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A veces llegan cartas

Por Jose Fernández
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lunes 26 de abril de 2021, 12:41h

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El gran Billy Wilder decía que para hacer una gran película lo más importante es tener un buen guión. “Los directores no somos alquimistas. No se puede convertir la mierda de gallina en chocolate.” Y eso es algo que la actual industria política (disculpen el oxímoron) ha entendido bien y trata de poner en escena, sustituyendo el talento natural por una jerga prefabricada llena de palabras y palabros. Lo que ahora conocemos por “el relato”, vamos. Fijémonos por ejemplo en lo que la izquierda y sus aledaños mediáticos están desarrollando estas semanas en las elecciones de Madrid. Eso no es una campaña; es un guión. No es casual que Pablo Iglesias no haya pisado ni una residencia ni un hospital en los momentos más duros de la pandemia: estaba en el casoplón viendo series y tomando nota.
“Nos conviene que haya tensión”, susurraba discretamente el inolvidable Zapatero al hermano del candidato socialista Gabilondo al finalizar una entrevista electoral hace unos años. “Luego ya dramatizaremos”, le decía el entonces presidente al entonces periodista, mientras se despedían con la aparente indiferencia de la pareja de amantes que ve que se acercan sus respectivas parejas. Y como las únicas leyes que respeta la política actual son las de la termodinámica y la gravedad, podemos deducir que la tensión política ni se crea ni se destruye: tan sólo se transforma. Por lo tanto, que la entrada directa en esta campaña de Pablo Iglesias haya coincidido con una escalada brutal de la tensión política es comprobar, una vez más, que las cosas caen por su propio peso.
Pablo Iglesias no sirve para trabajar, ni para gestionar, ni para crear empleo o riqueza para alguien que no sea él mismo o sus allegadas temporales. Para lo que verdaderamente sirve es para enfrentar y dividir a la gente apelando a sentimientos primarios y fantasmas ideológicos. Guano filosófico que no hay que mirar en primer plano, sino desde una perspectiva más amplia que nos permita comprender mejor la película.
Y lo cierto es que poco después de que este vicepresidente incompetente diera la espantada del Gobierno y saltase al ruedo de Madrid para intentar asegurar su posición dentro de un partido en declive demoscópico, empezaron a pasar cositas. Igual que en las series más trepidantes, se sucedieron giros de guión inesperados. Una mañana, al pobre Pablo Iglesias le interrumpieron casualmente su paseo de campaña por un barrio unos cabezas rapada de manual que le pegaron tres gritos. Iglesias, respaldado por sus guardaespaldas y bien grabado en todo momento por sus servicios de prensa, hizo como que se enfrentaba valientemente con ellos. “La ultraderecha acosa a nuestro candidato”, fue la noticia. Ya no hacía falta hablar de sus planes de freiduría fiscal o de su penosa gestión económica o social. Bastaba con hablar de la persecución física del fascismo a la democracia. Y todo ello, faltaría más, sin olvidar que las coordenadas de lo que es fascismo y lo que es democracia las establecen sin ningún problema los partidos de izquierdas y sus aparceros mediáticos. No olvidemos ese detalle.
Días después, los exteriores de una sede de Podemos recibieron un botellazo con gasolina en una escena con perfecto tiro de cámara y un oportuno descorrimiento de cortinas para que todo pudiera ser visto con absoluta claridad. A los pocos días, la izquierda montó una de esas “alarmas antifascistas” en un mitin de VOX en Vallecas que terminó en ensalada de pedradas contra los que habían ido a hablar. “La ultraderecha ha venido a provocarnos, porque este es nuestro territorio. Por eso nos hemos defendido”, vino a ser el resumen del suceso que, afortunadamente, se saldó con unos pocos descalabros y algún cafre detenido. La ultraderecha habría ido a provocar, ya te digo, pero las piedras iban solo en una dirección y ningún ultrademócrata antifascista recibió un ladrillazo.
Por si todas estas “casualidades” de campaña no fueran suficientes como para ver la mano de un consumado equipo de guionistas, hace unos días conocimos que le habían enviado a Pablo Iglesias un sobre con balas. Disculpen que detenga justo ahora la narración con un anuncio: por si fuera necesario o alguien estuviera a estas alturas cortito de comprensión lectora, diré que deploro que los políticos sean increpados a voces en las calles, que se ataquen las sedes en llamas más allá de Orión, que sean apedreados en sus tribunas o que sean amenazados de muerte. Faltaría más. Es algo evidente, pero lo escribo porque el paso del tiempo ha terminado por confirmarme que no todos compartimos el mismo armazón de certezas básicas. Dicho esto, continúo con lo del sobre.
Por decirlo de un modo armónico: lo de la carta canta por soleares. Es como cuando en la trama de una película que ya va dando síntomas de irregularidad argumental aparece el fantasma de la abuela del protagonista y habla con él para aportarle una clave esencial para el desarrollo de la historia. Ese es el momento en que mi paciencia se decide por fin a levantarse y salir de la sala. Me llevo las palomitas y me marcho.
Sin entrar mucho en detalles, la historia de los sobres amenazantes presenta demasiados factores dudosos capaces de despertar la duda objetiva de cualquiera que no sea un miembro del equipo de producción de la historia o un flipado de enormes proporciones. Controles sorprendentemente traspasados, balas viejas, metodología de octavo de EGB para presuntos asesinos profesionales, etcétera. En todo caso, la consecuencia de la presunta amenaza no es otra que la pretendida: alimentar el relato de que en España hay suelto un fascismo brutal e implacable que quiere desayunarse un tazón de sangre roja cada mañana, y que por lo tanto hay que ir a votar contra esa ultraderecha asesina, valga a redundancia. Y lo extraordinario no es que en 2021 haya gente que siga comprando esa mercancía, sino que ese sea el mensaje que ha terminado asumiendo el candidato Gabilondo, el que presuntamente pasaba por ser la encarnación de una izquierda culta y civilizada, alejada de dogmatismos sectarios y que por principios no podía pactar con Pablo Iglesias. Madre mía con el socialismo soso. Aunque si pensamos que al fin y al cabo es el hermano del periodista que transigía con las maniobras de Zapatero para crear artificialmente tensión política, pues tampoco es tan raro.
Pero la serie no ha terminado. Quedan todavía los capítulos finales. Y qué quieren que les diga: estoy esperando más sorpresas de guión. De alguien que miente descaradamente en un debate y tiene que ser corregido al día siguiente por el Ministerio de Defensa o que hace como que va al debate en taxi y es sorprendido llegando y volviendo del mismo en coche con chófer, me espero cualquier cosa. Por eso, no descarten que de aquí al día de las elecciones alguien en algún organismo o cuerpo vinculado al servicio político del gobierno descubra oportunamente que el autor de la infantiloide misiva es un comando de furiosos activistas vinculados a la derecha. Sería un final antológico, porque Pablo Iglesias es de los que se meten a escarbar en un corral y te acaba haciendo una tableta de Milka. Y del mismo modo que he empezado hablando del gran Billy Wilder, termino con otro genio. Ya lo cantaba Raphael: a veces llegan cartas… que te dan la vida.

Jose Fernández

Periodista.Asesor de Prensa
en el Ayuntamiento de Almería.

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