman Melville levantase la cabeza preguntaría sorprendido qué es una moto, y luego más fascinado aún exclamaría ¡en el agua!, pero estoy seguro que no se sorprendería demasiado de la relación que se produjo en mi cabeza, porque estará curado de espanto ante tantas hipótesis y explicaciones que se han lanzado de lo que quería transmitir en su novela. Quizás eso sea lo maravilloso de la literatura, que en el mismo texto, en la misma historia, cada uno de nosotros encontramos una simbología diferente.

Moby Dick para muchos es solo una historia de aventuras, fruto de las experiencias como marino, como tripulante de un ballenero, de su autor. Para otros esa es solo la capa superficial bajo la que se esconde un entramado simbólico donde ninguna palabra, o nombre de los personajes, o sus lugares de procedencia, están elegidos al azar. Una historia de venganza, de poder, de rencor, representados en el Capitán Ahab que en un momento de su locura reflexiona: “Lo que he osado, he querido y lo que he querido, haré. Soy la locura enloquecida. ¡Esa locura salvaje que solo tiene serenidad para comprenderse a sí misma”

Esa frase recoge toda nuestra existencia y las motos de agua se han convertido en otro ejemplo más de la necedad del ser humano, que por el solo hecho de poder hacer algo lo hace, sin valorar las consecuencias que conllevará. Con esas palabras del Capitán del Pequod podemos explicar el cambio climático, la violencia de género, el problema de los refugiados o cualquier otra barbaridad de la que hacemos gala a diario en nuestro planeta.

Somos capaces de, por una obsesión, poner la vida de todos en peligro sin importarnos nada, de luchar sabiendo que perderemos, de ponernos a sesenta kilómetros por hora sobre la superficie del agua sin importarnos el daño que podamos hacer. Como le pide Pip al poderoso Dios Blanco cuando asustado por una borrasca se esconde bajo el molinete de proa” ¡Protégenos contra todos los hombres que no tienen corazón para sentir miedo!”

Ante la locura de un hombre solo nos queda la regulación, las normas, y sobre todo, hacer que se cumplan. Ante los inconscientes, los insensatos y los poco cívicos que presumen de hombría sobre las motos de agua, solo nos queda exigir que se cumpla la legislación. No hace falta hacer leyes nuevas, solo necesitamos que se cumplan. No se puede permitir que cualquiera que pague la tarifa pueda alquilar una moto de agua presentando solo el DNI, ni circular a menos de 200 metros de la orilla, ni salir de sus circuitos establecidos sin monitores que controlen la testosterona de los valientes. No hay que esperar hasta pararlos en alta mar, hay que visitar los puertos desde donde salen y comprobar que cumplen con todos los requisitos establecidos por la normativa.

Después, ante la desgracia, con agachar la cabeza y pedir perdón nos bastará, y melancólicamente podremos recitar las palabras con las que termina Moby Dick: “Luego se hundió todo y el enorme sudario del mar siguió fluyendo como había fluido cinco mil años antes”

Moises Palmero Aranda

Natural de El Ejido, Almería. Licenciado en Ciencias Ambientales por la Universidad de Almería. Desarrolla su trabajo en el mundo de la Educación Ambiental desde la Asociación El árbol de las piruletas, donde ha utilizado la literatura como una herramienta más de sensibilización. Es autor y narrador de cuentos infantiles, entre los que destaca El árbol de las Piruletas y Un delfín entre las estrellas (próxima publicación) Secretos en el Sendero, nueve relatos de misterio donde se mezcla literatura, senderismo y geocaching, es su primera publicación en solitario. 32 motivos para no dormir; Pasos en la oscuridad; Taller de cuentos; 12 caricias; 13 muertes sin piedad; Ángel de nieve; Ulises en la isla de Wight; Crímenes callejeros; El oasis de los miedos; Letras para el camino, El mar, la mar, Relatos Velezanos V son algunas antologías donde aparecen sus relatos. Colabora en Candil Radio con los programas “La mirada del delfín viajero” y “Letras de Esparto”. En radio UAL dirige y presenta el programa de entrevistas Radio Ecocampus. También ha hecho sus pinitos en el mundo del cortometraje con El hombre y la flor. Otra oportunidad y su guión “Residuos” fue el ganador del I Concurso de guiones para cortometrajes “Carboneras Literaria”. Socio fundador de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto.