Contemplar lo sucedido el miércoles 24 de junio en el Congreso de los Diputados ha sido una experiencia casi mística para cualquiera que observe la política desde la provincia de Almería, un territorio secularmente entrenado en el noble arte de la paciencia ante los espectáculos de la capital de Reino. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, compareció para rendir cuentas sobre las diversas causas judiciales por presunta corrupción que salpican al entorno del Ejecutivo, y el resultado fue un formidable simulacro. Se nos vende la urgente necesidad de una moción de censura o una cuestión de confianza como si estuviéramos ante el bálsamo definitivo, pero la realidad del hemiciclo demostró que la función ya ha sido representada y el guion está más que escrito.
A decir verdad, el pleno operó como una moción de confianza invertida y una moción de censura ficticia, todo en uno. Quedó palmariamente claro que Pedro Sánchez arrastra una soledad parlamentaria absoluta; a estas alturas de la película, el líder del Ejecutivo solo cuenta con la confianza estricta de su propio grupo, el PSOE. Desde los bancos de Sumar hasta los portavoces que se sientan en la periferia, el desapego fue generalizado. Escuchar al portavoz de ERC, Gabriel Rufián, endurecer el tono inquisitivo o a la líder de Podemos, Ione Belarra, exigir abiertamente que se deje paso a la ciudadanía evidenció que el idilio de la investidura está clínicamente muerto. Sin embargo, el presidente se sostiene sobre un único cimiento, tan pragmático como cínico: el pánico absoluto de sus socios a un Gobierno alternativo presidido por Alberto Núñez Feijóo y flanqueado por Santiago Abascal.
Quienes insisten desde la bancada de la oposición en articular un artefacto parlamentario para tumbar al Ejecutivo demuestran una preocupante desconexión con las matemáticas básicas. Si se hubiera forzado una moción de censura real, Pedro Sánchez habría salido del palacio de la Carrera de San Jerónimo con la legitimidad renovada de cara a la galería. Las críticas habrían sido idénticas y los reproches igual de agrios, pero la cruda realidad de los bloques habría obligado a todos los socios de investidura a votar a favor del bloque gubernamental para evitar males mayores. La oposición se habría vuelto a quedar retratada en su eterna minoría aritmética compuesta por el PP, Vox y el testimonial apoyo de formaciones como UPN. No hay más cera de la que arde.
Por otro lado, aventurar que el presidente debería someterse a una moción de confianza es ignorar voluntariamente el manual de supervivencia del sanchismo. Cierto es que, si la presentara, la perdería de forma estrepitosa en términos de respaldo real, dada la evidente hostilidad de grupos como Junts o el PNV, que ya gesticulan con fuerza de cara al horizonte electoral. Tradicionalmente, la pérdida de una moción de confianza empuja a un gobernante sensato a la dimisión, pero en el Estado actual ya sabemos que las líneas rojas son conceptos elásticos que el presidente sortea sin pestañear. Seguiría gobernando aunque la Cámara le retirara el crédito formal. Moncloa prefiere evitar el trago simplemente por una cuestión estricta de control de daños y estética, no por un repentino respeto a los usos tradicionales.
Para el ciudadano que contempla todo esto, la insistencia en estos mecanismos resulta estéril. Queda menos de un año para que la legislatura agote sus plazos. Una moción de censura a estas alturas apenas adelantaría el paso por las urnas unos escasos tres o cuatro meses, que es exactamente el mismo margen de maniobra con el que jugará el propio presidente para adelantar la convocatoria cuando le resulte demoscópicamente más favorable.
El diagnóstico, por tanto, es tan claro como impregnado de realismo. No hace falta imaginar escenarios hipotéticos porque el ensayo general ya se escenificó ante los ojos de todos. La paradoja de la política actual es perfecta: todos y cada uno de los socios parlamentarios que sustentan al Gobierno subieron a la tribuna para poner a parir a Pedro Sánchez, afearle la falta de explicaciones y tildar la situación de agonía prolongada; pero, cuando llega el momento fatídico de levantar la mano, todos vuelven a salvar al presidente.