Este mes de agosto ha sido de esos que te dejan sin aliento, pero no por la belleza del atardecer en el Cabo de Gata, sino por el calor asfixiante y el olor a quemado que nos ha llegado hasta aquí, a Almería. Mi abuelo Manolo, que es más almeriense que la uva de parral, dice que nunca ha visto nada igual. Y si él lo dice, es que la cosa es seria.
Leo las noticias y se me encoge el corazón. León, Zamora, Tenerife... parece que España entera está en llamas. Más de 98.000 hectáreas han ardido ya este año. ¿Os imagináis? Es como si todo el Parque Natural de Sierra Nevada se hiciera cenizas, o si perdemos la mitad de los invernaderos. Una barbaridad. Y detrás de todo esto, siempre lo mismo: el cambio climático, que nos achicharra, y la mano del hombre, que a veces parece que no tiene cabeza.
A veces me pregunto qué podemos hacer. Yo, que me paso el verano entre la playa de Los Muertos y las calles de Tabernas, veo la sequía y me asusto. Pero luego recuerdo a mi primo Antonio, que trabaja en el campo, y me doy cuenta de que no estamos solos en esto. Hay que ser conscientes, cuidar el entorno, y sobre todo, no bajar la guardia. Porque este verano negro nos ha demostrado que la naturaleza, cuando se enfada, no tiene piedad. Y nosotros, que somos de una tierra que vive del sol, deberíamos ser los primeros en entenderlo.
Ojalá que esta pesadilla acabe pronto y que el verano que viene, si sigue haciendo calor, sea solo para disfrutarlo en el chiringuito, con una cervecita y un buen plato de gamba roja. ¿O no?