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Antonio Miguel Abellán: “La conquista castellana cambió a peor la vida de los almerienses”
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Antonio Miguel Abellán: “La conquista castellana cambió a peor la vida de los almerienses”

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Una novela histórica recoge el esplendor del puerto de Almería antes de su destrucción por los genoveses y los castellanos amparados por la Cristiandad; y en la que se cuenta el éxodo que parte de “El Valle de las Manzanas” de Córdoba, hasta tierras lejanas en busca de un reino judío. Intriga y aventura, pero con una prolija descripción de la realidad andalusí.

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“El valle de las manzanas” es el título de la nueva novela histórica del sevillano Antonio Miguel Abellán, habitual articulista en prensa escrita y autor también de “Situación de Levante”, con el escenario de la Segunda República Española, así como de “Paréntisis”, “La gran noche”, “Relatos de un momento”, “Reflexiones sobre un ramo de flores” y “El juicio”.

En esta nueva obra, Abellán se va hasta finales del siglo X, y cuenta un éxodo que parte del Valle de las Manzanas, un “hermoso vergel” de la Córdoba califal, y que pasa inexorablemente por el que entonces era el puerto más importante del Mediterráneo, el de Almería, o Pechina.

El autor destaca que “es una novela totalmente histórica, mezclada con personajes de ficción, pero en la que también hay personajes reales, como es el caso del comerciante de esclavos judío, que existió realmente, y el médico personal del Califa, Hasday Ibn Shaprut, un jiennense criado en Córdoba, que también era judío y prácticamente un primer ministro, el hagib, aunque oficialmente no podía serlo por estar reservado ese cargo a musulmanes”. Es precisamente este último su personaje favorito, “desgraciadamente desconocido y que merece ser recuperado”; lo describe como una persona “influyente, de gran cultura” y al que se está dando a conocer en su Jaén natal.

“He intentado reflejar lo que era Al Andalus de las tres culturas, en el que todo no era color de rosa, porque los judíos se sentían bien, pero era muy cuestionable ese bienestar, ya que los musulmanes no les permitían ciertas cosas”, explica el autor, aclarando que “eran protegidos, y tenían que pagar impuestos bastante grandes”. Es precisamente ese afán por abandonar ese “proteccionismo” y vivir en un “reino libre” lo que da pie al inicio de ese largo camino hacia Jazzaria que cuenta la novela.

Pero el historicismo va más allá, ya que en su afán de dibujar el panorama de aquella época, también se anotan referencias de poetas reales, y de la importancia que tenían “hasta el punto de que era habitual que discutieran de poesía en la calle y acabaran a golpes entre ellos”. Se hace un amplísimo recorrido por las costumbres, los usos, y los conocimientos médicos, geográficos y políticos de aquellas fechas, así como sobre el auge de las reliquias y su extendida falsedad, el mundo del comercio de esclavos, eunucos y mercaderías. Al final del libro hay un glosario en el que se explican algunas palabras utilizadas por los personajes.

El lector lo que va a encontrar es un relato de aventuras, de misterio, una trama de intriga, de lealtades y venganzas, con unos personajes a los que toca vivir también los acontecimientos que tienen lugar dentro de los diferentes reinos medievales que construyeron la Europa que conocemos en la actualidad. De aquella división territorial en pequeñas parcelas, pequeños condados, pequeños reinos, pequeños estados, se pasa al Sacro Imperio Romano Germánico, y todo eso mientras los viajeros avanzan por las páginas del libro.

Ibrahim ibn Yaqub, comerciante judío de Tortosa, a través de las comunidades hebreas afincadas en todo el continente, realiza tareas de espionaje en tierras extranjeras para el califa cordobés. El principal contacto del Tortosí ante Abd al-Rahman es Hasday ibn Shaprut, médico personal del califa, quien junto con los rabinos prepara un éxodo secreto de la comunidad mosaica a tierras de Jazzaria, un sorprendente reino judío del norte de Europa.

La referencia al puerto de Pechina –la ciudad que daba cobertura al puerto- es muy destacada, y el autor cuenta que “era el más importante de Al Andalus, allí existían unas atarazanas para reparar y construir barcos para la armada califal”. Era un enclave obligado en las comunicaciones marítimas con el norte de África, que haciendo escala aquí luego podían llegar hasta las Baleares, “Pechina tuvo un papel muy relevante en aquella época”.

Otro dato que abunda en la importancia de este puerto es que “el Califa ordenó amurallar Pechina, por miedo a los ataques de los fatimíes del norte de África”, que también deja claro las relaciones políticas del momento, donde los andalusíes defendían su territorio frente a ataques de otros musulmanes, y en alianza con cristianos y judíos, tanto unos como otros.

Abellán recuerda que Pechina era “una población comercial, de ascendente romano, donde se afincaron romanos, musulmanes y cristianos” y después de aquello, se va quedando relegada en beneficio de Al-Mariyya, abandonando poco a poco su anterior nombre.

Los personajes llegan a este puerto que es presentado al lector contanto que tiene “Una torre vigía, a modo de atalaya, hacía las veces de observatorio y controlaba la intensa actividad de compra venta de productos que se desarrolla­ba en el arrabal del fondeadero, fruto del intenso comercio con las tierras del Magrib, de donde procedía gran parte de los abasteci­mientos comerciales y alimentarios que llegaban a su puerto.”

También detalla en otro momento que por él se introdujo “la exótica madera de sibucao, traída desde la India hasta el puerto de Pechina.” Y claro, ese comercio dejaba su buen dinero “Son naves que están obligadas a pagar impuestos por las mercancías que traen a la ciudad”, cuenta después.

“Dentro de la sólida muralla de piedra, que incluía el arrabal de Bayyana, la Medina contaba con una mezquita mayor, un zoco y una alcaicería, al lado de una larga calle que la atravesaba de Este a Oeste.” lo que hoy conocemos en Almería como la calle Almedina y sus alrededores.

De la lectura del libro se obtiene una visión bastante alejada del Al Andalus que se cuentan en los libros de texto escolares, que aun estando desfasados por las investigaciones históricas, sigue fundamentada en el etnicismo franquista.

Abellán explica que las relaciones a un lado y otro del Mediterráneo “eran muy frecuentes por la proximidad, durante la época visigoda, incluso en la época romana”, y que la llegada de gentes desde Ifriqiya se produce “por la expansión del Islam, pero es que coincidió también con una guerra civil entre visigodos y entraron ayudados por los judíos, como Pedro por su casa, y salvo algún encontronazo con algunos visigodos concretos, se instalaron fácilmente… no fue una invasión… no hubo aversión importante por parte de los hispanorromanos de la época, y eso se ha tergiversado bastante”.

Realmente no hubo Reconquista, simplemente se aprovechó la caída del Califato, el desmoronamiento del esplendor de Al Andalus, los reinos de taifa, y eso lo aprovechan los de norte para venir y apropiarse de todo esto, pero no fue una Reconquista tal y como se entiende en su sentido literal.

Y esa tergiversación de un momento clave de nuestra historia, a otra, ya que “realmente no hubo Reconquista, simplemente se aprovechó la caída del Califato, el desmoronamiento del esplendor de Al Andalus, los reinos de taifa, y eso lo aprovechan los de norte para venir y apropiarse de todo esto, pero no fue una Reconquista tal y como se entiende en su sentido literal”. Abellán señala que por parte de la gente del norte de la Península no existía la idea de re-conquistar lo que ya había sido suyo, sino sencillamente la de conquistar, como lo demostraría “las continuas alianzas entre unos reinos cristianos con otros reinos musulmanes para ir contra otros cristianos, o contra otros musulmanes, la cosa no eran simple de unos contra otros”.

“Almería era un vergel, era una ciudad muy importante, y con la llegada de esos nuevos colonizadores se perdieron muchas cosas importantes, y cambió a peor la vida de los almerienses de la época” relata el investigador, quien añade que “en realidad fue a peor en toda la Península”.

A modo de mínimo ejemplo, dice que eso tuvo su reflejo incluso en detalles tan significativos como la dieta ya que “los andaluces comían más verduras, mientras que los castellanos fomentan la mesta, y eso acaba provocando hambre”.

“Para Almería fue nefasto” concluye el autor de “El valle de las manzanas” tras su investigación de aquella parte de nuestra historia “que nos la venden como algo oscuro, algo ajeno, pero no, no, fue una etapa muy floreciente”.

Un mito más es la llamada “expulsión de los moriscos” que “no fue una expulsión real, ya que hay documentación que sostiene que tras ser expulsados los andaluces de sus tierras, los colonizadores se encuentran con que no hay quién cultive las tierras, quién haga puertas… y tiene que recuperar a ese personal que se estaba yendo… la expulsión fue algo más teórico que real”.

Quizá la lectura de “El Valle de las Manzanas”, además de hacer pasar al lector un buen rato, le permita conocer una parte de la historia de Andalucía que no aparece en los libros escolares, o que se limita a dos líneas con más tergiversaciones que letras.

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