Estos días recordé una conversación que tuve hace ya unos cursos en la sala de profesores con una colega. La sala de profesores era ese lugar mitológico de cuando fuimos alumnos y que, cuando se es docente, pierde toda su mística.
Recién llegado a esta profesión tan vocacional, me fascinaba observar las experiencias de los compañeros más experimentados, y si además estos presumían de un historial gamberro y destroyer, me tenían embobado. Había un compañero de Filosofía, cómo no, que saludaba la entrada del equipo directivo a los claustros con una salva de gases, nada silenciosos, y si en alguna ocasión por eso motivo recibía una reprimenda, miraba a su lado y le decía a su compañero en voz en grito - por esta vez diremos que he sido yo pero aprende a comportarte. Un día en la sala de profesores comentó sus experiencias carcelarias en tiempos del dictador. Me llené de valor y le dije:
—¿En la cárcel por razones políticas?
A lo que respondió lacónicamente:
—No. Por borracho.
Pero esa es otra historia. Volvamos a aquella conversación en la que mi colega mostraba su total rechazo a los radicalismos. Me opuse frontalmente y le cité casos en los que es necesario ser radical: la defensa de los derechos humanos, la lucha contra el racismo y bla, bla, bla, sacando, como siempre sacando las cosas de quicio, cuando todos en la sala entendían que se refería a que desconfiaba de las posturas poco centradas, que estaba a favor de la moderación.
Ahora que la política es radicalmente disparatada me veo buscando la centralidad y, ante eslóganes fáciles y tramposos, abogo por “No al maniqueísmo”.
Se han rescatado las palabras de Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”, dichas en el contexto de un hijo muerto como corresponsal y ante una guerra a todas luces injusta. Conozco el eslogan de sobra, lo he repetido mil veces; la última casi solo cuando Vladimir Putin invadió Ucrania (solo me refiero al grupo donde siempre me he situado a la izquierda del PSOE).
En muchas ocasiones, desde el verano de 2023, me he preguntado cuál sería la posición de Anguita, un hombre honesto que llegó a decir: «Lo único que pido es que midáis a los políticos por lo que hacen, con el ejemplo. Y aunque sea de la extrema derecha, si es un hombre decente y los otros son unos ladrones, votad al de la extrema derecha. Lo manda mi inteligencia de hombre de izquierdas. Votad al honrado, no al ladrón, aunque tenga la hoz y el martillo. Esta es la diferencia de un pueblo inteligente» en la actualidad.
¿Qué diría de la compraventa de amnistías?, ¿de la cesión ante antiguos terroristas? Y, aún con mayor curiosidad, ¿cuál sería su actitud ante corruptos, puteros, nepotismo, el ejercicio patrimonialista de las instituciones públicas y esa lógica de Podemos de cabalgar contradicciones que, a veces, significa callarse ante la tiranía si esta nos subvenciona? Creo que ese caballo Anguita no lo habría cabalgado.
Pero vuelvo al eslogan “No al maniqueísmo”: no a un simplismo falso y mentiroso de buenos y malos; de buenos que lanzan tazas a los malos; de muros; de todo menos que gobiernen los otros. Qué terrible: colgada la democracia de la percha y con el traje de rey puesto. Aun así, son cada vez más los que no se resignan a defender lo éticamente reprobable por lo éticamente peor. Perdida la batalla de la decencia, nuestros políticos entraron hace ya tiempo en el mundo del relativismo.
Y sobre estas líneas que escribo en las que describo el último juego de manos de nuestro gran prestidigitador , su penúltimo truco está cayendo en el BOE : la aplicación “Hodio”. ¿Querrá nuestro gobernante hacerse una autoevaluación? ¿Querrá comprobar si sus estrategias de odio y enfrentamiento están dando resultado? Que pregunte a Óscar Puente, que sabe de eso, ya que puso a todo su ministerio a la búsqueda de afrentas personales por la red.
Por si "Hodio" me tomara por odiador acaso, esgrimo tres cosas: soy docente, me ampara el derecho de cátedra, ¿o no? Fui sindicalista, me ampara la libertad sindical, ¿o no? Y ahora hago casi de periodista —como Jéssica—. Pero, por si acaso, toco madera, como aconsejaba el bueno de Joan Manuel Serrat:
“...Cruza los dedos / Toca madera / No pases por debajo de esa escalera...”